Opinión

Mientras guardamos el celular, la IA nos pone en jaque

IA

Columna de opinión de Jorge Gaviño — «Los niños y niñas no juegan para aprender, pero aprenden porque juegan.»

Jean Piaget

Hay algo alegórico en la escena que se va a vivir el próximo 3 de noviembre. Millones de niñas y niños dejarán el teléfono dentro de la mochila mientras, fuera del aula, las máquinas avanzan hacia territorios que creíamos reservados al pensamiento humano. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que, a partir de esa fecha, celulares y tabletas no podrán usarse en primarias y secundarias, ni durante las clases ni en el recreo, salvo emergencias o necesidades particulares. El acuerdo, aprobado por unanimidad en el Consejo Nacional de Autoridades Educativas, será precedido por asambleas informativas; en la educación media superior, cada comunidad educativa fijará sus reglas. Más de 565 mil docentes participaron en la consulta y el 81 por ciento respaldó la regulación.

La presidenta ha pedido hablar de regulación y no de prohibición. La decisión es razonable, pero sólo será fecunda si entendemos que guardar un aparato no equivale, por sí mismo, a recuperar la atención. El recreo era el lugar donde se aprendía sin programa: allí se corría, se inventaban juegos, se discutía, se hacía un amigo, se conocía el tedio y se descubría que del aburrimiento puede nacer un mundo. La pantalla ocupó ese territorio con estímulos diseñados para no conceder silencio. Devolver unos minutos al cuerpo, a la conversación y al patio no es nostalgia; es proteger un espacio elemental de la infancia. Pero la medida fracasará si se reduce al decomiso, al castigo o a la fotografía de teléfonos apilados. Hay familias que lo entregan a sus hijos por seguridad; hay jóvenes que lo usan como única puerta a la información y el aprendizaje; hay docentes agotados que necesitan acompañamiento, no otra obligación disciplinaria. Regular exige protocolos claros, excepciones sensibles y alternativas reales: deporte, lectura, arte, conversación y tiempo para convivir.

También exige ejemplo: no podemos ordenar a los niños que aparten la pantalla mientras los adultos vivimos pendientes de la nuestra. La paradoja se vuelve más profunda frente a la nota que hoy sacude al mundo científico: un sistema de inteligencia artificial de OpenAI afirmó haber resuelto en pocos días un problema ligado a las ecuaciones de Navier-Stokes, planteadas en el siglo XIX. Terence Tao habló de una crisis existencial en las matemáticas; otros especialistas recordaron que la máquina siguió caminos abiertos durante años por investigadores humanos y que resolver no siempre significa comprender, mucho menos crear. La alerta va más allá: investigadores como Yoshua Bengio advierten sobre agentes capaces de actuar con autonomía y sobre el riesgo de perder el control. No es una profecía inevitable, pero sí una exigencia de responsabilidad. Ahí está la lección que debería entrar a la escuela, aun cuando el celular permanezca en la mochila. No necesitamos educar a una generación a espaldas de la tecnología, sino prepararla para mirarla de frente: preguntar de dónde viene una respuesta, comprobarla, discutir sus límites y reconocer el trabajo humano que la sostiene.

Si la inteligencia artificial puede producir resultados con velocidad asombrosa, la educación debe cuidar aquello que no se descarga: curiosidad, juicio, imaginación, empatía y el valor de formular la pregunta que todavía nadie ha pensado. Prohibir durante unas horas puede ayudar a recuperar la pausa, pero no basta para gobernar el cambio. La alfabetización de este siglo consistirá en saber cuándo encender una pantalla y cuándo apartarla; cuándo pedir ayuda a una máquina y cuándo desconfiar de su seguridad verbal; cuándo aceptar una solución y cuándo exigir sentido. No se trata de atar los celulares mientras la IA nos pone en jaque. Se trata de enseñar a nuestros niños y jóvenes que el tablero sigue siendo suyo, siempre que no renuncien a mover sus propias piezas.

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