
Las estadísticas aplicadas a los procesos electorales suelen dar una fotografía del sentir ciudadano y de sus preferencias políticas y candidatos proclives, por lo general clara y acertada; desde luego cuando se trata de estadísticas bien realizadas por encuestadoras con credibilidad y prestigio. Y aún así pueden fallar, lo que hace necesario como en los partidos de beisbol que narraba el inolvidable Mago Septién, tener presente que el partido no se acaba hasta que se acaba.
Hemos dedicado las últimas columnas a analizar las elecciones de medio término en el país en el lado norte del río Bravo, no sólo para apuntar que son unos comicios tan observados y esperados que dan ganas de votar en ellos, con el fin de contribuir a desalojar del poder legislativo al partido del actual mandatario norteamericano.
Más importante aún que ese deseo, por lo demás vano sino se es elector estadounidense, es que dado el perfil y consecuencias -desastrosas para su país y el mundo- el ejercicio [autoritario] del poder ejecutivo en apenas dos años de mandato, y de la complacencia o connivencia del congreso, mayoritariamente controlado por el partido del presidente, para no estorbarle y ser una comparsa silenciosa y ausente por voluntad propia, ha dado a estas elecciones no sólo el vigor de la expectativa de cambio sino el cariz de una especie de referéndum de la gestión presidencial. Y justamente en ello es que radica la importancia particular de las estadísticas en estos comicios.
Consistentemente desde marzo del año en curso, las encuestas han venido reflejando la pérdida paulatina de popularidad y aceptación del mandatario norteamericano entre la ciudadanía de su país, lo cual está teniendo una incidencia directa en las dinámicas de estas elecciones -y cabe hablar en plural no sólo por la tendencia general sino por las numerosas elecciones que también tendrán lugar a nivel estatal y local para elegir diversos cargos- tanto en su base MAGA como entre el resto del electorado, siendo los demócratas y los independientes, los más severos en su juicio respecto de los resultados de las políticas instrumentadas por el presidente.
La prensa ha dado a conocer que más de un candidato republicano trata de desvincularse con ahínco de la fígura presidencial en un esfuerzo de evitar la tragedia electoral, y también que candidatos demócratas presentan iniciativas de ley para desmantelar las decisiones del mandatario, aparentemente buscando recabar mayores apoyos de los votantes.
En comparación histórica, los números muestran que ningún presidente con un índice de -15 puntos o menos de aprobación neta, en unos comicios de medio mandato, ha podido ganar o retener el congreso, y el presidente en funciones tiene -38 puntos de aprobación neta, lo cual se refleja en el 30% de su aprobación frente al 68% de desaprobación (Pew Research Center, 8octubre2026).
En adición a ello, tiene números reprobatorios en prácticamente todos los temas de interés en juego del electorado: -17 puntos en inmigración, -33 en comercio, -37 en la guerra contra Irán, -37 en el manejo de la economía y -56 puntos en el tema de la inflación (Enten´s Aggregate).
De acuerdo con sondeos demoscópicos, al día de hoy existen 67 por ciento de posibilidades de que el partido demócrata se haga de la mayoría del congreso en sus dos cámaras (senado y representantes). Se da por sentado que los demócratas se harán de la mayoría en la cámara baja, pero lo más llamativo es que de acuerdo con ello, el partido del presidente perdería el senado y los demócratas tendrían la mayoría con 54 contra 46 senadores (Harry´s Show, “The Enten Scale”, @CNN, 9octubre2026).
Tal vez como en pocas ocasiones, tanto por el país concernido como por el resto de los integrantes del sistema internacional, es altamente deseable que se cumpla el pronóstico estadístico, a fin de que el ocupante del poder ejecutivo se vea obligado a rendir cuentas y explicar sus decisiones ante el legislativo.
No es que los demócratas sean espectaculares -de otra forma no hubieran perdido de manera tan arrolladora ante este mismo personaje en 2024- pero vaya que es imprescindible que desde el legislativo se le impongan los límites que corresponden a su descabellada presidencia y a su estilo de gobernar crecientemente autoritario.