
Giacomo Agostino tiene 84 años de edad lo cual carece de importancia.
Su pasado sí la tiene, al menos para algunos devotos del motociclismo de velocidad: ha sido 15 veces campeón del mundo —ocho veces en 500cc y siete en 350cc— y ha logrado 122 grandes premios en la élite del “equilibrio dinámico” de alta competencia.
Lo interesante de este señor no consiste sólo en haber alcanzado tantos triunfos, sino en vivir para contarlo.
Un periódico español (El país) tras la victoria de su admirado e inigualable campeón, Marc Márquez, una especie de Hamilton en dos ruedas, en San Marino, le preguntó: ¿sigue montando la moto?
--“Siempre, respondió”.
--“Mientras pueda, seguiré haciéndolo. Utilizo la moto prácticamente todos los días. Cuando llueve o nieva uso una scooter, pero cuando brilla el sol, salgo con mis motos grandes, la Yamaha o la MV Agusta.
Como todos sabemos a raíz de una caída Márquez maneja la moto con un brazo poco funcional, lo cual ante los ojos de sus adoradores es una muestra de genial originalidad. Hay quien lo hace con un ojo.
--¿Qué hace único a Marc Márquez?
Pues va la definición de Agostini:
--Su valentía y sed de victoria. Tiene una cabeza extraordinaria, su mente le da las fuerzas para seguir ganando todavía. Además, Marc es puro espectáculo, hace cosas que no puede hacer todo el mundo. Por eso todos le aman o, como mínimo, le aprecian y respetan. Es capaz de hacerlo mejor que el resto de pilotos con apenas un brazo y medio”.
Pero más allá de esta hazaña del Cervantes del motociclismo, no todos los motoristas son tan diestros (o siniestros), ni todos son campeones de algo. A veces nada más de la pendejez. Por eso hay tantos accidentes, a veces mortales. Muchas veces. Agostino contesta (El país) con su octogenaria sabiduría:
--“…hoy en día cualquiera puede comprar motos de más de 200 caballos de potencia, pero la carretera no es un circuito. Hay que ser muy consciente de los riesgos”.
Pues con toda su experiencia y más de cien campeonatos, yo reto al signore Agostino y de paso a Márquez, a circular un día por la Ciudad de México, invadida por el creciente enjambre de repartidores y usuarios de motitos chinas, a ver si insiste en su amor motorizado.
Entre los mensajeros, los repartidores, las señoras con uno o dos niños a la hora de la escuela, las parejas erotizadas; los comerciantes y los usuarios de necesidad, esto es un absoluto caos. Nadie pone orden. Ni la ambulancia.
Los motociclistas han convertido el Periférico, por ejemplo, en una pista con cinco carriles: dos para ellos y el resto para los autos.
Todos sabemos el peor de los componentes de la moto: el factor cultural.
Las motos comenzaron siendo un elemento simbólico del machismo mecánico trasplantado de los Estados Unidos por la propaganda de Harley-Davidson, entre otros elementos. Después se convirtieron en rebeldía simbólica, audacia atractiva para las pulsiones preparatorianas y más tarde en inconformidad libertaria y desafío rupturista.
Por algo uno de los más famosos posters de la industria gráfica americana, junto con las muchachas de los cincuenta en traje de baño o sin él, como el desnudo rojo de Marilyn Monroe (superior al de Modigliani y su pintura de Jeanne Hébuterne), es aquel donde Marlon Brando, con gorra de “harlero”, chamarra de cuero y cara de malo, promovía la gran película “El salvaje” de László Benedek, la cual a pesar de su fama hoy resulta bastante mediocre.
Ya del atractivo erótico de Luis Aguilar y Pedro Infante como motociclistas de la policía (ATM), ni hablamos.
El asunto ahora va más allá del cine o el deporte de la velocidad en equilibrio.Vale la pena reflexionar sobre los riesgos generalizados por quienes circulan –en motocicleta, bicicleta, patineta o como sea; con motor o sin él-- en esta ciudad anárquica y peligrosa.
De acuerdo con algunos datos a la mano, puedo decir esto:
“…Las cifras delatan una crisis que el Estado ha minimizado sexenio tras sexenio: en México mueren en promedio 235 motociclistas cada mes: una sangría constante que acumula más de dos mil 800 muertes cada año en las carreteras y avenidas del territorio nacional, convirtiendo la movilidad en una auténtica zona de guerra urbana. “Pero la estadística oficial no se limita al recuento frío de los cuerpos inertes sobre el asfalto. Tan solo en Ciudad de México, el impacto de esta epidemia de imprudencia arroja un saldo desolador de más de 14 mil 600 motociclistas heridos cada año, muchos de ellos con secuelas permanentes, fracturas expuestas o discapacidades de por vida que truncan familias enteras.
“Los datos de la tragedia en la capital del país son por demás claros e irrefutables. En un periodo reciente de apenas dos años y ocho meses se registraron 491 conductores de moto fallecidos en accidentes de tránsito. Hoy en día, los usuarios de vehículos de dos ruedas concentran de manera invariable cinco de cada 10 muertes totales por hechos de tránsito en la zona metropolitana.
“Dicho en otras palabras: la mitad de las personas que pierden la vida en las vialidades de la gran ciudad viajan a bordo de una moto…(Ortiz Pinchetti)”
En esta columna no se indagan responsabilidades ni se expiden sentencias. Tampoco se reparten culpas. Menos se acude a velorios.
Lo único fácilmente apreciable es que no todos los accidentes se producen por la estupidez (abundante) de los automovilistas. Y eso me parece extensible al caso de los ciclistas, quienes resultan peores porque no son visibles ni audibles y aparecen de pronto con devoción por el sentido contrario sin luces y los giros por sorpesa a la hora cuando todo gato es pardo.
Si los motociclistas encarnaron alguna vez el machismo sobre ruedas, no me atrevo con la raíz simbólica del ciclismo como no sea la reminiscencia infantil de niños traviesos para quienes la ciudad es revancha de la prohibida sala familiar cuando les impedían pedalear el triciclo entre los sillones de la sala.
Todo esto ha sido fomentado por la autoridad cuyo éxito populista (desde Marcelo Ebrard), ha sido imitar la movilidad con pedales, como si esto fuera Amsterdam o Bristol y la ciudad compensara con el paseo dominical ciclista todas sus otras deficiencias en materia de transporte y servicios públicos.
Durante años los motociclistas tuvieron una frase precautoria: “good pipes save lives”. Los buenos escapes salvan vidas. Pero hoy ya ni se les oye porque muchas motos tienen motores eléctricos.
Silenciosas, sinuosas, serpenteantes, agresivas; en calles con agujeros (¿y si en vez del Eco-bici taparan los baches, hasta para los biciclos?) las motos son hoy por hoy un enjambre ponzoñoso.
Y de la pedantería del patincito del diablo, ni hablar. Toda una mamila de alto riesgo.
B.C. ¿Y EL PILOTO?
Como en aquella comedia famosa ¿”dónde está el piloto? (David Zucker), y ante los hechos recientes, muchos se preguntan algo parecido en Baja California.
A un año de concluir uno de los gobiernos más cuestionados de los últimos tiempos en Baja California, a la gobernadora Marina del Pilar, cada día se le viene la noche.
Pese a las crisis de inseguridad, estrés hídrico, estancamiento del empleo y escasez de vivienda, entre otros, a la mandataria parece que le sobra tiempo para grillar con miras al 2027.
Cada día las versiones de su campaña con el alcalde con licencia de Tijuana, Ismael Burgueño para desprestigiar a la senadora con licencia Julieta Ramírez e incidir en el proceso interno de Morena que definirá a quien será su aspirante a la gubernatura del estado, cobran fuerza por obvias y visibles con una sola intención: incidir en el proceso interno de Morena que definirá al aspirante a la gubernatura del estado el año entrante.
Obviamente la maniobra no ha caído nada bien dentro de la Morena de Ariadna Montiel, ni --sobre todo-- entre los bajacalifornianos que se preguntan por la pilota y la hora:
--¿A qué hora será que gobierna Marina?