
Existe un desfase entre el desarrollo tecnológico, a veces vertiginoso, de la humanidad, y nuestra capacidad para procesarlo críticamente. La cultura material avanza de manera acelerada, mientras que la cultura no material -las leyes, la filosofía, las costumbres, las estructuras sociales, las creencias- lo hace de manera mucho más lenta, y a veces dando vueltas en círculos.
Para recordárnoslo, de una manera muy amena, Juan Eduardo Martínez Leyva acaba de publicar Mitología y plaza pública (Cal y Arena), con una nueva antología de sus textos publicados en Crónica, luego de Mitos clásicos y sueños públicos, que apareciera hace un par de años, gracias a la misma casa editorial.
Martínez Leyva, erudito sinaloense, gran conocedor de la mitología clásica, utiliza varias de las historias de culturas antiguas (su predilección pasa por el helenismo) para trazar paralelismos con lo que sucede hoy en día a nuestro alrededor. Lo hace de manera sagaz y sabrosa, lo que nos permite, al mismo tiempo que refrescamos la memoria acerca de algunos mitos clásicos y de que nos enteramos de otros, reflexionar acerca de nuestra vida cotidiana y de nuestro entorno político; a veces lo hacemos con una risita sardónica por dentro. Martínez Leyva hace que nos quede clara la certeza del viejo adagio: no hay nada nuevo bajo el sol.
O para decirlo en sus propias palabras: “seguimos leyendo esas historias antiguas y nos fascinamos con ellas, seguramente porque nos damos cuenta de que la naturaleza humana ha permanecido inmutable en el tiempo. Los mismos sentimientos y emociones elementales que atormentaban a las personas desde hace milenios persisten en nuestros contemporáneos”.
Así, por ejemplo, podemos, leyendo el libro, pasar de conocer sobre la creación de la democracia, a la importancia de los contrapesos, a los peligros de las mayorías arbitrarias que no se apegan a las reglas. Revisar brevemente cómo se pasó del Areópago a la dictadura militar, y cómo, a pesar de la democracia, líderes como Cimón o Pericles pasaron por encima de los contrapesos. hicieron lo que se les pegó la gana… hasta que llegaron las dictaduras militares.
También podemos imaginar quién o quiénes son, en nuestros tiempos, la reencarnación de Melito, el principal acusador de Sócrates, refutado repetidamente por el filósofo, pero que obtuvo la condena a muerte de su acusado, porque no tenía la razón, pero sí la mayoría de votos en el jurado. De ahí nos lleva el autor a una advertencia: “la justicia… debe permanecer a buen resguardo de los humores colectivos de resentimiento y venganza… y los jueces no deben ser militantes políticos, fanáticos o comprometidos feligreses”.
Igualmente podemos imaginar quién ha encarnado a Ayax, y su locura al perder una votación que él consideraba debió haber ganado, los actos irracionales que siguieron, y su orgulloso resentimiento hacia el ganador Odiseo, un rencor que se mantuvo aun cuando se lo encontró en el inframundo.
O pensar en el proteccionismo comercial en boga como odio al pícaro y hábil Hermes, generador y protector del comercio, a quien los dioses consentían. O darnos cuenta, con sorpresa, de que hay una liga entre el uso personal e indebido de los recursos públicos y la construcción del laberinto de Creta. O percatarnos que la discusión sobre la capacidad de los oráculos, o de las encuestas, es tan vieja como la humanidad, siempre deseosa de conocer el futuro, físicamente incapaz de hacerlo.
Algunos de los textos de Martínez Leyva nos hacen pensar en cuestiones que consideramos muy actuales, pero que son milenarias: la lucha de las mujeres por participar, gobernarse y gobernar, y la capacidad de los hombres para terminar imponiendo, de diversas formas, el patriarcado. Incluso en la mitología. Y hay otros que son puro deleite, como lo fue para mí la historia del jardín de las Hespérides. Lo cierto es que en cada uno de ellos hay perlas de sabiduría que el lector consume con placer, porque están bien escritas y rodeadas de esa aura de las cosas extraordinarias.
Hay un texto en particular que ahora causa más zozobra que cuando fue publicado originalmente. El referente a la edad oscura que vivió el mundo griego: cuatro siglos de retroceso en todos los sentidos, años en los que hasta el alfabeto se perdió, antes de que los helenos volvieran a florecer como civilización. Los dirigentes no pudieron gestionar los desafíos y el resultado fue un desastre humano y cultural que cruzó más de una decena de generaciones. Recuerda Martínez Leyva que hay líderes que exigen lealtad a la tribu, deferencia ante la autoridad y pensamiento mágico, y a cambio prometen una nueva Edad de Oro, que nunca llegará. Alentando guerrillas culturales artificiales y destruyendo instituciones, en una pugna contra los ideales de la Ilustración y de la racionalidad, este tipo de líderes se multiplica en el mundo y genera edades oscuras.
En resumen, Mitología y plaza pública es un libro muy ágil, culto sin ser pretencioso, divertido en más de un momento y, sobre todo, inteligente. En los tiempos que corren es difícil pedir mucho más.
Twitter: @franciscobaezr