
La Ciudad de México es el espacio vivo donde las ilusiones filosóficas del viejo mundo colisionan con las expectativas de la postmodernidad. El festejo de la raza parecería desplazado por el constructo de la identidad nacional, sujeto él mismo a la disputa asociada al cambio de régimen; defensores y opositores a los lados.
En 1516, Tomás Moro diseñó en Utopía una isla ideal nacida de la planeación racional, un espacio geométrico regido por el bienestar común donde, según sus propias palabras, “en ninguna parte hay un hombre que no tenga todo lo que necesita, porque las provisiones comunales están distribuidas con equidad, permitiendo a cada ciudadano cultivar libremente su mente”.
Siglos más tarde, en 1925, José Vasconcelos reconfiguró esa pulsión utópica al profetizar el surgimiento de una civilización definitiva, una síntesis universal sustentada en la fusión espiritual. El pensador oaxaqueño sentenció: “La raza cósmica no es el fin, sino el principio de una era donde las sangres mezcladas crearán una cultura infinitamente más rica, cuyo tejido no se medirá por la pureza biológica, sino por la capacidad creadora de su fraternidad”.
Día de la Raza, efeméride instituida originalmente bajo el influjo del nacionalismo hispanista para celebrar un mestizaje asimétrico. En la capital nacional se vive una identidad contemporánea lejana a las clasificaciones taxonómicas para transformarse en comunidad territorial dinámica, espacio colectivo donde la soberanía se defiende rescatando el tejido comunitario y se sujetará al nuevo referéndum en 2027.
A 534 años de la llegada de Cristóbal Colón a América, el significado histórico del 12 de octubre ha experimentado un cambio profundo en la conciencia pública, transitando desde la antigua exaltación colonialista hacia una vigorosa reivindicación de la pluralidad actual como todas sus disruptivas diversidades e identidades controvertidas.
La noción tradicional de raza ha sido desplazada por una ciudadanía espacial, un pacto social cimentado en la convivencia de saberes, el respeto absoluto a la autonomía de los barrios y la dignificación de los entornos marginados. Esta evolución tiene reflejo nítido en las políticas públicas implementadas por la ahora Presidenta Claudia Sheinbaum durante su jefatura de gobierno, una gestión caracterizada por visibilizar los derechos de los pueblos originarios mediante reformas jurídicas institucionales estructurales.
Este modelo integrador se profundiza con el liderazgo de Clara Brugada, cuyo sello distintivo radica en un riguroso trabajo de base enfocado en descentralizar la infraestructura del bienestar material, llevando los servicios esenciales hacia las periferias históricamente relegadas.
La inauguración ayer de la Utopía Temictli Tecómitl en Milpa Alta —donde siete años después de la caída de Tenochtitlán las comunidades indígenas continuaban su resistencia a la Conquista, como recordó Brugada, rememorando también al caudillo derrotado, Emiliano Zapata— materializa esa transición teórica de la filosofía abstracta a la transformación urbana palpable en la periferia de otra “raza”. Este complejo reconcilia el ideal de Moro con el orgullo comunitario de los pueblos del sur de la cuenca mexicana, concretado con la directriz del secretario de Obras, Raúl Basulto, en coordinación con el alcalde José Octavio Rivero y el comisariado ejidal.
Los 23 mil 355 metros cuadrados de la novena Utopía en beneficio de 18 mil 500 personas representan conmemoración de otros cosmos de diversidades y controversias nunca resueltas para siempre.
Justicia territorial y social aparecen en el gobierno de Brugada como garantía de llegar a los más lejanos del centro convencional. Junto a la jaula de bateo, la mandataria lanza la pregunta: “¿alguien de ustedes quiere batear?”.
La raza contemporánea diversa puso la pelota de hit. Más de dos comentaron si habrá de batearse con suavidad o firmeza a la oposición.