Opinión

La voz mexicana al norte de la frontera

Votaciones intermedias en Estados Unidos. Fotografía que muestra adhesivos para votantes en un centro electoral este martes en Sacramento (EE.UU.). Estados Unidos acude a las urnas para unas elecciones de medio mandato en las que está en juego la mayoría republicana en el Congreso, que respalda la agenda del presidente Donald Trump, además de numerosos cargos estatales y locales.

Hay una franja que no aparece en los mapas oficiales, pero que todos conocemos. Empieza en Tijuana y termina en Chicago. Empieza en El Paso y termina en Nueva York. Empieza en Texas, en Arizona, en California, en Nuevo México, y termina en cada cocina, en cada escuela, en cada iglesia donde se habla español y se sueña en dos idiomas. Esa franja de Estados Unidos está atravesada por vínculos mexicanos. Es una realidad hecha de historia y de familia.

Las elecciones del 3 de noviembre de 2026 volvieron a mostrar su presencia política. Los demócratas ganaron el control de la Cámara de Representantes y del Senado. También ganaron gubernaturas en Texas, Georgia, Wisconsin, Iowa, Nevada y Ohio. El triunfo recogió un reclamo cotidiano: la gasolina está cara, la comida está cara. La gente está cansada de que la política sea un espectáculo y quiere que vuelva a ser un servicio.

En Texas ganó quien habló de asequibilidad, pero también quien entendió la fuerza de sus raíces mexicanas, de su población latina y de su vida fronteriza, bilingüe y mestiza. Esa franja se ha convertido en un puente. Durante años nos dijeron que los latinos en Estados Unidos eran un voto prestado, un voto en disputa, un voto que se podía conquistar con un comercial en español.

En esta elección, una parte de ese voto latino, mexicanoamericano, expresó también un reclamo de dignidad. Votó porque no quiere que a su abuela la traten como criminal por cruzar. Votó porque no quiere que a su hijo lo vean como sospechoso por su apellido. Votó porque trabaja, paga impuestos, crea empresas, cuida a los enfermos de Estados Unidos y exige respeto.

Esa es una de las lecciones de la franja: México está presente en Estados Unidos. Está en su economía, en su cultura, en su comida, en su música, en su voto. Las nuevas mayorías del Congreso tendrán que entenderlo: gobernar Estados Unidos exige reconocer a esa franja, escuchar sus demandas y respetar los vínculos que mantiene con México.

Para nosotros, para “los de acá”, estos resultados abren también una discusión sobre la independencia de los países. Esperemos que las elecciones en Estados Unidos y en América Latina se conduzcan con respeto a la decisión de sus pueblos, y que ese respeto se sostenga en los hechos.

Esperemos que, en este nuevo ciclo, Estados Unidos construya con América Latina una relación de vecindad basada en el respeto. Y que América Latina encuentre en México a un país hermano, dispuesto a contribuir a las causas compartidas.

Cada país tiene derecho a elegir su camino. A equivocarse y a corregir. A ser de izquierda, de derecha, de centro o de ninguna etiqueta. Ningún imperio, ningún algoritmo, ningún medio tiene derecho a decidir por nosotros. La independencia de los países es una base de la gobernabilidad democrática.

En América Latina podemos construir una gobernabilidad con independencia. Que cada país decida sin miedo a represalias. Que el comercio se desarrolle mediante acuerdos justos. Que la migración reciba un trato digno y que la ayuda respete la autonomía de quienes la reciben.

Gobernabilidad con cordialidad. Que dejemos de gobernar con insultos. Que un presidente pueda discrepar de otro sin romper relaciones. Que la diplomacia recupere el diálogo.

Gobernabilidad desde lo cotidiano. Que el elector latinoamericano, como el de Texas, vote por lo que le duele: el pan, el agua, la seguridad, el empleo. Que pueda decidir con libertad frente al miedo que se difunde en la televisión.

Gobernabilidad regional. Que América Latina se mire a sí misma. Que México, Colombia, Brasil, Argentina, Chile, Perú, Centroamérica y el Caribe vuelvan a hablarse como familia y construyan una agenda propia en su relación con Washington.

Esa franja de vínculos mexicanos en Estados Unidos es un símbolo de lo que viene. Porque esa franja nos enseña que las fronteras no detienen la cultura. Que un muro no detiene a una familia. Que un decreto no detiene a un idioma. Esa franja es México en Estados Unidos y Estados Unidos en México. Es el taco en Los Ángeles, el mariachi en Houston, la maestra bilingüe en Phoenix, el trabajador que manda remesas a Michoacán y paga renta en Dallas.

Queremos un Estados Unidos que trate a México como socio; queremos una América Latina que trate a México como aliado y queremos un México que se trate a sí mismo con dignidad.

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