
Hay objetos que nacen con un destino marcado. El metal frío, el peso en la mano, el gatillo listo. Objetos diseñados para intimidar, herir o matar. Sin embargo, en una casona de la colonia Juárez, en la Ciudad de México, esos mismos fragmentos de acero hoy producen algo inesperado: vibran, resuenan, cantan. Ya no disparan. Ahora hacen música.
El sonido sorprende antes de que uno entienda de dónde viene. Un golpeteo seco, como percusión industrial. Después, una cuerda eléctrica. Luego un soplido agudo que parece flauta. Nada de eso proviene de instrumentos tradicionales. Son restos de pistolas, rifles y ametralladoras que alguna vez circularon por calles marcadas por la violencia. Ahora forman parte de DISARM, el proyecto más emblemático del artista mexicano Pedro Reyes, que por primera vez se presenta completo en México y que inaugura el nuevo Centro de las Artes Inmersivas (CAI).
En el recorrido en se aprecia cómo las piezas se activan por momentos. No habla de redención ni de metáforas grandilocuentes. Habla de transformación, casi como un artesano. “Trabajar con algo como las pistolas, que tienen un efecto tan negativo en nuestras vidas, me hizo preguntarme cómo podía revertir ese efecto”, dice. “Y me interesaba que la transformación no solo fuera física, sino también psicológica y social”.

Esa idea —la de cambiar el significado de las cosas desde la raíz— es la que sostiene lo que él llama “escultura social”. No se trata de producir objetos para ser contemplados, sino de intervenir en la realidad con ayuda de otras personas: empresas, músicos, técnicos, comunidades. “Una escultura social es una escultura donde el artista no trabaja solo”, explica. “Se construye con distintos agentes de la sociedad”.
De armas a árboles: el origen de la “escultura social”
El origen del proyecto se remonta a 2007, en Culiacán. En ese momento, Reyes lanzó una campaña de donación voluntaria de armas bajo un nombre directo y provocador: Palas por pistolas. La dinámica era sencilla. La gente entregaba un arma y recibía a cambio una tarjeta de regalo. La respuesta superó las expectativas: 1,527 armas recolectadas. Todas se fundieron. Todas se transformaron en 1,527 palas. Con ellas se plantaron 1,527 árboles. De la destrucción nació algo vivo.
Pero el artista quería ir más lejos. Años después replicó la experiencia en Ciudad Juárez, uno de los epicentros de la violencia armada en el país. Allí reunieron alrededor de 7 mil armas. Esta vez no quiso fundirlas. Quería que siguieran siendo reconocibles, que el espectador pudiera ver el arma y, al mismo tiempo, comprobar que ya no era lo que fue. “Me interesaba que se viera el arma convertida en otra cosa”, recuerda. “Empezamos a experimentar con el metal, a rascar, soplar, golpear… casi como cavernícolas, para ver qué sonido salía”.
Así nacieron guitarras hechas con rifles, flautas construidas con cañones, percusiones armadas con cargadores, artefactos sonoros que parecen salidos de un taller mecánico más que de una escuela de música. Los instrumentos no se quedan en exhibición: se tocan. Han viajado por más de quince ciudades del mundo y en cada lugar músicos locales los activan en conciertos que funcionan como rituales colectivos.

El sonido como experiencia corporal
Para Reyes, el gesto tiene algo de alquimia. “Es el mismo metal, pero con la polaridad invertida”, dice. “Antes estaba diseñado para destruir. Ahora para crear”. La frase no suena ingenua. Más bien es una provocación: si el material es el mismo, entonces el problema nunca fue el objeto, sino el significado que le otorgamos.
La carga simbólica de las armas atraviesa toda la conversación. Reyes habla de poder, de miedo, de inseguridades convertidas en violencia. “Muchas veces alguien compra una pistola para sentirse respetado”, reflexiona. “Hay algo psicológico, una especie de masculinidad tóxica detrás de eso”. Transformar esas piezas en instrumentos, sugiere, también es una forma de desactivar ese imaginario.
El montaje en el CAI refuerza esa lectura. No es una exposición tradicional de muros blancos y silencio reverencial. Aquí la experiencia es corporal. Las luces cambian, algunas piezas se encienden solas, otras se activan en distintos momentos del día. El visitante no solo observa: camina entre los sonidos, los siente vibrar en el pecho. El espacio funciona más como un escenario que como una galería. “Me gustó mucho la invitación porque no es el museo típico”, comenta el artista. “Aquí el tiempo y el sonido también construyen la obra”.
Entre las piezas más incisivas está Return to Sender, una serie de cajas de música elaboradas con rifles de fabricantes específicos. Cada una reproduce melodías asociadas al país de origen de la marca: Vivaldi para Beretta, Mozart para Glock. El gesto es irónico, pero también político. “La violencia empieza en la fábrica”, dice. “Se criminaliza al usuario, pero casi nunca se señala a los fabricantes”. Nombrarlos, incorporarlos a la obra, es obligarlos a aparecer en la conversación pública.
¿Puede el arte cambiar algo?
Después de casi dos décadas trabajando con este proyecto, la pregunta es inevitable: ¿puede el arte cambiar algo? Reyes no vende soluciones mágicas. “Un artista solo puede hacer muy poco”, admite. “Pero cuando colaboras con organizaciones que ya tienen una misión, el impacto crece muchísimo”. Cita su iniciativa Artists Against the Bomb, una red internacional de creadores contra las armas nucleares, que funciona como una reacción en cadena: cada artista invita a otro, multiplicando el mensaje.
En tiempos donde el cinismo parece la postura más fácil, él prefiere otra actitud. “Este proyecto nació desde un optimismo radical”, dice. “Y creo que necesitamos mantener esa posibilidad abierta. No tirar la toalla”. Mientras habla, a unos metros una guitarra hecha con un rifle vuelve a sonar. La nota se estira en el aire. Cuesta no pensar que, al menos por un instante, el metal ha olvidado para qué fue creado.
DISARM puede visitarse en el Centro de las Artes Inmersivas, en General Prim 90, colonia Juárez, del 28 de enero al 15 de febrero, de 12:00 a 20:00 horas.