Opinión

Garfias, la tristeza de todos

Garfias, la tristeza de todos
Garfias, la tristeza de todos

Cuando hace dos semanas un amigo en común me escribió desde Madrid un mensaje advirtiéndome sobre las malas condiciones de salud de Pancho Garfias tuve una negra sensación. Le mandé varios mensajes y la desgracia consiste ahora en haber confirmado la premonición.

El compañero de tanto tiempo se ha ido sin remedio.

A pesar de la cercanía con la familia Garfias por razones taurinas, mi amistad con Pancho jamás se dio en las plazas ni en las ganaderías de Javier, Marco o Pepe. No era lo suyo.

Lo único suyo era el periodismo.

Podríamos decir el periodismo absoluto, jornadas de 24 horas por siete días; por 4 semanas y por doce meses. Todo el tiempo como decían de los viejos carteros: con luvia o con nieve o como fuera.

Por esa comunión nos conocimos en París, cuando Miguel de la Madrid se entrevistó con Francois Mitterrand. Yo era ocasional funcionario de la presidencia y él era un afanoso y siempre atento corresponsal mexicano.

--¿De veras París es una fiesta?

--A veces era una chinga, pero me la pasé muy bien.

La vida no quiso reunirnos en San Luís Potosí ni en Querétaro; no en los Cués ni en Villa de Arriaga o en cualquiera de las dehesas familiares sino en una sala de prensa cercana a Les Halles del Metro francés, un poco alejada de aquella otra, Chätelet, donde muchas veces guitarra en mano, Garfias cantaba (con su discutible voz, como decía Liguori de Jorge Saldaña, quien hizo lo mismo en Francia) para completar sus magros ingresos en los primeros años de su trabajo de corresponsal.

De ahí se vino una larga relación.

Vértigo, Radio 13 (a veces en estas mismas páginas) y la eterna calle de todos los días, las coberturas juntos en el interminable circo legislativo, el hastío por los farsantes en ambas cámaras, las horas estrepitosas en la plaza pública como aquella aciaga tarde cuando Andrés López anunció la toma del Zócalo y físicamente le arrebató el gobierno y el poder a un sistema incapaz de contener a la muchedumbre alojada en Paseo de la Reforma y la Plaza de Armas.

--Esto le va a costar muy caro a Andrés, me dijo.

…No, Pancho, yo creo que esto nos va a costar muy caro a los mexicanos. Y así ocurrió. Quien ocupa la plaza se queda con la plaza.

Cuando en abril del 2010 el toro “Navegante” de Santiago le reventó la femoral a José Tomás a quien le despedazó una pierna, yo quise hablar con Pepe Garfias, propietario de la ganadería. No tenía forma de localizarlo y recurrí a Pancho quien me dio varios números telefónicos.

--¿Lo quieres entrevistar?, me dijo.

--No. Lo quiero felicitar, le contesté. La buena crianza del toro bravo y peligroso es lo único para perpetuar la fiesta”.

--Bueno, allá tú y tus cosas, me respondió. Salúdame a Pepe.”.

Garfias era discreto y tenía en algunos momentos (como dicen) la “mecha corta”. Muchos quisieron confundir su permanente sonrisa y su facilidad para sonreír o de plano reír con bromas y buen humor, con debilidad de carácter. Estaban equivocados.

Uno de esos distraídos –entre otros varios casos--, la vino pagando. Trabajábamos juntos en una revista patrocinada por TV Azteca (Vértigo) cuyo fundador, Julio Derbez, otro inolvidable amigo, nos había reunido en sus páginas y su afecto. Los lunes había una junta editorial y se discutían temas para la edición de la semana. Garfias escribía una buena página política y yo había asesorado a Derbez desde el proyecto y escribía de varias cosas.

Habíamos analizado ya no recuerdo cuáles circunstancias políticas y el tratamiento editorial más conveniente y un exaltado editor intentó reprender a Garfias. La subida de tono tuvo una respuesta inmediata:

--A mí no he hablas así, cabrón. Y te callas, le dijo furibundo. El desentonado guardó silencio.

Pero su trato por lo general era pausado y cuidadoso. Hablaba sin estridencia, en voz baja y quién sabe por qué con frecuencia se ponía los dedos sobre los labios mientras escuchaba. Como ya dije sonreía con frecuencia y circulaba con bajas revoluciones. En los últimos años su parsimonia era comprensible: la crisis cardiaca de hace unos años –ya no colecciones “stents” le decía yo de broma--, lo empujaba a la serenidad.

Trabajaba sin pausa, con profesionalismo y limpieza. En sus textos siempre cuidaba el origen de la información. Su columna no era un compendio de opiniones; era más una constante aportación de entrevistas, un trabajo de reportero, no de comentócrata, lo cual de ninguna manera significaba ausencia de ideas o puntos de vista personales, pero nunca se creyó poseedor de la verdad. Todo lo buscaba, todo lo quería confirmar.

Cuando “volaba” lo hacía a bordo de un avión.

Para él lo primero era el reporteo, el contacto directo con quien tuviera valor informativo o noticioso, y por eso todavía llevaba en las manos, invariablemente, la libreta (la arcaica libreta, dirían los yutuberos o influencers); los apuntes, las notas, los datos que la letra (enemiga del olvido) fija en el papel para no marrar, para no equivocarse, no confundirse en el fárrago de –por ejemplo- las sesiones del Congreso.

Garfias era en la columna el mejor cronista parlamentario de estos años. Mezclaba ambos géneros y siempre hallaba el ángulo preciso. Su trabajo y su persona eran valiosos y en algunos momentos, ejemplares.

Él logró generar la unanimidad de la tristeza. Hoy observamos una abrumadora sensación colectiva de pérdida, un lamento generalizado. Por eso políticos, los editores y muchos compañeros lo han despedido con flores, condolencias y pesar.

Quiero terminar estas líneas con sus palabras publicadas en 2017:

“…Fui contratado como columnista. Disfruto lo que hago. Seguiré en esta centenaria publicación hasta que me corran o me muera, por una poderosa razón: Puedo escribir libremente”.

Y quizá ese sea el secreto de la vida: vivir con libertad; escribir libremente y morir rodeado de afecto.

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