Opinión

No fue penal

No fue penal

1.

En El último encuentro, la novela del escritor húngaro Sándor Márai, dos hombres que han sido amigos desde la juventud pasan cuarenta y un años separados por un instante que ninguno de los dos podrá olvidar. Durante una cacería, Konrád tiene a Henrik frente a la mira de su rifle. Puede disparar. Durante unos segundos parece dispuesto a hacerlo, pero finalmente baja el arma. Al día siguiente abandona el país. A esa sospecha se añade otra todavía más dolorosa: la posibilidad de que Konrád haya mantenido una relación amorosa con Krisztina, la esposa de Henrik.

Cuatro décadas después, los dos hombres vuelven a encontrarse. Ya son viejos. Uno de ellos ha pasado buena parte de su vida reconstruyendo aquella jornada, tratando de saber qué ocurrió realmente, qué quiso hacer su amigo, qué sabía su mujer y en qué momento exacto se quebró para siempre aquello que los había unido.

La literatura y, en particular, la dramaturgia, han vuelto muchas veces sobre esa materia inflamable que es la amistad fracturada entre dos hombres. En Los dos hidalgos de Verona, de Shakespeare, Proteo traiciona a su amigo Valentín cuando se enamora de Silvia, la mujer que éste ama. En Traición, de Harold Pinter, Jerry mantiene durante años una relación con Emma, la esposa de su amigo Robert, y el extraordinario mecanismo de la obra consiste en contar la historia hacia atrás, desandando los pasos de la traición hasta llegar al momento en que todavía era posible evitarla.

Una cacería, una mujer, un amor clandestino. Los accidentes dramáticos cambian, pero la pregunta permanece: ¿Qué tiene que ocurrir para que alguien a quien hemos querido como a un hermano termine convertido en nuestro adversario? En No fue penal, la nueva obra de teatro de Juan Villoro, lo que separa a dos amigos es un accidente involuntario durante un entrenamiento de futbol. Literalmente su Último encuentro.

La obra, dirigida por Antonio Castro y protagonizada por Martín Altomaro y José María de Tavira, acaba de estrenarse en el Foro Lucerna de la Ciudad de México. Su origen, sin embargo, es anterior. Villoro publicó en 2023 No fue penal. Una jugada en dos tiempos (Almadía), un relato a dos voces, construido mediante dos narraciones complementarias que expanden y revisitan una historia real, misma que Villoro ya había mencionado en una de las crónicas que componen el volumen Dios es redondo (Planeta, 2006).

El episodio ocurrió en 1970, en vísperas de la Copa Mundial celebrada en México. El mediocampista Alberto Onofre, entonces una de las grandes figuras de las Chivas de Guadalajara, y una de las mayores esperanzas de la selección nacional, se fracturó la tibia y el peroné durante la última jugada del último entrenamiento antes de la copa mundialista, al chocar accidentalmente con Juan Manuel Alejándrez, defensa del Cruz Azul.

Onofre quedó fuera de la selección nacional y su carrera nunca volvió a ser la misma. Alejándrez, el hombre que había participado involuntariamente en la lesión, cargó con el peso de aquella jugada y su propia trayectoria comenzó igualmente a declinar. No hubo, en sentido estricto, culpable alguno: sólo dos futbolistas atrapados para siempre en el mismo accidente. “Un duelo donde sólo hubo víctimas -escribió Villoro en Dios es redondo-. Tal vez bajo otra circunstancia, un jueves de lluvia, alguien volverá a ser Onofre y alguien Alejándrez”. Esta última línea anticipaba la obra de teatro estrenada, no un jueves, sino un martes lluvioso.

2.

“Sabemos por Tolstoi que las familias felices no producen novelas. Tampoco producen futbolistas”, escribió Villoro en el citado volumen de crónicas, y también afirma en esas mismas páginas: “el sistema de referencias del futbol está tan codificado e involucra de manera tan eficaz a las emociones que contiene en sí mismo su propia épica, su propia tragedia y su propia comedia”. Esos tres componentes: la épica, la tragedia y la comedia, están presentes y entretejidos en No fue penal.

Alberto Onofre y Juan Manuel Alejándrez se transforman en Valeriano Fuentes y Pepe López Martínez, “el Tanque”, dos amigos que crecieron juntos y llegaron al futbol profesional. La ficción traslada el accidente real de 1970 al momento fatal en el que las piernas de Fuentes y de López Martínez se trenzaron para detonar una tragedia paralela.

Décadas después vuelven a encontrarse en circunstancias que invierten y complican aquel encontronazo que acabó con sus carreras como jugadores: el Tanque es ahora entrenador de un equipo que lucha por evitar el descenso a la segunda división; y Valeriano, desde la cabina del VAR, como video árbitro, tiene en sus manos una decisión arbitral capaz de determinar su destino.

La obra remite “a los tres tiempos que vive el futbolista -cito de nuevo Dios es redondo-: el anhelo de llegar, la consolidación del sueño y el difícil retiro. Para su desgracia, la tercera fase es la más dura. Los jugadores tienen vida breve y memorias largas. […] Antes de salir del campo conviene recordar a lo jugadores de sombra, los que se quedaron en el camino con los huesos o los nervios rotos, aquejados por las variadas circunstancias con que los días preparan su asedio”.

La obra traza en paralelo dos cuentas pendientes, de dos futbolistas memoriosos. El Tanque intenta salvar a su equipo de una derrota que puede condenarlo al descenso, mientras Valeriano debe decidir desde la distancia tecnológica del VAR sobre una jugada en los últimos minutos del partido que involucra precisamente al hombre con quien comparte la herida más antigua de su vida.

El presente empieza entonces a contaminarse con el pasado: reaparecen el accidente, la rivalidad, la culpa, el resentimiento y también la pregunta acerca de cuánto de aquella amistad sobrevivió debajo de tantos años de silencio. Villoro construye así una historia donde cada decisión futbolística tiene un reverso moral y donde revisar una jugada significa también revisar una vida. El VAR permite detener la imagen, regresar unos segundos y observar nuevamente lo ocurrido; la memoria, en cambio, no ofrece nunca una repetición neutral. Cada uno mira aquella tarde desde su propia cámara y encuentra en ella una verdad distinta.

3.

Villoro conoce el futbol (“esa misteriosa energía que reúne a once soledades”) como pocos escritores mexicanos. Lo conoce como aficionado, como cronista y como observador de esa peculiar religión laica que cada cuatro años coloca a millones de personas frente a una pantalla convencidas de que veintidós hombres detrás de una pelota decidirán, durante noventa minutos, asuntos que misteriosamente parecen tener que ver con el honor, la patria, la felicidad y el destino.

Pero sería limitado suponer que No fue penal es simplemente una obra sobre futbol. El futbol proporciona el vocabulario, las situaciones, el humor y el conflicto. El verdadero asunto es otro: la amistad, la culpa, el resentimiento y nuestra necesidad de revisar el pasado en busca de una sentencia -condenatoria o exculpatoria- que acaso nunca llegue.

Villoro encuentra en esa innovación tecnológica del futbol del siglo XXI una poderosa metáfora de la memoria. Antes del VAR, un árbitro veía una jugada una sola vez. Podía equivocarse y esa equivocación adquiría inmediatamente la categoría de destino. No había marcha atrás. Desde la introducción del video arbitraje, en cambio, el tiempo puede detenerse. La jugada se repite. Se observa desde arriba, desde abajo, de frente y de perfil. Se avanza cuadro por cuadro. Una rodilla, la punta de un zapato, una mano accidental o deliberada pueden decidir el resultado.

Con todo, en la repetición videograbada el partidario de un equipo descubre una falta evidente donde el adversario sólo ve una caída teatral. La cámara multiplica las imágenes, pero no necesariamente elimina la interpretación. Algo semejante sucede con el pasado: los historiadores y los video árbitros tienen la capacidad de reinterpretar los hechos ocurridos. Leopold Von Ranke revisitado: se trata de contar las cosas “tal y como realmente ocurrieron”, aunque dicha verdad, como lo sostiene la historiografía contemporánea, es elusiva e inabarcable.

4.

En la novela de Márai, Henrik dedica cuarenta y un años a reconstruir los segundos en los que su amigo pudo matarlo. Su memoria funciona como una sala privada de video arbitraje. Mira una y otra vez la posición del rifle, el comportamiento de Konrád, las palabras de Krisztina, los acontecimientos anteriores y posteriores a la cacería. Busca una prueba definitiva. Busca, en realidad, un veredicto que le permita descansar. Los personajes de Villoro persiguen algo parecido. Sólo que aquí, en lugar de una escopeta en un bosque centroeuropeo, hay un balón sobre el césped a once metros de la portería (Recordemos aquí aquel título insuperable de Peter Handke: El miedo del portero ante el penalti). La distancia puede parecer enorme, pero el mecanismo moral es semejante: unos cuantos segundos terminan ocupando una vida entera.

5.

…Y no, ya lo dijo Peña Nieto: “no fue penal”.

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