
Comencemos de forma contundente: existe un consenso sobre que Alfonso Reyes fue el fundador de La Casa de España y de su sucedáneo El Colegio de México. Como tantos otros consensos, se basan más en la repetición que en la verdad. Aprovechemos esta efeméride del cincuentenario del fallecimiento de don Daniel Cosío Villegas para dejar bien asentado que el creador de ambas instituciones fue Daniel Cosío Villegas.
Su biografía lo preparó para ello: Daniel Cosío Villegas nació en la Ciudad de México en 1898, en la que estudió en la Escuela de Jurisprudencia, aunque significativamente, primero había querido ser ingeniero. Si por su edad apenas fue consciente del derrumbe del Porfiriato, de joven le correspondió ser testigo de la violencia revolucionaria y luego participó en la etapa reconstructiva de la Revolución. Si Reyes fue miembro del culturalista grupo del Ateneo de la Juventud; Cosío sería parte de la generación de 1915, llamada así por haber coincidido en la Universidad durante aquel fatídico año, dura experiencia que definió su destino: colaborar con sus conocimientos técnicos en la edificación del nuevo país. Ajenos a la nostalgia del Porfiriato, los jóvenes de 1915 tuvieron que ser prácticos y operativos.
El primer trabajo de Daniel Cosío Villegas, antes incluso de titularse, fue ser asistente de Antonio Caso en el curso de Sociología, y el segundo fue colaborar muy cerca de José Vasconcelos en su afán de refundar el sistema educativo mexicano. Según cuenta Cosío Villegas en sus ‘memorias’, su colaboración con Vasconcelos fue una “experiencia extraordinaria”.
Sin vocación abogadil alguna, Cosío Villegas logró estudiar economía en Harvard, especializándose luego en economía agrícola en las universidades de Madison y Cornell, convencido de que el problema agrario era el mayor reto de México. De regreso en el país se afanó en la creación de la primera ‘carrera’ de economía, pues la terrible crisis de 1929 hacía imperativo que México tuviera economistas profesionales que estuvieran capacitados para paliar sus secuelas.
No hay duda alguna, su colaboración con Vasconcelos y su participación en la creación de los estudios económicos en México nos anuncian y explican su posterior involucramiento en la construcción de instituciones dedicadas a la enseñanza de las ciencias sociales de nivel universitario. Considerado uno de los pocos economistas profesionales y actualizados del país, en 1935 fue enviado como Consejero Económico en la embajada en Washington, con la encomienda de que se avocara a que México pudiera tener con Estados Unidos “un nuevo tratado comercial”, a partir de la revisión de los aranceles.
Cansado por la presionante labor, Cosío Villegas buscó un destino diplomático menos intenso, por lo que solicitó ser enviado como ‘Encargado de Negocios’ en Portugal. Desembarcó en un puerto del norte de España a mediados de julio de 1936. En un par de días su deseo de disfrutar de un trabajo apacible se hizo añicos. Sucedió que el día 18 de ese mes estalló la Guerra Civil, por lo que Cosío incluso tuvo dificultades para llegar a Lisboa.
Conocedor de la situación universitaria en Estados Unidos, Inglaterra y Francia, en particular del cobijo que estaban otorgando a los académicos e intelectuales de origen judío que trabajaban en universidades de Alemania, Austria y otros países centroeuropeos, Cosío rápidamente concibió la idea de que México organizara un programa similar para algunos artistas, intelectuales y científicos españoles partidarios del régimen republicano. Este es el origen directo de La Casa de España y de su sucedáneo El Colegio de México. No hay discusión posible: fue un proyecto de Cosío Villegas, y solo de Cosío Villegas.
En tanto que Portugal era vecino de España, Cosío tenía una inmediata y veraz información sobre su situación bélica. Además, se hizo amigo cercano del embajador de la España republicana, el insigne historiador medievalista Claudio Sánchez Albornoz, profundo conocedor de la situación universitaria española. Si con alguien discutió Cosío Villegas sobre su plan y su propósito, fue con Sánchez Albornoz.
La mecánica y las etapas de su creación son fáciles de reconstruir. Tan pronto como finales de septiembre de 1936 Cosío Villegas escribió a Francisco J. Múgica y a Luis Montes de Oca, colaboradores cercanos del presidente Cárdenas, solicitándoles que le propusieran la conveniencia de invitar temporalmente, mientras durara la guerra, a un grupo reducido de académicos españoles. Les hizo ver que el proyecto sería doblemente benéfico: además de enaltecer a la diplomacia mexicana, sería provechoso para la poco desarrollada vida universitaria nacional, pues aquellos españoles podrían inmediatamente dar cursillos y conferencias, e incluso publicar artículos o libros, sin necesidad de aprender el idioma del país refugio.
El aval del gobierno cardenista se dio a finales de 1936, teniendo Cosío Villegas que hacer la lista de los potenciales invitados, ubicarlos y obtener su aceptación. Como es fácil de imaginar, tuvieron que ser hechas y rehechas varias listas de prospectos. Una vez que se definió el grupo que aceptaba ir a México, Cosío Villegas tuvo que arreglar su traslado transatlántico. Más aún, poco después Cosío Villegas regresó a México para cuidar la llegada de aquellos españoles y sus familias y para organizar la institución en la que trabajarían, a llamarse, significativamente, La Casa de España en México, con lo que quedaba clara su naturaleza protectora.
Dado que se creyó que se trataría de una estancia temporal, no se les asignaron oficinas particulares ni se le requirieron programas docentes propios. Aquellos españoles solo quedaron obligados a impartir cursillos y conferencias en las universidades públicas del país, incluyendo al recientemente creado Instituto Politécnico Nacional. Así, La Casa de España, fundada oficialmente en agosto de 1938, fue más bien una sencilla oficina coordinadora de las labores de los que luego se considerarían ‘Transterrados’. Para que se pudiera cumplir con dicha misión, el propio Cosío Villegas facilitó un par de espacios que eran parte de las oficinas del Fondo de Cultura Económica.
Hasta entonces, Cosío Villegas era la única autoridad de La Casa de España. Durante todo el proceso fundacional, entre mediados de 1936 y mediados de 1938, Alfonso Reyes se encontraba como diplomático en Argentina y Brasil. Regresó a México a principios de 1939, y el gobierno le ofreció la presidencia de La Casa, quedando Cosío Villegas como Secretario General. El presidente Cárdenas, a sabiendas de que se había jubilado del sector diplomático, lo quiso aprovechar en el ámbito educativo. Sabedor también de que era amigo personal de varios de aquellos españoles exiliados, le ofreció la presidencia de La Casa de España en abril de 1939, ocho meses después de haber sido fundada.
A pesar de ser breve, de poco más de dos años, la historia de La Casa fue notablemente intensa. Si en 1938 habían llegado solo doce españoles, con la derrota irreversible del gobierno republicano se multiplicaron abruptamente las solicitudes de incorporación. Dichas peticiones eran urgentes, pues la vida de muchos de los peticionarios corría peligro con el triunfo franquista. Primero los doce iniciales aumentaron a veinte, luego al triple, y para 1940 la cifra se había vuelto a duplicar. La Casa de España no podía seguir creciendo; su naturaleza y su tamaño eran ya inapropiados, por lo que tuvo que pensarse en hacer una institución permanente, y de mayor tamaño. El rediseño de La Casa recayó en Cosío Villegas. Además, tenía que hacerse a marchas forzadas, pues el periodo presidencial de Cárdenas terminaría el último día de noviembre de 1940. Lo que se buscó fue que a la llegada del nuevo presidente y de su equipo La Casa ya se hubiera transformado en El Colegio de México.
Las características de la nueva institución son fáciles de enumerar. Sería permanente y estaría integrada a la Secretaría de Educación Pública. Además, tendría sus propios programas docentes, concentrándose en las humanidades y las ciencias sociales a nivel posgrado, a excepción de las ‘carreras’ profesionalizantes, como la de Derecho, ‘carrera’ que se impartía en la Universidad Nacional. El objetivo era que fueran dos instituciones complementarias, no competitivas. Así, los juristas y los científicos ‘duros’ no pasarían de La Casa a El Colegio, sino que se les incorporaría en la Universidad Nacional, en el Politécnico y a algunos pocos en universidades de provincia o en un par de hospitales públicos.
No hay duda alguna, quien diseñó el cambio fue don Daniel. Recuérdese que Reyes no tenía grandes simpatías por la docencia o la investigación. El prefería un lugar donde los escritores y los humanistas pudieran escribir sus obras. En cambio, las preferencias de Cosío Villegas, dedicado durante buen tiempo de su vida a labores docentes y de dirección universitaria, iban en un sentido distinto a las de Reyes. Es obvio, mientras el humanista Reyes era un literato y un diplomático, Cosío Villegas tenía a la educación superior y a las ciencias sociales como sus principales intereses.

Durante veinte años, de principios de 1939 a finales de 1959, Reyes y Cosío Villegas colaboraron en la conducción de La Casa de España y de El Colegio de México. La suya fue una colaboración virtuosa. Sus diferencias resultaron complementarias. Uno le impregnaba su carácter humanista al Colegio, el otro le imprimió su compromiso con las ciencias sociales, en un principio con la Historia y con la Sociología, pero con una sociología empírica, concreta, resuelta a resolver los problemas antropológicos, políticos y sociales del país. Uno quería que imperara un ambiente amable, placentero, familiar y casero; el otro buscó que fueran instituciones ordenadas, laboriosas y jerarquizadas. Si uno atendía las relaciones con el presidente del país y los ‘caudillos culturales’, como Caso, Vasconcelos y Torres Bodet, al tiempo que protegía a los españoles, el otro conseguía y administraba los recursos financieros de la institución y organizaba los primeros programas docentes. Que quede claro: no fueron responsabilidades racionalmente elegidas y cumplidas. Eran diferencias congénitas: Reyes había pertenecido al Ateneo de la Juventud, grupo netamente culturalista, mientras que Cosío había sido miembro de la generación de 1915, claramente comprometida con la solución de los problemas del país mediante la creación de instituciones adecuadas al México posrevolucionario.
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