
“Sucedió cerca de la avenida Salah al-Din, la principal carretera de Gaza. Un pelotón, usando un dron, detectó figuras sospechosas. Se le ordenó a mi unidad disparar. Yo comencé a disparar como un loco, como te enseñan en los ejercicios de pelotón durante el entrenamiento básico. Después, cuando llegamos al lugar, me di cuenta de que no eran terroristas. Era un anciano y tres muchachos, quizás adolescentes. Ninguno estaba armado. Pero sus cuerpos estaban acribillados a balazos; sus órganos se les salían. Nunca había visto algo así tan de cerca… Recuerdo que hubo silencio; nadie dijo una palabra. Entonces el comandante del batallón se acercó con su gente y uno escupió sobre los cuerpos y gritó: ‘Esto es lo que le pasa a cualquiera que se meta con Israel, hijos de puta’. Estaba en shock, pero me quedé callado porque soy un perdedor, un cobarde sin agallas" (Haaretz, 17/04/26).
El narrador, identificado bajo el pseudónimo de Yuval, fue desmovilizado tres meses después del incidente: “me hicieron una fiesta cuando me dieron de alta, me aplaudieron y me llamaron héroe, pero yo sentía que era un monstruo”. Su caso se enmarca en la movilización de cerca de 500 mil individuos que Israel ha desplegado en los tres frentes de guerra ininterrumpida que Israel ha mantenido desde octubre de 2023 en Gaza, Líbano y Siria.
Si bien la tasa de mortalidad ha sido reducida por el perfeccionamiento de los servicios de evacuación y atención médica inmediata, esos conflictos han dejado miles de heridos. Aunque parte de estos efectivos arrastrarán discapacidades derivadas de la pérdida de extremidades o de traumas sensoriales como la ceguera y la sordera. Asimismo, el impacto psicológico es severo, registrándose un alto índice de diagnósticos de trastorno de estrés postraumático (TEPT).
El suicidio de un exmilitar israelí de viaje en Miami reabrió el debate sobre las secuelas mentales de la guerra y la respuesta del Estado ante esta problemática. Las autoridades militares estiman que el 50% de los reservistas sufre de TEPT y de una derivación que han comenzado a denominar “lesión moral”. Esta distinción es crucial: primero, por su impacto en el tratamiento clínico del paciente; segundo, por sus profundas ramificaciones políticas. El daño moral, según explica Yossi Levi-Belz, director del Centro Lior Tsfaty para el Estudio del Suicidio y el Dolor Mental de la Universidad de Haifa, “se produce por la exposición a incidentes que violan los valores morales básicos —propios o ajenos—, lo que detona culpa, alienación, pérdida de fe y una ruptura profunda de la identidad, el sentido de la vida y la humanidad». La exposición constante a la devastación masiva y el presenciar actos que vulneran principios universales —como la muerte de menores o la tortura— resquebrajan el sistema ético del individuo, hundiéndolo en un colapso psicosocial.
Este escenario ha provocado que, a lo largo de estos tres años de guerra, más de 70 militares se han suicidado y cerca de 10 mil se encuentren bajo tratamiento por TEPT severo. Detrás de estas cifras se esconde una oscura realidad: los reservistas israelíes están siendo impulsados a cometer crímenes de guerra, lo que a la larga genera un profundo costo moral y social que viven personalmente. Así lo confirman cientos de testimonios de combatientes que han decidido relatar sus experiencias, ya sea en diarios o en proyectos de investigación académica como el del profesor Yagil Levy de la Universidad de Tel Aviv, quien ha analizado los mecanismos mediante los cuales el ejército justifica las atrocidades cometidas en el frente.
En su artículo “Dehumanization of Disregard: The Case of Gaza” (2025), Levy propone que en la base de tales actitudes se encuentra lo que denomina «la deshumanización de la indiferencia», la cual define la postura de Israel hacia los habitantes de la Franja. Basándose en el concepto de Judith Butler de una «muerte indigna de ser llorada», el autor sostiene que las actitudes israelíes hacia la población palestina reflejan una forma pasiva de deshumanización, caracterizada por el desdén y el abandono. Esta dinámica se fue arraigando en las políticas públicas dirigidas a los palestinos, especialmente en Gaza. Cita, por ejemplo, el plan multianual Tnufa (Impulso) —lanzado en 2020 por el entonces jefe del Estado Mayor de las FDI, el mayor general Aviv Kochavi—, donde se catalogó a Hamás por primera vez como un «ejército terrorista», una clasificación que ignora deliberadamente su naturaleza real como una entidad política cuasiestatal y un régimen de gobierno de facto.
Al deshumanizar a los palestinos en Gaza, también se les privó de su condición de actores políticos. Bajo esta lógica, el Estado israelí asumió que, mientras se permitiera el flujo de recursos hacia las cúpulas de Hamás, la organización se abstendría de lanzar una ofensiva mayor, ignorando el impacto del bloqueo sistemático impuesto a la Franja de Gaza desde 2007. Este proceso de deshumanización pasiva, arraigado durante años en la opinión pública y las instituciones israelíes, explica en parte por qué los militares no cuestionan las órdenes recibidas en el frente. En los testimonios que hemos analizado en el Seminario Universitario de las Culturas de Medio Oriente de la UNAM, la mayoría de los reservistas coincide en que, inicialmente, percibían el conflicto como una «guerra justa»; una convicción que se fracturó para muchos al presenciar o participar en actos de violencia atroz.
No obstante, esta ruptura ética no es universal; una parte considerable de los reservistas se ha sumergido en una dinámica de violencia normalizada, convirtiendo la guerra en una suerte de venganza contra un enemigo percibido como subhumano. El testimonio de un combatiente movilizado en el Líbano ilustra con crudeza esta postura: «El peor momento fue cuando nos llamaron para ayudar a evacuar a 5 reservistas asesinados. La muerte se respiraba en el ambiente: restos humanos, sangre, órganos expuestos. Después de que terminó, sentí que algo dentro de mí había cambiado. Me trastornó. Entré en una casa libanesa y lo destrocé todo. Aun así, decidí regresar al frente, quizás porque es ahí donde me siento normal; con las sirenas, con las explosiones» (Haaretz,21/05/26).
Aunado a este ciclo de deshumanización, el ejército israelí ha experimentado una profunda transformación estructural desde hace por lo menos una década. En paralelo a la consolidación de la derecha en el poder político, un fenómeno homólogo ha reconfigurado las fuerzas armadas: los altos mandos están hoy dominados por sectores ultranacionalistas religiosos que perciben la coyuntura actual como la oportunidad histórica para imponer el proyecto del «Gran Israel», ampliando su territorio mediante la incursión en regiones de Siria, Líbano y Egipto.
El testimonio de otro reservista ilustra esta doctrina: «El comandante del batallón era el extremista acérrimo. Se negaba a volver a casa; la sonrisa nunca se le borraba del rostro. Decía: ‘Lo que fue, nunca volverá a ser. Lo que destruyamos jamás resurgirá’. Cuando alguien hablaba de regresar a Israel, él nos corregía: ‘Esto también es Israel’» (Haaretz, 21/05/26).
Cuando finalmente concluya el ciclo bélico impulsado por Netanyahu, uno de cada quince israelíes habrá participado en el frente. Según estimaciones de las propias fuerzas armadas, hasta el 50% de ellos presentará secuelas psicológicas. Este fenómeno es lo que diversos sociólogos de la región definen ya como un «trauma generacional»: un quiebre profundo en el tejido social cuyo impacto resonará durante las próximas décadas”.
Seminario Universitario de las Culturas del Medio Oriente*