
El sueño es un proceso fisiológico fundamental para mantener la salud y la sensación de bienestar. Todos hemos experimentado que no dormir bien reduce nuestra sensación de bienestar. Cuando el asunto ya no es de un día en particular, sino que se vuelve crónico, la calidad de vida disminuye.
Los trastornos del sueño se dividen en dos categorías principales: el insomnio, que consiste en no dormir bien, y la narcolepsia, que consiste en dormir en exceso. El insomnio es, por mucho, el más frecuente. Ocurre en el 30-40 % de la población y su prevalencia aumenta con la edad. Hay varios tipos de insomnio, según el momento en que no se logra conciliar el sueño. La narcolepsia es menos frecuente. En la narcolepsia, el paciente presenta una necesidad anormal de dormir durante el día. Existen el tipo I y el tipo II. La diferencia entre ambos es que, en el tipo I, además, ocurren episodios de cataplexia, que consisten en una pérdida súbita del tono muscular desencadenada por las emociones. Las formas menos aparatosas se denominan hipersomnias idiopáticas.
Existe un trastorno del sueño cada vez más frecuente que no tiene su origen en el sistema nervioso central, sino que está relacionado con la obesidad: la apnea obstructiva del sueño, en la que se producen periodos de hipopnea o apnea por obstrucción de las vías aéreas, lo que hace que el sueño sea poco reparador.
El sueño es un proceso orquestado en el sistema nervioso central en el que intervienen, por un lado, el ritmo circadiano, que sincroniza la función cerebral con el medio externo (luz, temperatura, etc.), y, por otro, una serie de interacciones hormonales. Las hormonas que modulan el sueño fueron descubiertas simultáneamente por dos grupos a finales del siglo pasado. Un grupo las llamó hipocretinas 1 y 2 porque se secretan en el hipotálamo, y el otro grupo las llamó orexinas 1 y 2 porque inducen el apetito. Pronto se observó que la deficiencia de estas hormonas provoca narcolepsia, mientras que su exceso induce somnolencia. Las dos hormonas son productos del mismo gen y actúan sobre receptores acoplados a proteínas G que modulan la actividad neuronal. Se utiliza con más frecuencia el término “orexinas”, aunque me parece que ambos son desafortunados: uno indica dónde se producen y el otro se refiere a un efecto colateral, no al principal: regular el sueño. Quizá hubiera sido mejor que las llamaran “soporinas”.
El descubrimiento de las orexinas abrió la posibilidad de modular el sueño mediante medicamentos que imiten o prevengan sus efectos. El desarrollo y la investigación de dichos medicamentos se iniciaron en el siglo XXI y, en tiempos recientes, han dado fruto. Existen varios medicamentos que bloquean ambos receptores de orexina, conocidos como DORAs (Dual Orexin Receptor Antagonists), que han sido aprobados desde hace algunos años por diversas agencias reguladoras para el tratamiento del insomnio y son ampliamente utilizados. Por otro lado, en agosto de este año, la FDA de los Estados Unidos aprobó el uso del primer agonista de las orexinas para el tratamiento de la narcolepsia. Me parece que va a suceder algo parecido a lo que ocurrió con los agonistas del GLP-1. Si bien fueron autorizados para la narcolepsia, en breve se empezará a notar su utilidad en el tratamiento de diversos trastornos del sueño menos aparatosos que la narcolepsia, pero mucho más frecuentes.
El manejo farmacológico del sueño que vivirán las nuevas generaciones ha sido posible gracias al descubrimiento inicial de las hormonas que regulan un proceso fisiológico fundamental. Un ejemplo más de por qué es importante apoyar de manera significativa la investigación básica.
Dr. Gerardo Gamba
Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán e
Instituto de Investigaciones Biomédicas, UNAM