Opinión

Patricio Robles Gil: fotógrafo de naturaleza

El economista y político argentino Domingo Cavallo
El economista y político argentino Domingo Cavallo El economista y político argentino Domingo Cavallo (La Crónica de Hoy)

No me acuerdo exactamente de cuándo conocí a Patricio Robles Gil, pero sí me acuerdo que estábamos ambos, hace ya muchas décadas, enfrascados en la lucha por elevar la conciencia de la sociedad mexicana respecto a lo asombroso de nuestro capital natural.

Patricio había fundado las asociaciones conservacionistas Sierra Madre y Unidos por la Conservación. Cuando en ese entonces estuve muchas veces a punto de aventar la toalla por la cerrazón y franca estupidez de funcionarios, ecologistas radikalinskis  y empresarios cavernarios, la imagen en mi mente de Patricio me decía: “Pues sí eres un güey soñador, pero no eres el único. Ahí está Patricio”. El calendario de Sierra Madre que cada año me regalaba Patricio cautivó mi imaginación acerca de la fauna y la flora en los desiertos mexicanos del Noroeste.

Ya en ese cuarto del siglo pasado (¡hace cuarenta años!), Patricio perseguía un sueño: fotografiar al jaguar (Panthera onca) en su hábitat natural, en libertad. Hasta entonces, los registros fotográficos de este portento de la evolución biológica provenían de zoológicos o de encierros construidos por el ser humano o de trofeos de caza. Este sueño lo llevó durante décadas a organizar expediciones para encontrar al jaguar en su hábitat natural. Finalmente llegó el llamado en 2011: un sitio, en el río Cuiabá, en el corazón de “Mato Grosso” (la selva densa) del Brasil.

Varias veces en los últimos años, Patricio ha estado ahí. El resultado es un libro único, un trabajo de cuarenta años que te puede mover los botones internos de admiración por la Creación Natural. Un amigo común, Alberto Ruy Sánchez, escribió lo siguiente acerca de este libro, Las Onças Pintadas del río Cuiabá en periódico El País, y que te quiero compartir:

“Es bien sabido que, varios metros alrededor de su cuerpo, el jaguar crea con su presencia, con su tensión y atención, un ámbito. Hasta en cautiverio se siente cómo uno cruza ese muro invisible y entra en su territorio vital. Un vínculo corporal se establece. No es muy difícil imaginar lo que significa para el fotógrafo saberse percibido por el felino, sentir en la sangre su presencia como el jaguar siente la suya. Y mantener en la distancia justa la posibilidad de seguir viéndolo. Un vínculo de emociones casi indescriptibles que se intensifica cuando el animal nos mira. Y en este libro lo hace casi todo el tiempo. Con esos ojos amarillos apenas más claros que el dorado de su pelambre manchada de noche. Hasta en una imagen donde está echado completamente, con la cabeza pegada a la tierra, entre las raíces ensortijadas del manglar, uno de sus ojos no deja de vernos.

También lo vemos pasar nadando o caminando sobre el entramado de raíces aéreas. Lo vemos al acecho de alguna presa y, más impresionante, con las fauces abiertas hacia otro jaguar en lo que parece disputa ritual, epílogo feroz del apareamiento. Sus fauces se abren más ampliamente que el tamaño de su cabeza. Como si toda ella no fuera sino una articulación para hacer girar su mandíbula. Se sabe que el jaguar también mata reventando el cuello de sus presas. Y es capaz de atacar al yacaré, pariente del cocodrilo. Varias veces en el libro, el jaguar lo acecha desde la orilla.

Lo vemos lamerse las patas más de una vez y vemos las huellas enormes y poderosas de sus garras sobre el lodo. Compartimos el estremecimiento del fotógrafo al descubrir esas huellas frescas. Vistas a menor distancia que el animal mismo, son invocación tremenda del cuerpo del jaguar y sensación de su presencia. Lo vemos acechar a un ave en la orilla del agua, atraparla, jugar con ella y finalmente devorarla. Y luego, con el hocico ensangrentado, beber del río donde se bañaba su presa. Con la cabeza en el agua y las ancas al aire deja ver la línea de manchas más obscuras que dibujan su columna. Lo vemos incluso mirar sin hacerlo directamente, con evidente intencional indiferencia de los ojos, no del resto del cuerpo.

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Una pareja de jaguares que parece muy acostumbrada al público se deja admirar desde su balcón de tierra. Uno de ellos en un momento está aparentemente dormido mientras al fondo su pareja, como sombra despierta, parece cuidarlo. En esta persecución del jaguar desde el río podemos sentir, más allá de los telefotos, cómo y cuánto el fotógrafo se fue acercando. Algo en el cuerpo del animal lo denota.

En otras imágenes sentimos cómo el fotógrafo atrapó algo tan veloz que solo la cámara, más que sus ojos, pudo retenerlo. La velocidad del jaguar convirtiendo sus manchas en formas completamente indisolubles del entorno. De pronto, una hembra lleva en las fauces a uno de sus diminutos críos alejándolo rápidamente de la orilla. Una pareja de jaguares más entrometida entre sí nos muestra que no está lejos el momento de su apareo. Una hembra juega eróticamente con dos machos. Y un lúdico jaguar brinca extrañamente sobre un brazo del río. Salta en el humedal ante nuestros ojos ofreciendo al fotógrafo como pocas veces “el instante decisivo”. Y a nosotros el privilegio de mirarlo tantas veces y tan fijamente como queramos. Así, un jaguar sacudiéndose el agua de la cabeza con el cuerpo dentro del río nos conmueve por su gesto de íntima fragilidad y su evidente hedonismo”.

Patricio ha publicado 38 libros magníficos como fotógrafo de Naturaleza, pero éste, la culminación de perseguir un sueño por cuarenta años, lo editó él solo, sin patrocinio. Con sus propios recursos. Es su contribución personal, auténtica, a la construcción de nuestra conciencia colectiva sobre este ser portentoso, extraordinario, poderoso y nuestro: El Jaguar. Comparte esta energía primigenia en patricioroblesgil@gmail.com.

quimicoguerra@inaine.org

/Luis Manuel Guerra

@quimicolmguerra

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