Opinión

Elección brasileña; interés local.

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Elecciones en Brasil El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva reacciona junto a su esposa Rosângela da Silva, durante un discurso al ganar las elecciones presidenciales de Brasil este domingo, en el Hotel Intercontinental en Sao Paulo (Sebastiao Moreira/EFE)

A la hora de comenzar estas líneas los ciudadanos brasileños enfrentaban un panorama extraño: el partido en el gobierno (PT) se quejó de obstrucción de votantes y la autoridad electoral extendió la jornada dos horas más. Obviamente el recurso extensor se debió a la percepción de los lulistas: iban abajo. O eso querían evitar.

Si este recurso de última hora del oficialismo (nunca mejor dicho) cambió los resultados finales o fue intrascendente, es hasta ahora un misterio, no tanto como el interés casi nativista de muchos mexicanos por el desenlace de esta batalla entre el bien y el mal; lo negro y lo blanco, el demonio de la derecha y la bondad celestial de la izquierda.

Pero todo eso es falso. O al menos es discutible. El prisma brasileño, como en otro grado el mexicano, descompone la luz sólo en dos tonos. La polarización es inevitable e inconveniente, pero así es como se presenta la dicotomía y así es como programáticamente la exacerba el populismo.

Llegaría el fascismo, gritan los zurdos; “…Vai à merda, dicen los fachos.

Cerca de las 19 horas de Brasilia, los conteos ya le daban ventaja a Lula sobre Flavio Bolsonaro quien ganó en la primera ronda. Brasil no mueve el péndulo de la política y la derecha pierde otra vez.

Lula, con toda su leyenda de resistencia heroica; de tenacidad indomable y absoluta terquedad –casi como Mitterrand u otros empecinados del poder— llegó al cargo después de varias derrotas electorales (la última en la primera vuelta de este proceso); estabilizó la desigualdad y disminuyó sensiblemente la pobreza, tanto como para exportar su fórmula a México, y venir de la mano de Rosario Robles a poner aquí en marcha la cruzada contra el hambre del priista Peña Nieto. Un petardo.

Lula es la verdadera encarnación de un ave Fénix. Pero no todo ha sido dulce.

Intentó prolongar su poder a través de una señora incondicional y devota suya tan incapaz como provechosa para el discurso feminista (como ha ocurrido con otros populismos) y lo perdió hasta ser encarcelado en el caso “lava jato” del cual siempre ha dicho, fue la mentira más grande del mundo. Y lo dijo desde la presidencia y lo repitió en la campaña. Hoy regresa sin haberse ido; renace sin haber muerto.

 La señora fracasó de cabo a rabo y con este apéndice entre las piernas abandonó la escena con señalamientos diversos de podredumbre. Por eso llegó Bolsonaro después.Presumía de ser la primera mujer en ocupar la presidencia. Lástima.

Dice France 24:

“…El 31 de agosto de 2016, el Senado Federal brasileño aprobó el juicio político y la caída definitiva del mandato de la izquierdista Dilma Rousseff, la primera mujer en llegar a la Presidencia del país.

“Diez años después de una votación que paralizó al gigante latinoamericano Brasil es muy diferente: la polarización impregna la vida política; los grupos evangélicos ganaron un protagonismo inédito; y una nueva dinastía política, los Bolsonaro, domina el espectro de la extrema derecha.

Brasil es un país complejo y a veces incomprensible hasta para el resto de los iberoamericanos. Es el único con otro idioma. Hasta en eso son distintos.

En ciertos rasgos, extraños; en algunos momentos incomprensibles en su intrincada mezcla de etnias y colores; pigmentos y castas, Brasil manifiesta la complejidad hasta el día de hoy. Mario Vargas Llosa (La guerra del fin del mundo) le hace decir a uno de sus personajes:

--¿Cómo compensar la propensión a la fantasía, al delirio, a la irrealidad, típicas de artistas y gentes imprácticas con un hombre en el que todo indica al materialista, al terráqueo al pragmático? Sin embargo, eso es lo que dicen sus huesos: Orientatividad, Concentratividad, Maravillosidad. Galileo Gall lo descubrió apenas pudo palpar al guía.

“Piensa: es una conjunción absurda, incompatible. Es como ser púdico y exhibicionista; avaro y pródigo”.

La explicación de esta victoria no se ciñe a la voluntad popular. La izquierda lo atribuye a la anulación de la perversa propaganda digital y el financiamiento de los Estados Unidos como líder del Apocalipsis derechista ahora contenido.

Esa es la versión generalizada entre los “progresistas”, México incluido, aun cuando por prudencia diplomática no se diga abiertamente en el discurso presidencial. Hoy en el Palacio Nacional se descorcha por lo menos la sidra de Huejotzingo.

En el apogeo de su vida (no es lo mismo ganar una vez la presidencia que iniciar un cuarto periodo a la edad de los 80 años), después de navegar entre arrecifes y torpedos, Lula da Silva y el partido del Trabajo escriben otra página absolutamente destacada en la historia de tan complejo país.

“Fohla de Sao Paulo” publicó ayer por la tarde:

“El presidente Luiz Inácio Lula da Silva (PT), de 80 años, derrotó al senador Flávio Bolsonaro (PL) y fue reelegido este domingo (25) para su cuarto mandato, un hecho inédito en la historia de Brasil.

“El resultado, proyectado por Datafolha a las 20.46 hs, fue confirmado por el Tribunal Superior Electoral a las 21.10hs.

“Con el 99,98 por ciento de las urnas escrutadas, el petista tenía el 51,78 de los votos válidos en la segunda vuelta, frente al 48,22 del senador, que ya no podría alcanzarlo. En 2022, Lula derrotó al padre de su oponente, Jair Bolsonaro, por un 50,9 frente a un 49,1”.

Hoy la dinastía Bolsonaro, propietaria de la franquicia derechista brasileña tiene el peor de los panoramas.

Jair confinado en arresto domiciliario, envejecido y enfermo.

Su hijo, derrotado a pesar de todos los apoyos internos y externos. La noche se les vino encima y se anticipan muchos años de oscuridad.

Lula da Silva ha dicho escuetamente: “…lo que el pueblo ha hecho conmigo en estos días no tengo cómo pagarlo; estaré eternamente agradecido… " El pueblo, siempre mi pueblo.

Con un par de transparentes estrellas rojizas en los anteojos de playa, parecidos a los de Elton John (son coetáneos) y una camisa azul, Lula saltó, brincó, bailó en su cuartel de campaña, abrazó a sus seguidores y seguidoras, mostró la mano derecha con el pulgar y el meñique extendidos en señal de victoria y se dejó tocar por el aletazo de la gloria.

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