Para entender dónde estamos, hay que volver la mirada hacia atrás, consultar lo que quedó guardado en documentos, fotografías, cartas o cualquier material que el tiempo no logró borrar del todo. La tarea no es fácil, porque hay que rastrear, analizar y unir las piezas dispersas para recrear, en favor de preservar, un fragmento del pasado.
Es así como Carlos Alberto Carrillo Galicia, estudiante de la Maestría en Historia que se ofrece en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (ICSHu) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH), busca reconstruir parte de la memoria histórica de la región, a través del rescate de fuentes documentales primarias.
De esta manera, el alumno Garza desarrolla el proyecto de investigación “La Hacienda de San Francisco Javier de la Matanza bajo la administración de los jesuitas en la Nueva España, durante los siglos XVII y XVIII”, con el propósito de fortalecer la identidad hidalguense y, al mismo tiempo, contribuir a solventar el vacío de fuentes primarias en el estado de Hidalgo para evitar la pérdida de información valiosa sobre el pasado.
“Para preservar, comunicar y divulgar, primero hay que localizar. Entonces, he estado realizando algunas estancias largas en el Archivo General de la Nación (AGN) como parte de un primer ejercicio de rescate patrimonial, con la intención de recuperar y digitalizar diversas fuentes documentales para el estudio de la historia regional”, dijo.
No basta reunir los datos dispersos: es necesario interpretarlos
Pese a que la entidad cuenta con una amplia variedad de haciendas, se eligió este inmueble ubicado en el municipio de Tolcayuca, a menos de 10 kilómetros de la carretera México–Pachuca, por considerarse uno de los más relevantes, con el fin de analizar cómo se configuró el territorio actual de la capital hidalguense.
El origen de esta hacienda se remonta a la época de la Nueva España, tras la conquista de México-Tenochtitlan en 1521. Fue entonces cuando la Corona española comenzó a otorgar las llamadas mercedes reales, es decir, concesiones de tierra a particulares, con el propósito de que fueran aprovechadas para la agricultura y la ganadería. A partir de ahí comienza a formarse esta forma de organización del territorio.
Posteriormente, en 1576 llegó a la Nueva España la Compañía de Jesús, una de las órdenes mendicantes más importantes, caracterizadas por vivir en austeridad y depender de donaciones para sostener su labor.
Aunque para ese momento ya se habían establecido otras órdenes relevantes en la región, como los agustinos, los dominicos y los franciscanos; los jesuitas se distinguieron por algo particular: su notable habilidad como administradores y gestores económicos.
A través de sus redes de relaciones sociales, los jesuitas comenzaron a adquirir tierras, no para el enriquecimiento personal, sino usar esos recursos para sostener económicamente sus colegios, espacios educativos, ubicados principalmente en la Ciudad de México y en regiones cercanas como Puebla, donde iban a estudiar los hijos de esas élites novohispanas.
Si bien la Corona española tenía prohibido a las órdenes religiosas adquirir tierras, la Compañía de Jesús aprovechó sus redes y relaciones de poder para obtener propiedades. De forma discreta y, en algunos casos, poco transparente, los jesuitas siguieron el consejo del comerciante Alonso de Villaseca, uno de los más acaudalados de la época, e invirtieron los donativos no solo en tierras, sino también en la compra de haciendas en construcción.
Para 1606, adquirieron la Hacienda de San Javier de la Matanza. A partir de ese momento, comenzaron a articular una red entre esta y sus otras haciendas con el fin de coordinar la producción de diversos bienes, especialmente carne, destinada a abastecer tanto a los reales de minas cercanas como a las pequeñas ciudades en formación. Pues, aunque inicialmente funcionó como una hacienda de cultivo de cereal, con el tiempo se transformó en una gran hacienda agroganadera.
El crecimiento de la Compañía de Jesús generó inquietud entre los monarcas europeos, porque su presencia en diversos territorios y la reproducción de modelos administrativos y productivos hicieron pensar que poseían una estructura casi autónoma dentro del imperio que rebasaba la autoridad real en donde dentro del Estado existía otro Estado.
Para 1767, Carlos III responsabilizó a los jesuitas de conflictos como el Motín de Esquilache y decretó su expulsión de los dominios españoles. La decisión provocó inconformidad porque gozaban de reconocimiento por su labor educativa y religiosa; no obstante, su expulsión generó protestas que en ocasiones fueron reprimidas, ya que muchos fueron detenidos y trasladados a Veracruz para partir a Europa, sin posibilidad de retorno.
Investigación histórica fortalece turismo y reconstrucción social local
Aunque el estudio aún no está terminado, el alumno Garza explicó que este tipo de investigaciones permiten fortalecer otras actividades. En primer lugar, será posible compartir el material encontrado en el AGN, el cual aún no está disponible para su consulta digital; en segundo lugar, se fortalecerá la actividad turística, ya que durante los recorridos por los sitios históricos se podrá brindar información precisa y verificada.
Además, estas investigaciones permiten reconstruir árboles genealógicos, al identificar a quién pertenecieron determinados bienes o personas, así como los momentos en que ocurrieron sus cambios de propiedad, pero también se facilita el rastreo de conflictos por tierras y su evolución a lo largo del tiempo, pues a menudo se piensa que estos conflictos son recientes y que surgieron hace apenas unas décadas; sin embargo, las fuentes documentales muestran que muchas de estas disputas tienen raíces que se remontan a siglos atrás.