
Tres comunidades rurales del Valle de Bravo, en el Estado de México, han transformado la incertidumbre territorial en canciones propias. Niñas, niños y jóvenes de escuelas de educación básica de La Huerta San Agustín, Mesa Rica y El Manzano crearon himnos comunitarios con el acompañamiento del Programa de Música de Fundación Valle La Paz.
El proyecto, llamado “Mi tierra, mi canción”, partió de la pregunta simple y poderosa “¿Cómo se canta en el lugar donde se vive?” La respuesta fue un proceso de escritura colectiva, discusiones sobre ritmos y géneros, así como el uso de inteligencia artificial como herramienta de escucha, no como sustituto de la creatividad. El resultado son tres composiciones que reflejan paisajes, cotidianidad y afectos, las cuales buscan fortalecer el sentido de pertenencia en una región marcada por la precariedad del agua y la movilidad poblacional. La experiencia muestra cómo la cultura comunitaria, cuando es protagonizada por las niñeces y juventudes, puede reescribir los relatos sobre un espacio en común sin perder su autenticidad.
La iniciativa tuvo su chispa, según relata Lavinia Negrete, música y gestora cultural responsable del programa, llegó durante un recreo en La Huerta San Agustín, cuando su comunidad estudiantil se preguntaba por el canto característico de su localidad. La curiosidad alentó la creatividad y decidieron hacer su propia canción.

El proyecto tuvo tal resonancia que, en Mesa Rica, otra comunidad aledaña, el grupo de secundaria tomó como punto de partida la estructura poética de “Mi tierra veracruzana” de Natalia Lafourcade, pero pronto encontraron su propio camino tras semanas de pulir rimas, discutir el gentilicio “mesarriquenses” y probar géneros que van del son jarocho al corrido tumbado, este último elegido por votación. En El Manzano, donde el zapateado es instinto, la banda fue el veredicto unánime para celebrar en sus versos la naturaleza y los gestos cotidianos que los hacen sentir en casa.
Lo novedoso, y no exento de reflexión, es el uso de la inteligencia artificial en el proceso. Lejos de sustituir la creación, las maquetas generadas por IA sirvieron como espejo sonoro. “Más que usar la tecnología para crear las canciones, la utilizamos para escucharlas. La creatividad, las palabras y las historias siempre fueron de las niñas y los niños”, subraya Negrete. Un uso ético y pedagógico que amplifica la imaginación sin robarle el alma al proceso.
Fundación Valle La Paz, con más de una década de trabajo en desarrollo integral comunitario centrado en estudiantes de escuelas de comunidades rurales, tiene en marcha este y otros proyectos a través de sus pilares de salud, nutrición, educación y música. Si te interesa conocer acerca de su labor y unirte a su comunidad de donantes, puedes visitar su sitio web: fundacionvallelapaz.org