
“El último viaje”, de Beatriz Rivas, es una novela cómplice que narra la fabulosa odisea que es la vida cotidiana del ser humano con sus penumbras y alumbramientos, esa vida alimentada por la emoción de hacer y sentir, que cuando la pierdes, como dice la autora, “es porque ya estás preparado para morir”.
Por eso, no es extraño que algunos de los epígrafes de cada capítulo sean de canciones de los Beatles, porque “All you need is love”, es la que más le emociona del cuarteto, cuya música también es fuente de vida para los cuatro protagonistas de la novela: los esposos Gaspar y Antonia con sus hijos Nicolás y Roberta.
La trama de la historia es el último viaje en familia por los Estados Unidos, y lo será porque a Gaspar le diagnosticaron alzheimer y en poco tiempo dejará de ser él: un pizzero con gran memoria, el creador de un imperio comercial, el hombre que disfruta tanto de museos como un partido de futbol los domingos en la tarde por televisión…
Su esposa Antonia, una filósofa que escribe libros y cuyos textos no tienen ya la valoración deseada. Le siguen Nicolás, el hijo mayor que carga la culpa, según él, de haber dejado que un grupo de alumnos de su escuela violara a Hannah; y Roberta, montañista y a la que le diagnosticaron fibrosis pulmonar y está próxima a morir sino no recibe un trasplante.
La grandeza, por descubrir en la novela de Beatriz Rivas, es esa complicidad con el lector para encontrar los detalles en cada párrafo de esa odisea que es la vida cotidiana del ser humano. Esa donde algunas veces hacemos lo que no nos gusta, lo que debemos o lo que dicen que es políticamente correcto. Otras, hacemos lo que nos gusta, lo que queremos, lo que nos emociona…,
Tus protagonistas saben que ya no van a poder moverse, no podrán hacer las cosas que les emociona ni las que detestan.
Lo que da sentido a la vida es que te puedas mover, que puedas pensar, que puedas actuar libremente... Me parece fabulosa esta reflexión, que además te hace menos difícil la muerte.
El movimiento es evolución.
Si tomas esa evolución como crecimiento y la manera de seguir vivo, sí. Moverse hacia algún lado con un sentido, pero no necesariamente se trata de solo movimiento, pues hay gente que no se puede mover y, sin embargo, está más vivo que muchos de nosotros.
Porque, creo que lo más importante de llegar a edades mayores con lucidez mental, es seguir teniendo esperanzas y razones para estar vivo, tener planes que te emocionen, que te sigas sorprendiendo de lo que hay en el mundo. Creo que eso es estar vivo. Porque la gente que deja de emocionarse y sorprenderse, ya está preparada para morir.
Es como si dijera: “Ya acabé aquí de estar”. No es así, porque siempre hay planes. Por ejemplo, en la novela, Roberta quiere hacer una visita a su hija y le regresó la gloria cuando tuvo el trasplante de pulmón. Al que peor le va es Gaspar, por padecer alzheimer. Sabe que ya no va a poder hacer planes y pronto dejará de ser él. Ya no tendrá su memoria y el ser humano es su memoria. Aun así, su ilusión, con eso empieza la novela, es este último viaje.
En este punto, el viaje es la ventana para conocer el gusto de vivir, aunque pases grandes adversidades.
El gusto lo encontramos, en el caso de la novela, dentro de los lazos familiares y cariño. Son nuestra red de protección, y es más fácil soportar los quebrantos, las heridas, los fracasos, las culpas, los remordimientos cuando tienes gente a tu lado que te quiere, te apoya y está contigo e incluso te critica y cuestiona.
Y siento que esto es lo que está un poco en la novela. Son cuatro personajes que están de viaje y obligados a convivir de una manera cercana casi las veinticuatro horas del día, y se dan cuenta lo importantes que son los unos para los otros.
Entonces, eso permite a Nicolás confesar esa culpa que siente y ese secreto que trae cargando desde adolescente. Y, por otro lado, llega un momento en que Roberta dice también lo que trae escondido, ese secreto que la está deprimiendo.
Por esto, lo que nos salva al final es esta solidaridad, estos lazos que hacen sentirnos parte de algo, porque aguantar los golpes en soledad es más difícil.
De esto habla la novela, de los hechos cotidianos, de los días de personas comunes. Algunos conocidos me han dicho: “Es que yo podría ser cualquiera de esos personajes. Estoy pasando exactamente lo que vive Roberta, lo que vive Gaspar, mi mamá es igualita a Antonia”.
Entonces tienes razón, no es el viaje del héroe, sino el retrato de una familia con su vida de todos los días. En lo que hacen a diario, es ahí es donde está el secreto.
Pero esta odisea cotidiana tiene de humor sensacional y lo narras cuando Gaspar busca poner fin a su vida y dice “Y qué tal si como en esa película, donde la protagonista tiene Alzheimer, se me olvida tomarme el veneno y no me muero”.
Qué bueno que ves este humor, porque es lo que quería. No buscaba hacer un melodrama donde todos están cargando cosas duras. Pero además del humor, hay mucha ternura y gusto por lo que es la vida.
En este marco, además de las vicisitudes que viven los personajes, está el fin de la casa familiar, que es el fin de todo.
De la casa y la jacaranda, que son las raíces de esa familia.
¿Es la aceptación de que vivimos y morimos, lo importante es el camino que recorrimos?
El camino es lo que vale la pena. Qué bueno que sentiste eso y me encanta que lo refieras.
Y dentro de todo esto, la novela es divertida por todos lados.
No es una novela que te deje triste, es una historia tierna y finalmente, una novela optimista, realista de lo que la mayoría vivimos. Todos pasamos por problemas económicos, por enfermedades, o que ya no me puedo mover. Esto también es la vida y hay que verla, porque está en todas las familias.
¿Cómo imaginaste esta novela?
Básicamente es algo que paso el año pasado cuando cumplí sesenta años y antes decía de esa gente: “Ya están muy viejos”.
De pronto soy la que cumplo sesenta y no me siento vieja, al revés. Entonces dije: A ver, ¿cómo es eso de ir asimilando la vejez y los cambios, porque ya tengo la misma edad y se siente. Me lo dice el pinche espejo, cuando camino o las escaleras, ¡todo!
Al mismo tiempo fue ver a mis padres envejecer. Una etapa difícil, cuando miras al sostén de tu vida, a tus raíces, a los que te mantuvieron, a los que te dieron vida… que empiezan ir para abajo y no hay reversa. Entonces dices: ¡híjole! Ya estoy mucho más cerca del final.
¿La gran aventura es ese camino cotidiano, son esas cosas que hacemos día tras día?
Creo que sí y la novela lo plasma porque hasta incluso todo el dinero que tiene Gaspar, ni lo menciona, lo que le importa es ir a ver un cuadro a un museo, comer bien, estar con su familia, ver futbol por la tv los domingos, disfrutar una buena copa de vino o whisky.
Estos cuatro personajes gozan las cosas que podemos disfrutar cualquiera, esa es una gran aventura. Por eso, el chiste de la vida está en los placeres diarios: primero en abrir los ojos y darte cuenta que sigues viva o vivo, en desayunar algo rico, en disfrutar el trabajo, en salir de tu casa y decir: “Me encanta mi Ciudad de México con todos sus problemas”.
Con todo lo que se diga y se deteste, disfruto la ciudad, porque es el lugar donde estoy, en el que puedo llegar a un lugar y comer con los amigos, ver e ir a diferentes sitios o lo que se me antoje, o hasta la tontería de decir: Híjole, ya quiero llegar a mi casa porque estoy cansada, pero además quiero seguir viendo mi serie de televisión. Porque la vida, por otro lado, puede ser tan fácil como tirarte en un sillón, descansar y ver tu serie para que se te olviden todos tus problemas.