Opinión

El vendedor de pararrayos

Omar García Harfuch

No conozco en ninguna otra literatura tal fascinación por los pararrayos como en las letras estadunidenses.

De Melville a Bradbury encontramos extraños personajes ambulantes cuya tarea consiste en vender sabias varillas para domesticar centellas.

“Mi negocio en particular consiste en recorrer la región –dice un extraño personaje de Melville-- entregando pedidos de pararrayos. Éste es mi pararrayos de muestra -dio unas palmaditas en la vara-; tengo las mejores referencias.

“Rebuscó en sus bolsillos-. El mes pasado instalé en Criggan veintitrés pararrayos en sólo cinco edificios”.

Obviamente todos recordamos a otro vendedor de esta naturaleza: el personaje tatuado presente en “Something wicked this way comes” (Algo maligno se aproxima) cuyo oficio en la novela de Bradbury se mezcla con brujas y hechizos. Pero esos son libros o cuentos. Palabras fantásticas.

Lo más cercano a la venta de pararrayos en la política mexicana de seguridad, acaba de darse, en la feria de atracciones de la carpa continental, en Buenos Aires, Argentina; hermosa ciudad de bife y vino, donde las palabras de nuestro vendedor de ilusiones, portador de buenas nuevas, correo de la esperanza, vocero de la buena fortuna, Omar García Harfush, secretario de Seguridad para más señas, ha recibido tantas flores como para fatigar la panza de un avión Hércules, porque el tonelaje de rosas y claveles porteños con cuyo aroma Terrence Cole, ha reconocido, aplaudido y estimulado con palmadas en la espalda a nuestro Bruno Díaz, ha sido apabullante y por lo mismo dudoso.

Si usted no tiene claro quién es Terrence Cole, le puedo informar su cargo: es el Director de la DEA, la mefítica agencia antinarcóticos de los Estados Unidos, cuya función nunca ha sido acabar con el narcotráfico ni sus actividades similares y conexas, sino más bien administrarlas para garantizar el orden en un mercado cuyos consumidores pueblan las enormes praderas de Kansas o los abigarrados edificios del Bronx; las montañas de California, los bosques de Oregón y hasta los hielos de Alaska y la dorada arena de las playas de Hawaii.

Es una cosa terrible, pero ahora nuestro vendedor de pararrayos ha seducido con la contundencia de sus informes sobre la lucha mexicana contra el narcotráfico, sus similares y sus conexos, hasta insólitos puntos de halago y reconocimiento.

El mismo Terrence Cole de hace apenas un mes, furibundo, preocupado y compungido le advertía al mundo sobre la peligrosa conexión del gobierno mexicano con el crimen organizado, ahora aplaude y elogia la colaboración binacional y los logros expuestos por García H., lo cual demuestra la falsedad de aquella conexión de peligro, denunciada tan irresponsablemente.

--¿He dicho mefítica para calificar a la DEA?

Si, maloliente, pestífera, hedionda, pero ahora convertida en purgatorio bonaerense donde moran los elogios y a veces se esconden los lampos de las tonantes centellas del Júpiter americano, contra cuyos rayos de intervención –secundados por la infatigable y moralmente derrotada derecha--, tenemos a un perfecto vendedor de pararrayos.

La cosa va por aquí:

El gobierno de Trump presiona a México con varios pretextos. Uno de ellos es su inacción o su pasividad de cómplice ante el crimen del cual es socio y beneficiario.

Nuestro país acepta entonces y de forma compensatoria, la forzada “cooperación”; lo cual nos convierte en “soberanodependientes” frente a una decisión ajena. Pero la expresión cooperación y colaboración sin sumisión, nos exime de reconocer la dependencia. Es una careta cotidiana.

La tesis nacional para resistir la presión consiste –pouerilmente, es verdad--, en ofrecer las evidencias de nuestros resultados contra las drogas y el crimen organizado, para desmontar así (imaginariamente) los argumentos adversos, cuya majadería ha llegado hasta la señora presidenta (con A) de quien Trump ha dicho, está paralizada por los delincuentes. Tiene miedo.

Entonces se le dice a Omar: id y llevad el mensaje.

Y él va y lleva sus apuntes con el indiscutible legajo de su éxito:

El Ejército ha decomisado casi 500 toneladas de droga, la Secretaría de la Marina ha asegurado otras 80 toneladas en alta mar; se han desmantelado 2 mil 755 laboratorios de drogas sintéticas, principalmente de metanfetamina ( fentanilo además, con todo y la CIA); se ha capturado como a 35 mil “bad hombres”; se han congelado cuentas, se han eliminado capos, se persiguen los delitos financieros, se registran celulares y el Centro Nacional de Inteligencia ha crecido 36 por ciento, pero sobre todo: ya no mueren 80 o 90 personas al día: ahora nada más mueren 50.

Y ante esa contundencia al señor Cole no le queda otro remedio: desanda lo andado, se traga sus anteriores palabras, mira el luminoso futuro y el hermoso porvenir; abre el frasco de los dulces aromas y relata conmovido cómo el amigo, buen socio, gran colaborador en el mutuo e indeclinable afán de propiciar la seguridad fronteriza y binacional, ha expuesto hasta su propia vida porque ya una vez lo quisieron matar los criminales a quienes ahora somete con el férreo brazo de la justicia, la ley y la fuerza legítima.

Y no podía nuestro eficiente secretario quedarse atrás en ese terreno del optimismo compartido y muy seguro de sí mismo dice:

“…Bajo el liderazgo de la Presidenta (con A) Claudia Sheinbaum, México continuará fortaleciendo sus instituciones y actuando con firmeza, inteligencia y coordinación contra quienes generan violencia y dañan a nuestras sociedades.”

Pero mientras se derramaban las mieles y los arrumacos colmaban los salones del edificio de Justicia de Buenos Aires, envuelto en la segunda bandera de su amor (la otra es de Palestina; no de Tepoztlán), el gran patriota Gerardo Fernández Noroña, ajeno a la concordia austral, lanza una rotunda declaración defensiva y ofensiva a un tiempo.

Defiende al ex presidente López (el compañero presidente, como él le llama con la gratitud de su fidelidad bien remunerada) y le dice al gobierno de Estados Unidos, atrévanse a tocar al compañero presidente, etc, etc…

Y obviamente esa advertencia se debe a la cancelación de la visa del junior quien desde Teapa (Teapa es un pueblo tabasqueño) lanzó una carta pendenciera a Donald Trump porque el Departamento de Estado, lo considera indeseable para ingresar a EU.

Y en verdad os digo:

--¿Cómo podrían los Estados Unidos enfrentar la furia de Don Gerardo? Sobre todo si llega envuelto a la batalla con su keffi de Arafat como capa de guerrero invulnerable?

Sin embargo la vida es así: por una parte la patria entera apresta acero y bridón porque al pobrecito Andy (es un decir) le cerraron la puerta y por la otra nos congratulamos, felicitamos y enorgullecemos por las palabras de Terry Cole (ya podemos usar el diminutivo, ya somos amiguis) y su colección de palmadas en la espalda del Batman incontenible cuyos amigos ya lo miran en la gran silla.

Don Omar se ha convertido en el pararrayos pero solamente en lo relacionado con la DEA.

El resto de las agencias americanas y sobre todo la Casa Blanca, siguen cada una por su lado y sin importar las toneladas de elogios o las arrobas y quintales de edulcorante, mañana gravarán las fresas y después cerrarán las compras del tomate o quizá veten el atún porque mataron un delfín entre las redes y luego esto y más tarde aquello y cuando venga el momento para ellos necesario se olvidarán de cómo nos venden tecnología para el manejo de los drones, con los cuales, además, continuarán espiando nuestra tierra.

Por ahora García Harfuch ha parado el rayo… por ahora.

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