
En el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia 2025, el artista visual y cineasta Rodrigo Ímaz presenta su ópera prima documental, Àvia, el jardín de la memoria, una obra íntima que rinde homenaje a su abuela, Montserrat Gispert Cruells, pionera en la etnobotánica, defensora de las causas sociales y feminista adelantada a su tiempo.
La película, que forma parte de la Competencia Oficial del FICM, reconstruye la memoria familiar y colectiva desde el exilio republicano español hasta los últimos días de Montserrat, entre la lucidez, el deterioro y la ternura. Ímaz se adentra en una historia profundamente personal, pero de resonancia universal: una reflexión sobre la vida, la muerte, el arraigo y la dignidad.
“En un principio —recuerda Ímaz— la idea era simplemente capturar el testimonio de Montserrat. Era la última que podía contar esa historia de viva voz, la última de los moicanos. Quería dejar registro de lo que vivió y, al mismo tiempo, entender de dónde venía mi familia”.
Con el tiempo, aquel registro familiar se transformó en un documental. “La historia comenzó a cobrar fuerza —explica—. Empecé a encontrar ingredientes universales, transferibles. Lo que nació como un proyecto doméstico se convirtió en una película sobre la memoria y la identidad”.

Entre el exilio y la despedida
Àvia aborda dos exilios: el de la Guerra Civil española y el de la vida misma. “La película inicia con el intento de explicar qué pasó con el exilio republicano que trajo a mi familia a México”, detalla Ímaz, “pero luego se convierte en otra cosa: un relato sobre el exilio final, el tránsito hacia la muerte”.
El cineasta reconoce que la segunda parte fue emocionalmente devastadora. “El documental me alcanzó”, confiesa. “Pasó de ser la historia de mi abuela a ser la historia de su circunstancia, de su vejez, de su dolor. Cuando uno hace un documental sobre un tema ajeno puede mantener distancia, pero cuando el tema te pertenece, todo te afecta. Pierdes la distancia crítica”.
Uno de los ejes de Àvia es la reivindicación de las mujeres en las genealogías familiares. “Para mí —dice Ímaz— era fundamental rescatar el linaje materno. El machismo y el patriarcado han impedido que las matriarcas reciban el crédito que merecen, cuando son ellas las que salvan el nido, las que cuidan, las que sostienen. Este documental habla de ellas, de mi abuela y también de mi bisabuela”.
La película se convierte así en un homenaje a las mujeres que han sabido resistir y reconstruir. “Àvia significa abuela en catalán, y de eso se trata: de reconocer la fuerza de quienes nos antecedieron y de entender que su legado nos atraviesa hasta hoy”, señala el director.
La poesía de la memoria
En la cinta, Ímaz combina un tono poético con imágenes naturales que dialogan con la memoria de Montserrat. “En algún momento escribimos juntos una especie de poema libre”, recuerda. “Le preguntaba: ‘¿Qué eres?’ y ella respondía. De ahí surgieron frases como ‘Soy la batalla perdida de mi padre’ o ‘Soy la respiración del mundo’. Quise que esa poesía habitara su recuerdo y la naturaleza”.
El realizador explica que decidió contraponer la intimidad del departamento donde vivía su abuela con el paisaje natural. “Me preocupaba hacer una película aburrida sobre una señora encerrada. Por eso busqué trasladar su memoria a los jardines, a los árboles, al espacio biológico que ella tanto defendió. Montserrat fue etnobotánica, y la naturaleza era su casa”.
La realización del documental implicó un proceso emocionalmente intenso. “Cuando mi abuela murió dejé de filmar”, confiesa Ímaz. “No podía abrir el material, me hacía mucho daño. Pasó más de un año antes de que pudiera volver a verlo”.
Gracias a un equipo de edición sensible —Ricardo Pueri y Rocío Enrigue—, el proyecto volvió a tomar forma. “Los visionados eran una tortura. Lloraba todo el tiempo y les decía: ‘No sirvo de nada como director’. Cuando uno está muy cerca de algo, deja de verlo. Es como pintar un paisaje desde adentro: estás inmerso en él”.

La muerte como parte de la vida
Àvia es también una meditación sobre la muerte y la dignidad. “Me interesa que el documental abone a conversaciones sobre nuestras raíces, la migración, pero también sobre el derecho a morir con dignidad”, afirma. “Mi abuela decía: ‘He tenido una vida muy digna y ya me quiero ir’. Creo que alargar la vida artificialmente puede ser tan doloroso como negarse a vivirla plenamente. La muerte también es parte de la vida”.
Hoy, al ver la película en la pantalla, el cineasta la experimenta de otra forma. “Ahora me da gusto verla”, dice con una sonrisa. “Es como compartir un rato con ella, revivirla un poquito. Ya no me duele, me acompaña”.
Regreso a Morelia
Estrenar Àvia en el Festival Internacional de Cine de Morelia tiene un significado especial para Ímaz. “Este festival me vio nacer”, asegura. “Aquí presenté Juan Perros en 2016 y ganamos. Volver ahora con mi primer largometraje es cerrar un ciclo y abrir otro. Me siento honrado y muy agradecido”.
El director confiesa entre risas que su mayor aprendizaje es “no volver a hacer una película personal”. Luego se pone serio: “Lo que más atesoro es el testimonio que pude capturar. Que mi hijo, que nació un año después de la muerte de Montserrat, pueda conocerla algún día a través de este documental. Ese es el verdadero legado: la memoria de la persona, no del personaje”.
Sobre el corazón emocional de la película, Ímaz reflexiona: “Hay un momento muy difícil relacionado con la muerte de su hijo. No quería decirlo, sino sugerirlo. El arte que me interesa no sobreexplica: si ya lo mostraste, no lo digas. Quería protegerla, no hacerle daño, pero tampoco ocultar la verdad. Era un equilibrio delicado”.
Los sabios del tiempo
Antes de despedirse, el cineasta envía un mensaje al público joven: “Los viejos son los depositarios de las experiencias, los verdaderos sabios. A veces los vemos como inútiles, pero en realidad tienen un sentido común muy alto. Hay que reivindicar su lugar, porque de ellos aprendemos a ver la vida desde otra perspectiva”.
En cuanto a sus próximos proyectos, Ímaz adelanta que planea volver al taller. “Soy artista visual, pintor y grabador. Tengo varias exposiciones y un catálogo por presentar. Quizá más adelante retome un guion sobre la Revolución Mexicana, pero por ahora quiero seguir creando desde el arte plástico”.
Àvia, el jardín de la memoria no es solo una película: es una carta de amor, una despedida y un acto de reencuentro. Una película que, como la vida misma, florece en el jardín de la memoria.