
El peso mexicano se ha depreciado recientemente frente al dólar estadunidense, ubicándose alrededor de 18.40 pesos por dólar, tras varias semanas de pérdidas acumuladas. Todeo indica que el ciclo del “super peso” está llegando a su fin. ¿Por qué ha sucedido esto? ¿Qué importancia tiene para la economía y la política nacionales?
Empecemos por la segunda parte, para pasar después a las razones detrás del desliz.
La gran importancia que los mexicanos dan al tipo de cambio deviene de traumas económicos históricos, ligados a las devaluaciones súbitas de la segunda mitad del siglo XX, que vivieron la mitad de los adultos mexicanos de hoy y que han tenido resonancia intergeneracional.
Las fuertes devaluaciones de 1976, 1982 y 1994 tuvieron efectos inmediatos sobre la economía de las familias, a través del impacto que causaba el aumento del precio del dólar en otros bienes y servicios. La devaluación de 1982, y las que la siguieron durante el sexenio de Miguel de la Madrid tuvo, además, la consecuencia de pulverizar los salarios reales de la mayoría de la población.
La economía mundial de esos años se movía bajo condiciones distintas de la actual, y en particular, el tipo de cambio dependía en buena medida del comportamiento de los agentes económicos nacionales. El destino del peso se decidía dentro de nuestras fronteras. Los inversionistas institucionales en pesos eran muy pocos y la fuga de capitales nacionales era el detonante. Hoy el peso mexicano es la segunda moneda emergente más negociada en todo el mundo (como quien dice, se ha globalizado), opera las 24 horas del día en los mercados internacionales y más del 80% de las transacciones ocurren fuera de México a través de fondos globales de inversión, algoritmos y operadores de carry trade.
Sin embargo, muchos en México todavía le atribuyen al tipo de cambio le atribuyen propiedades mágicas de bienestar o ruina que técnicamente no tiene. Existe la falsa creencia de que un peso fuerte equivale a un gobierno exitoso y una economía sana (y muy pocos están enterados que la sobrevaluación del yen provocó en Japón su propia “década perdida”). También se asocia la fuerza de la moneda con el orgullo nacional, una suerte de estatus. Finalmente, se cree que evitar devaluaciones es una vacuna eficaz en contra de la inflación.
De esta visión mágica muy recurrente, se han agarrado gobiernos recientes para manejar el concepto de “super peso” como pieza de propaganda y supuesto termómetro de la superioridad de la 4T. Si han escuchado a alguien atribuir a AMLO o a Sheinbaum ese logro, hay dos opciones: o estaban frente a un engañabobos o frente a un bobo engañado.
Lo que suele no entenderse es que los problemas surgidos de las devaluaciones de antes se debieron a que fueron muy duras y repentinas. La volatilidad y los movimientos bruscos son mucho más dañinos que el nivel del tipo de cambio en sí. Lo son porque destruyen la planeación financiera, generan costos de cobertura excesivos y provocan una parálisis de la inversión. Nada de esto sucede si se trata de deslizamientos suaves, provocados por movimientos de mercado. La clave es que el tipo de cambio sea predecible.
El precio de las divisas extranjeras, y en particular el del dólar, es importante, pero menos que el crecimiento económico, la inflación, el empleo o la distribución del ingreso. Veamos qué significa.
Un peso fuerte debilita las exportaciones manufactureras (el motor del PIB mexicano), ya que encarece los productos nacionales en el extranjero. Una ligera depreciación hace más competitivo al país y lo vuelve más atractivo para el nearshoring (o lo que quede de él). Un peso menos fuerte también tiene efectos en las remesas, porque aumenta el poder de compra de los dólares que son enviados y, marginalmente, en el turismo de entrada. A cambio de ello, una caída del peso frente al dólar encarece la deuda pública (cerca de un tercio está denominada en la divisa estadunidense) y encarece todos los bienes importados, desde el maíz amarillo como bienes de capital y energéticos. En otras palabras, sí hay un impacto, pero -si no es un cambio brusco- es manejable y tiene aristas positivas.
¿Por qué se ha dado el fenómeno en estas semanas? Esencialmente por el estrechamiento del diferencial de tasas de interés entre México y Estados Unidos. Mientras que la Fed estadunidense, preocupada por el aumento del precio de la gasolina (ya saben, Trump pateando el avispero), elevó su tasa de referencia, México ha mantenido la suya constante en varias reuniones consecutivas. En estos momentos, el diferencial, de 250 puntos base (2.5%) es el más bajo de la historia reciente. Los inversionistas internacionales, que manejan casi la totalidad del mercado cambiario, requieren de un rendimiento robusto en pesos para seguir comprando bonos mexicanos: si el margen de ganancia adicional disminuye, aumenta la tendencia de los fondos a refugiarse en la (supuesta) seguridad de los bonos del Tesoro de EU.
Esto pone en un brete a Banxico, cuya Junta de Gobierno ha insistido en no trabajar como espejo de la Fed, sino apuntar a los objetivos internos. El comportamiento de la inflación interna aceptaría, en estos momentos y tomando en cuenta nuestro estancamiento productivo, un recorte a las tasas, pero éste impulsaría un deslizamiento más fuerte de la moneda. Mantener la tasa alta, como está ahora, ayuda a mantener el tipo de cambio estable, pero enfría los proyectos locales de inversión. Bajar la tasa, abarata el crédito y promueve la producción, pero debilita al peso de inmediato, aumenta el riesgo de inflación importada y puede también impulsarla en el sector servicios (donde la inflación subyacente ha sido persistente, por no decir rejega).
Al mismo tiempo, el gobierno mexicano enfrenta una pinza financiera, porque el costo de la deuda interna (en Cetes) y el de su deuda externa, se mueven por rieles totalmente diferentes. Y ambos se han encarecido. Bajar el costo del primero puede resultar en que aumente el segundo. En esas condiciones, no habrá super peso en un muy largo rato.
Twitter: @franciscobaezr