
Varios analistas le han hincado el diente a la encuesta continental de Latinobarómetro 2026, publicada a principios de este mes, preocupados -y con razón- por el deterioro de las opiniones a favor de la democracia a lo largo y ancho del continente, y particularmente en México. Son datos preocupantes. Pero a mí me brincó otra cosa.
Según la encuesta, un porcentaje importante de latinoamericanos (39%) se autodefine como de absoluto centro político. México está ahí, con 40% de los ciudadanos que marcaron 5 en una escala que iba del 0, para señalar a la extrema izquierda, al 10, para la extrema derecha. Ese porcentaje ni siquiera se refiere a quienes se ubicaron cerca del centro (que pusieron 4 o 6).
¿Cómo explicarse que las sociedades estén polarizadas, con muchos países que han producido elecciones a mitades entre la izquierda y la extrema derecha, mientras que una parte importante de la población se considera centrista? Hay un amplio centro escurridizo. Es una pregunta que no admite respuestas simples y unívocas. Intentaremos responderla.
En primer lugar, hay que notar que quienes más polarizadas están son las élites políticas. Los partidos han radicalizado sus discursos para encender a sus fieles y alcanzar más proyección mediática. El escándalo vende; la frase pegadora tiene más eco que el análisis sensato. Y quien tiene más exposición, sube en el índice de conocimiento en las encuestas. Al final, el ciudadano de centro queda atrapado en una dinámica donde las opciones para votar son polarizadas y se ve obligado a elegir “al menos peor”.
Por otro lado, para muchas personas -tomando en cuenta que la encuesta se hizo a la ciudadanía en general, y no nada más a los votantes- ubicarse en el centro pude leerse como un rechazo a la clase política en general, ya sea por un desencanto debido a los fracasos de gobiernos tanto de izquierda como de derecha, ya sea por un rechazo generalizado a la política (al menos una parte de los centristas puede asimilarse a los que dicen no tener ideología, que en México rondan el 10 por ciento).
Finalmente, y tal vez sea lo más determinante, el votante del siglo XXI no suele comprar el paquete ideológico completo. De hecho, en las encuestas, el entrevistado que es ideológicamente coherente a lo largo de toda la entrevista es la excepción, porque la regla es que haya contradicciones en las respuestas de las personas. Típicamente, en México, muchos ciudadanos están a favor de la mano dura contra el crimen, sin pensar mucho en los derechos humanos y son ligeramente xenófobos (lo que serían posiciones de derecha), pero defienden la educación pública, los subsidios y la retórica antiyanqui (que serían de izquierda).
Según la encuesta, el 63% de los mexicanos considera que “un poco de mano dura del gobierno no le vendría mal al país”, una cifra muy superior al promedio de la región. Esto se explica porque la gran mayoría de la población percibe que el crimen organizado tiene “mucho o bastante poder”. Si algo falló en la exitosa retórica del gobierno de López Obrador, fue la malhadada consigna de “abrazos, no balazos”.
El mismo ejercicio demoscópico apunta que 87% de los mexicanos está satisfecho con su vida personal, al mismo tiempo que sólo 38% cree que el país va en la dirección correcta, mientras que la confianza en las instituciones cae en picada, particularmente en lo que respecta a los partidos políticos y el Congreso, que merecen la confianza de sólo el 18% y el 25% de la población, respectivamente. Hay un colapso en la representación política real. Pero la mayoría sigue a gusto y sigue votando. Lo hace por partidos políticos, y normalmente a favor de la coalición de gobierno.
¿Qué nos dice esto? Que, a diferencia de Sudamérica, donde la polarización ha generado vuelcos entre gobiernos de izquierdas y de derechas, en México ha alimentado una suerte de consenso pasivo, de resignación civil. Hemos desarrollado una tolerancia hacia la nueva centralización del poder y la erosión de contrapesos democráticos institucionales, a cambio de que el gobierno mantenga sus apoyos económicos y sociales, mientras simula que hay estabilidad. Mientras se tengan resultados básicos de vida, se acepta un sistema de polarización retórica, resultados económicos mediocres y creciente autoritarismo.
La encuesta de Latinobarómetro pregunta sobre auto adscripción ideológica, no sobre afectos. Y éstos bien pueden pesar más a la hora de las urnas. La gente parece dividirse más por los personajes a quienes odia, que por los valores que defiende. Un votante puede tener opiniones personales moderadas, pero si aprende a odiar a un candidato o partido, porque se ha convencido de que son un peligro real para él o para el país, puede movilizarse con la misma pasión que un militante radical.
Y eso ayuda a formar el uroboros: la serpiente que devora su propia cola para formar un círculo perfecto. Las campañas se vuelven negativas: pocas propuestas y toneladas de lodo, que generan interacciones, conocimiento de personajes y bonos políticos para los polarizadores… de éstos salen los ganadores en las elecciones, no por lo que proponen, sino por el rechazo visceral “al más peor” de parte de las masas no radicalizadas.
¿Hay manera de salir de este laberinto? Será tema de futuras entregas.
Twitter: @franciscobaezr