
La memoria urbana, tanto colectiva como individual, se anida en la memoria de nuestros ancestros, de las civilizaciones anteriores, de las construcciones, de los documentos, de los libros, de las obras artísticas, en muchas ocasiones depositadas en los museos, en las bibliotecas, en los archivos y en las casas de quienes se nos antecedieron o en edificios públicos y en los espacios abiertos y “todo esto forma parte de un gran escenario para distintas disciplinas artísticas”.
Durante la primera sesión del ciclo La ciudad como escenario, bajo el título de “La memoria”, celebrada de manera presencial en el Aula Mayor de El Colegio Nacional, el arquitecto Felipe Leal definió a la ciudad como un escenario multidimensional, donde “los muros de la urbe son los libros abiertos de la memoria de las civilizaciones, así como los soportes de las obras y de los protagonistas de los movimientos que protagonizaron las ciudades: la ciudad es un libro abierto”.
“La vida en la ciudad es un eterno espectáculo que solicita todos los sentidos y que no podrá celebrarse sin la intervención de los individuos que la habitan o visitan. Todos nosotros somos los actores, actores urbanos y, de alguna u otra forma, a diario estamos en la actuación de este gran escenario: fuente de inspiración, lienzo, escenario, lugar de encuentros de batallas o de unión, por la ciudad cruzamos los individuos que la constituimos tanto a nivel arquitectónico como social y cultural”.
De acuerdo con el integrante de El Colegio Nacional, las y los arquitectos son artistas que diseñan las ciudades y las transforman para intentar responder a las necesidades de todos; el deseo de actuar en la ciudad responde a la necesidad de acercarse a los espacios cotidianos para proponer ideas o productos, visibilizando a la urbe para generar cambios sensibles y compartir una experiencia colectiva y festiva con el fin de modificar las miradas sobre los lugares y cuestionar las relaciones con los espacios que forman parte del patrimonio común, “que nos pertenecen a todos”.
“Siempre buscamos, en ese sentido, provocar nuevas experiencias estéticas, nuevas formas de relación con la propia ciudad”: al final, las ciudades nacen, crecen, algunas mueren, “otras se transforman como los seres vivos que son, no hay una ciudad que haya permanecido intacta desde sus orígenes”.
En la superficie o soterradas permanecen las trazas de su pasado; desde sus orígenes, las ciudades se manifiestan como entes vivos, al igual que nosotros poseen diversas personalidades, no existen dos iguales, respiran y sueñan ser mejores todas, enfatizó el colegiado, quien aseguró que, por ello, las ciudades suelen deslumbrar a los viajeros, “a santos y pecadores, asesinos y a los bárbaros que soñaban con sus murallas”.
“En el Delta del Nilo, en los Andes centrales o en el Anáhuac mesoamericano, las ciudades florecieron en geografías variopintas de todo tipo; han desafiado desiertos, alturas, climas adversos y todo esto perduró en la memoria de las ciudades descritas por conquistadores, viajeros o cronistas, desde Marco Polo hasta Bernal Díaz del Castillo, por nombrar a algunos, evitando que muera la memoria de las ciudades, para que no se desperdiguen en múltiples y fragmentados espacios”.
De esa manera, cuando hablamos de la relación ciudad-sociedad, tendemos a pensar en la ciudad como un reflejo de lo que hemos construido como sociedad a lo largo de la historia, aun cuando las ciudades se transforman a una gran velocidad, a medida que se expanden y rebasan su capacidad de orden y relación, y es justamente ahí cuando se tiene el reto de mantener la memoria.
“La Ciudad de México y muchas de las ciudades mexicanas sufren esto: un crecimiento explosivo durante las últimas décadas y hay este afán como de conservar esa memoria, de retener eso, que no se vayan a perder esos orígenes o ese pasado. La relación de cómo vivimos, identidad de espacio urbano, relatos, testimonios, anécdotas es una respuesta de la memoria de la ciudad, que puede ser una memoria colectiva, la cual corresponde a las maneras en que se vive la vida social, y también una memoria particular y cómo se marcan lugares urbanos que han sobrevivido a la organización de espacios en las ciudades”.
En algunos casos, la memoria de acontecimientos históricos marca generaciones completas, por lo que es importante que los espacios de la comunidad se conviertan en espacios vivos y se promueva la recuperación del patrimonio cultural y edificaciones, que no se ceda al abandono, resaltó Felipe Leal.
Los cronistas, creadores de memoria
El arquitecto Axel Arañó, uno de los participantes de la sesión junto a Ángeles González Gamio y Jorge Pedro Uribe, comenzó su disertación hablando de uno de los escenarios más antiguos del mundo —incluso, lleva ya tres nombres a lo largo de su historia—: Bizancio, Constantinopla y Estambul, “una ciudad con una memoria muy profunda”.
“Antes de adentrarse en algunos aspectos de la ciudad como escenario de la memoria, reconoció que a partir de este tema se pueden hablar de otros asuntos que serán abordados durante el ciclo, como la convivencia en el intercambio de bienes y productos, “pues en esa ciudad está este fantástico bazar que ha ido creciendo a lo largo del tiempo y está el fabuloso mercado de las especies, como espacios muy significativos de esa convivencia y del intercambio de bienes y que se han transformado a lo largo del tiempo”.
Así, por ejemplo, en la entrada del mercado de las especies hay un Burger King, aunque no alcancen a ver ahí los títulos, nadie se ha azotado en la plaza de Estambul, es muy respetuoso con la tipografía que marca la ley: no pudieron poner un estandarte al amarillo que diga Burger King, pero existe esta mezcla profunda de culturas que, incluso en el bazar de las especies, uno no se imaginaría que hay un Burger King, pero lo hay y hay gente que consume ahí”.
Estambul, además, cuenta con uno de los aeropuertos con más tráfico en el mundo, lo cual hace ver también cómo estas ciudades han sido un escenario muy intensivo de la movilidad, aunque también de la inequidad, y la segregación, como lo ejemplifica el Palacio de Topkaki, donde había espacios exclusivos para los visires, para el harem, para los eunucos, para las concubinas y a donde nadie más podía entrar, “en sí todo es una segregación, creo que como en pocos lugares del mundo, del género y de la inequidad, de los derechos entre unos y otros, no sólo hombres y mujeres, sino incluso dos tipos de eunucos: unos a los que les habían retirado una parte y otros que les habían retirado todo”.
En su oportunidad, Pedro Uribe dijo que, a su parecer habría un gran error si pensamos que la crónica no es ficción o que toda literatura tiene que ser ficción; es mucho más probable que distintos relatos envejezcan mejor que cualquier libro de historia, por más excelente que sea.
Por su parte, la historiadora Ángeles González Gamio rememoró cuando el arquitecto Leal la invitó a participar en la mesa y le comentó que se trataba de hablar de la memoria y lo primero que llegó a su mente fue: “¿cuál memoria?” Son memorias las que tiene una ciudad como la nuestra.
“Porque es una ciudad de ciudades. Se dice mucho eso, pero realmente se reflexiona poco y, de verdad, es una ciudad de ciudades”. Tan es así, que la cronista se refirió a una de las primeras ciudades que hubo en la Cuenca del Valle de México: Culhuacán, la cual se fundó en el siglo VII, casi siete siglos antes que Tenochtitlan”.
En la Cuenca había una gran riqueza, sobre todo en los lagos, con peces, ranas, ajolotes, pero también de aves, lo que todavía podemos ver en zonas como Xochimilco o Tláhuac. “Es decir, había una dieta riquísima, lo cual atrajo a muchos grupos nómadas a lo largo de los siglos, hasta que en el siglo VII llegaron a establecerse los colhuas, un grupo que hablaba náhuatl. Se decía que eran descendientes de los toltecas, la llamada cultura madre”.
“Tenochtitlan fue la última ciudad en fundarse, porque fue la última tribu en llegar, pasaron muchas peripecias para poder establecer en esos ‘islotitos’ del lago de Texcoco”, resaltó Ángeles González Gamio al participar en la mesa “La memoria”.