
Alfred Nobel hizo una fortuna con los explosivos y terminó pasando a la historia como el hombre que instituyó el premio más prestigioso de la paz. Hay en ello una ironía extraordinaria: alguien que contribuyó a perfeccionar nuestra capacidad de destruir decidió utilizar su riqueza para reconocer a quienes contribuyeran al bienestar de la humanidad. Tal vez comprendió, mejor que muchos de sus sucesores, que el progreso y la civilización no siempre caminan de la mano.
Cada octubre, el mundo celebra a sus nuevas inteligencias. Este año, los Nobel reconocieron investigaciones que permiten controlar la actividad de ciertas células mediante la luz, observar partículas llegadas de los confines del universo y comprender mejor la arquitectura de las moléculas. También distinguieron a Anne Carson en Literatura, a Navi Pillay por su defensa de los derechos humanos y a dos economistas dedicados a estudiar los mecanismos de estabilización económica frente a las crisis y la inflación. Son logros admirables. Pero detrás de las medallas, las ceremonias y los discursos aparece un cuestionamiento bastante menos cómodo: ¿el conocimiento nos hace mejores seres humanos o simplemente nos vuelve más poderosos?
La historia de los Nobel permite sospechar que no necesariamente lo primero. Fritz Haber recibió el premio de Química en 1918 por un descubrimiento que transformó la agricultura. Su procedimiento permitió producir amoniaco a escala industrial, indispensable para fabricar fertilizantes y alimentar a millones de personas. Sin embargo, el mismo científico fue uno de los principales impulsores de la guerra química durante la Primera Guerra Mundial. Ayudó a alimentar al mundo y también a envenenar soldados en las trincheras. No fueron dos hombres distintos. Fue el mismo.
Philipp Lenard, Nobel de Física en 1905, realizó importantes investigaciones sobre los rayos catódicos. Años después abrazó el nazismo y combatió las teorías de Einstein, no solamente por razones científicas, sino por el origen judío de su autor. William Shockley, distinguido en 1956 junto con John Bardeen y Walter Brattain por sus investigaciones sobre los semiconductores, ayudó a abrir las puertas de la revolución electrónica. Buena parte de nuestra vida digital sería inconcebible sin aquel avance. Sin embargo, terminó defendiendo ideas racistas sobre la inteligencia y la herencia genética.
Tres hombres extraordinariamente capaces de comprender la naturaleza, pero incapaces de reconocer, en momentos decisivos, las exigencias más elementales de la dignidad humana. No se trata de juzgar la ciencia por los pecados de sus protagonistas. Sería tan absurdo como negar la utilidad de un medicamento porque su descubridor fue moralmente cuestionable. Se trata de reconocer algo más inquietante: la inteligencia y la conciencia no son sinónimos. Podemos descifrar los secretos de la materia sin comprender nuestras propias miserias.
El problema tampoco termina en las personas premiadas. Los Nobel conservan una estructura concebida a finales del siglo XIX para un mundo que ya no existe. Hoy los grandes descubrimientos suelen ser resultado de equipos numerosos, colaboraciones internacionales y décadas de investigación. Sin embargo, una medalla puede llevar el nombre de tres personas, mientras cientos de colaboradores permanecen en el anonimato. La gloria sigue siendo individual, aunque el conocimiento sea cada vez más colectivo.
Nunca habíamos acumulado tanto conocimiento ni dispuesto de instrumentos tan poderosos para modificar la vida. Podemos intervenir en los genes, explorar galaxias remotas y desarrollar sistemas de inteligencia artificial capaces de realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas. Y, sin embargo, seguimos recurriendo a la guerra, la intolerancia y la destrucción con una persistencia que habría resultado familiar a nuestros antepasados.
La ciencia nos ha enseñado a dominar fuerzas que antes parecían reservadas a los dioses, pero no nos ha enseñado, con la misma eficacia, a dominar nuestras pasiones. Quizá por eso la antigua advertencia de Rabelais conserva tanta actualidad.
Los Nobel merecen celebrarse. Representan una de las expresiones más admirables de la curiosidad humana. Pero sería conveniente que, junto con cada descubrimiento, nos preguntáramos no solamente qué podemos hacer con él, sino qué deberíamos hacer y quién tiene derecho a decidirlo. Porque el verdadero desafío de nuestra época ya no consiste únicamente en ampliar las fronteras del conocimiento, sino en evitar que nuestra capacidad de transformar el mundo termine superando nuestra capacidad moral para habitarlo. La inteligencia nos ha permitido llegar muy lejos. La conciencia tendrá que decidir si ese viaje merece llamarse progreso.