Cultura

Cuento

Este dolor sí es mío

Sofía acerca su nariz enrojecida por el llanto a la lista de precios en el pequeño local. Se trata de un cartel sencillo con los números y las letras trazados por un marcador negro permanente. Le cuesta leer con los ojos así, tan llenos de agua —de tristeza— que no termina de escurrir. Se talla con la mano sin llegar a ser violenta porque se repite a sí misma, todo el tiempo, que no puede soportar otra herida, por más pequeña que esta pueda llegar a ser.

En silencio repite las palabras en su mente:

Ruptura de relación menor a un año - $1,000

Ruptura de relación de entre 2 a 5 años - $5,000

Divorcio - $10,000 (a negociar)

Pérdida del “amor de su vida” - $50,000 (12 meses sin intereses)

Sofía suspira, sus dedos tamborilean en la última opción. Saca la cartera y se acerca a la chica del mostrador. Una joven de no más de treinta años que descansa con los pies arriba y el rostro clavado en la pantalla de su celular. Sofía carraspea para que le preste atención, la joven la mira y enseguida corrige su postura.

—¡Buenas! ¿Ya sabe qué paquete va a llevar?

Sofía asiente, mira con cierto nerviosismo a su alrededor.

—Eh, sí, nada más no entiendo… —baja la voz, sus palabras son escasas, lentas, pesadas, y el tono le ha ido cambiando desde el suceso—. No entiendo muy bien cómo funciona. ¿Lo hacemos aquí o…?

La otra se ríe, muestra los dientes y sus ojos brillan. Sofía se pregunta cómo es que alguien así, que parece tan alegre, tan viva, es capaz de intercambiar su corazón para alquilar un dolor ajeno hasta que sane. Le recorre el rostro joven y la imagina llorando en su cuarto, soportando una tristeza que ni siquiera comprende. Se apena. Le duele el pecho y piensa en marcharse, en ser valiente, y en seguir tolerando la ausencia de Ignacio, pero después recuerda sus últimas madrugadas y tiene que hacer un esfuerzo sobrehumano para sorberse la desgracia por la nariz y apenas dejar escapar un quejido.

—No, lo hacemos donde tú me digas, regularmente las clientas eligen que sea en su casa. Ya sabes, ahí es más privado.

—Ya, ¿y tienes alguna garantía?

La joven sonríe, confiada.

—Tengo varias reseñas en internet, usted confíe. Nada más le digo, debe cuidar mi corazón una vez que lo intercambiemos. Si me lo regresa con daños, le cobro el doble. ¿Estamos?

Sofía vuelve a asentir. Pone la tarjeta sobre el mostrador.

—Quiero el último paquete.

—Muy bien, ¿se lo dejo a meses?

Sofía niega con la cabeza.

—De contado.

Tiene el dinero para costearlo, pero lo que verdaderamente la motiva a pagarlo de contado es el deshacerse de la situación en una sola exhibición, sin necesidad de volver a las memorias de las que quiere escapar cada vez que deba abonar a este intercambio de corazón al que, en un principio, se negaba a asistir, pero ahora que siente que le va a explotar el amor deshilachado en el pecho, asegura que podría pagar el triple de lo que cobra.

La chica carraspea para ocultar su sorpresa. Le pasa la terminal. Sofía siente que, en ese momento, ha dado un paso hacia la recuperación, aunque en el fondo considera que está haciendo trampa. Aprieta los ojos. En la pantalla se lee “Aprobado”

—Anota mi número para que me mandes tu dirección. Soy Daniela.

D-a-n-i-e-l-a. Sofía se ha puesto a jugar con el nombre de la mujer que está por regresarle las noches en las que el único rumor que se escucha es el del viento y los grillos, y no el de un llanto sosegado que se vierte como hemorragia interna y externa. Daniela. El paladar de Sofía lo saborea y sonríe. Siente, de manera inusitada, que la quiere. Desea abrazarla, besarle las mejillas, y prometerle que, una vez que su corazón haya sanado, le destinará un porcentaje de amor solo a ella.

Daniela timbra, Sofía se apresura a abrir. No la abraza ni la besa, en su lugar le obsequia la primera sonrisa que ha sido capaz de plasmar en su semblante desde hace seis meses. Daniela le devuelve el gesto. Lleva una maleta de cuero. Entra y se acomodan en la sala. La joven desliza la mirada por las repisas y repara en las fotografías de Sofía e Ignacio. Se acerca y analiza la foto de bodas.

Sofía suspira. No dice nada.

—Siempre es más difícil cuando ya hubo una boda —suelta Daniela, casi resignada— Pero no te preocupes, verás que te regreso tu corazón contentísimo. Ya no sentirás este dolor.

Sofía se acerca e inspecciona los utensilios que Daniela ha comenzado a sacar de la maleta. Se trata de un par de parches rojizos, cada uno marcado con el nombre de la otra. También hay un bisturí pequeño. Sofía palidece. No le gusta la sangre.

Daniela le explica la dinámica. Es sencilla. Corta un poco a la altura del corazón y la sangre impregna el parche de Sofía, mismo que descansará sobre la piel de la dueña del nombre, después, Daniela le da su parche, con el que ya habrán hecho el mismo procedimiento.

—¿Y eso es todo?

A Sofía le cuesta creer que su pena se vaya de una manera tan sencilla. Daniela asiente. Se ponen manos a la obra. Una vez que el parche de Sofía está lleno de sangre, Daniela lo toma y se lo intercambia por el suyo, también manchado de sangre.

Sofía se pone el de Daniela y Daniela el de Sofía. Las dos cambian. Sofía se siente ligera, libre, alegre. Por primera vez su cuerpo no le pesa y el corazón descansa, tranquilo, mientras que Daniela se marchita. La joven suspira.

Sofía la abraza con fuerza. Ya no es capaz de sentir el dolor por la ausencia de Ignacio, pero puede recordar lo que era, y sabe que Daniela la está pasando mal. Esta, cansada, le devuelve un abrazo con llanto.

—Me voy… Debo estar de regreso en tres meses.

—¿Estarás bien? —pregunta Sofía.

Daniela asiente.

—Cuida mi corazón, por favor. No lo rompas. Volveré por él.

Daniela, antes de irse, vuelve sobre sus pasos.

—¿Cuál es el nombre de él?

Sofía, quien antes habría sido incapaz de pronunciarlo, lo suelta con una sonrisa.

—Ignacio.

Daniela se deja caer en el sillón de su mejor amiga y roomie, Beatriz, quien la observa desde el umbral de su habitación mientras sostiene una cerveza. La analiza en silencio, cambia el peso de su pierna a la otra y se cruza de brazos.

—Lo volviste a hacer, ¿verdad, estúpida? —pregunta con desazón.

Daniela se coloca un cojín en la cara, oculta su llanto pero las lágrimas se le resbalan por los costados de las mejillas y Beatriz alcanza a discernir el rumor quedo de su dolor.

—¡No inventes, Daniela! Quedamos que ya ibas a dejar ese trabajo.

—Es un emprendimiento —suelta Daniela a la defensiva.

Quiere ponerse de pie pero el dolor es aplastante, asfixiante. “¿Qué tenía ese hombre que duele tanto?” Piensa y la pregunta le rebota en la cabeza.

—Te vas a morir de tristeza, mensa. Neta no entiendes —Beatriz se acerca, se acurruca en el sillón junto a Daniela, y le pasa los dedos entre el cabello con suavidad.— Mírame a mí, tengo el corazón roto y me hago responsable. Esas clientas que tienes son de lo peor.

Daniela se quita el cojín. La mira fijamente a los ojos. Sus miradas se entrelazan. Ambas lloran. Daniela odia el amor, procura no enamorarse desde la primera vez que le rompieron el corazón, en su lugar buscar lucrar con el dolor ajeno, mientras que Beatriz ama desmedidamente y tiene un problema personal con la gente que considera “tibia” incapaces de destrozarse por dentro amando al otro.

—No seas hipócrita, tú y yo sabemos que irás al casino en cuanto tengas el valor de hacerlo.

Beatriz sonríe con tristeza.

—Sí, quizá lo haga, pero sólo será para poder volver amar sin tantas heridas.

Daniela la abraza con fuerza.

—Yo lo puedo sanar por ti. Lo haría gratis.

—Estás loca. Mi dolor es mío.

Beatriz se pone de pie, se deshace del abrazo de su amiga.

—Tienes que comer, ¿ok? No importa cuanto duela —suspira—. Debería cobrarte la mitad de tus encargos. Tú cuidas el corazón de alguien más y yo te cuido a ti.

Daniela busca una sonrisa en su interior, pero el pecho le arde y su rostro no puede hacer más que mostrar un gesto compungido. Beatriz le da un beso cariñoso en la frente y se marcha.

—Te veo en ocho horas. No te mueras por un amor que ni es tuyo.

“Esto no es amor” piensa Daniela, es el residuo. Nunca lo había pensando así. Ahora, gracias a esa cavilación, se siente como un bote de basura. Llora. No sabe si por el tal Ignacio o por ella misma, que se hace esto al menos un par de veces al año. Sufrir, drenar, purgar el dolor de una mujer que ahora carga su corazón libre.

Sabe lo que tiene que hacer. Llorar, ver películas, dejar que duela un rato. Después, caminar bajo el sol, hacer ejercicio, escribir. Finalmente, salir con amigas, reír, recordar que siempre se puede volver a amar. Pero, duele tanto, tantísimo, que no se puede mover. Se pregunta cómo Sofía logró salir de su casa para ir a buscarla a su local.

La tarde discurre sin novedades. Daniela repite el nombre de Ignacio en silencio. Sigue tendida en el sillón y comienza a contemplarse ya no como un bote de basura, sino como una capa de polvo que se ha adherido a la tela de su sala.

La noche trae consigo los tormentos de la oscuridad. Daniela no logra entender —y nunca lo hará— el por qué en la noche el desamor se convierte en el tres de espadas de la baraja del Tarot. Se ve a sí misma a atravesada. Logra ponerse de pie, sus piernas se tambalean. Llega a la cocina y se prepara un sándwich sencillo, mientras mastica, llora.

—Vamos, Dani, piensa en los 50 mil pesos que tienes ahora —trata de animarse, pero el dinero no le hace ni cosquillas en el estómago lleno de malestar que se convierte en un agujero negro.

Beatriz la encuentra dormida en su cama. Suspira. Se quita el uniforme y se acuesta para abrazarla.

—Nunca voy a entender la verdadera razón por lo que haces esto— musita y Daniela se estremece un poco—. Pero creo que eres muy valiente, Dani. Y eres buena. Muy buena.

Ambas duermen con el corazón roto.

Daniela despierta a mitad de la noche, sobresaltada. El vacío en el pecho podría tragarse la casa entera. Tiene las mejillas enrojecidas, se mira en el espejo frente a la cama de Beatriz, quien duerme a su lado. Daniela busca su mano, la toma. Agradece tenerla siempre que sufre desamores ajenos.

—No es mío —dice en voz baja—. Este dolor no es mío. No es mío, no es mío, no es mío.

Con esas palabras como mantra vuelve a acostarse. No duerme nada.

No lo soporta más. Han pasado dos meses y el dolor sigue siendo igual de denso y cansino. Ha llegado a pensar que el dolor sí es de ella. El dinero en su cuenta ahora le resulta molesto, nefasto, quisiera ir con Sofía y decirle que le pase su cuenta para regresarle los 50 mil a cambio de su corazón. Odia tanto a Ignacio como a Sofía, los aborrece. “Pareja de tóxicos” piensa todo el día, sopesando que quizá era un amor tan insano que por eso la lastima así. “Vieja aferrada”. Beatriz sugiere que si el dolor es demasiado, renuncie a él.

—Me pondrá una mala reseña.

—Mejor eso que seguir viendo cómo te arrastras por el departamento, Daniela.

Daniela niega con la cabeza. Odia a Sofía. O más bien, cree que la odia, pero en el fondo se rehusa a renunciar al corazón adolorido porque no se lo quiere regresar, está segura de que no podrá soportarlo. “Yo sólo tengo las sensaciones físicas, esa pobre vieja aferrada tiene las memorias”.

—La neta me da curiosidad… ¿y si lo busco? Digo, nomás para saber por qué tanto argüende.

Beatriz hace una mueca.

—Tú misma te pusiste la regla de nunca buscar a los amores de tus clientas… Piénsalo, nomás le pondrás rostro al dolor y será mucho más personal.

Daniela ignora lo que dice su mejor amiga y saca su computadora. Busca en redes a Sofía. No la encuentra. Entonces se empeña a buscar a Ignacio. Beatriz se ríe, le dice que es imposible que lo encuentre, pero Daniela tiene muchísimo tiempo y ganas, así que lo hará.

Los haces solares tropiezan con los escasos muebles del cuarto de Daniela, creando sombras amorfas que distorsionan el rostro ya de por sí consternado de la joven, quien mantiene los ojos y la boca bien abiertos mientras se desliza por el perfil de Ignacio Sánchez. Esposo de Sofía. Lo terrible no son sus fotos vacacionando, o las memorias infinitas de la boda de ensueño, tampoco la galería donde muestra que compraron una casa nueva. No. Lo que la ha dejado quieta por al rededor de treinta minutos es leer las decenas de condolencias por su muerte. Ignacio Sánchez está muerto.

Daniela cierra la computadora, queda en penumbras. Todo este tiempo su dolor no ha sido el de una ruptura, sino el de una muerte. Se levanta, por fin su cuerpo ha dado paso a algo más fuerte que la tristeza: la furia. Toma las llaves de su auto y sale en dirección a casa de Sofía.

Sofía abre la puerta con una sonrisa radiante que se parte ante la bofetada de Daniela. No quería golpearla. No realmente. Sin embargo, un grito interno le sugirió que le regresara un poco, una milésima parte del dolor que ella ha experimentado por ocho semanas. Sofía se recompone del golpe, la mira, anonadada.

—¿Q-Qué…?

No termina la pregunta. Basta con apreciar la mirada de Daniela, que casi pareciera que carga con una cinta coronada por la palabra FRAGIL, así, en mayúsculas y el fondo rojo. A Sofía le da la impresión de que la joven tuvo que hilvanarse las partes del cuerpo, armarse, para poder llegar a su domicilio. La abraza con fuerza, Daniela vacía su duelo como una sombra en el cuerpo de Sofía.

—Devuélveme mi corazón —musita entre llantos—. Ya no quiero. Ya no puedo.

Sofía llora con ella. Es un llanto ligero, cálido. Teme, por un momento, la ola, la punzada de tristeza que sentirá cuando su corazón vuelva a su lugar. No quiere. Prefiere ser un cuerpo deshabitado de emociones. Una mujer cuyo sentir sea errante.

—Tú me dijiste que me ayudarías. Lo prometiste.

—¡Prometí sanarte de una ruptura! No de una muerte.

Sofía parpadea, confundida.

—Ahí decía “Pérdida del amor de tu vida” —exclama, nerviosa— ¡Yo perdí al amor de mi vida!

Daniela niega con la cabeza. Algo en ella la incita a adentrarse a la casa, tomar asiento antes de desmayarse.

—No me refería a eso —apenas puede hablar— Lo sabes. Jugaste sucio.

Sofía se hinca frente a ella, le abraza las rodillas.

—No quiero ese dolor de vuelta. No puedo soportarlo. No puedo.

Daniela niega con la cabeza. Quiere ser insensible, decirle que no le importa, pero no hay nada que le importe más en ese momento. Piensa que es porque lleva el corazón de Sofía, y que cuando se lo quite todo habrá acabado.

—No es mi dolor —señala Daniela—. No lo es.

Sofía, devastada, se abre la blusa y se arranca el corazón de Daniela impreso en ese parche. Daniela, aliviada, se extirpa el dolor de Sofía y se lo devuelve. Daniela se une a su corazón. El alivio es inmediato. El dolor, por fin, ha dejado de habitarla.

Sofía, en cambio, mira el parche durante un tiempo prolongado.

—Si no te lo pones te puedes morir —sentencia Daniela.

—Creo que lo prefiero.

—Sofía, por favor.

Sofía contempla el parche y medita durante varios segundos si de verdad es necesaria la tristeza, el peso, el duelo. “¿Y si no?” Piensa en recostarse y cerrar los ojos hasta que, de un momento a otro, aparezca junto a Ignacio en ese lugar que no termina de entender si existe. El cielo, el infierno, el más allá. En sus cavilaciones, Daniela toma la iniciativa y le pega el parche que le devuelve el corazón a Sofía.

No ocurre nada escandaloso. El dolor de Sofía es así, taciturno. Ella lo siente de inmediato, le infecta todo el cuerpo. Se deja caer en la alfombra y sabe que no se levantara en mucho tiempo. Daniela se recuesta junto a ella. Sus miradas se cohesionan. Daniela reconoce el dolor que sostuvo en los ojos de Sofía, quien ya no llora, al menos no hacia afuera.

—Hubiera preferido morir —espeta Sofía.

Daniela la abraza, la pega a su cuerpo. Recuerda a Beatriz, en cómo, por más que a abrace, que la cuide, que quiera sosegar su pesar, no lo logra.

—No puedes sola —dice Daniela, hablando consigo misma.

Sofía apenas asiente.

—Está bien no poder sola —señala.

Daniela se levanta, va a la cocina, saca unas tijeras. Se arranca el parche, lo corta. Le arranca el parche a Sofía, lo corta. Después, reparte las mitades. Sofía se deja hacer, la mira con ternura. Daniela le sonríe. El dolor es compartido ahora.

—No tenías por qué hacerlo —susurra—. Este dolor no es tuyo.

Daniela entrelaza sus dedos con los de Sofía.

—Sí lo es, y está bien. Dolamos juntas. Sanemos juntas.

Sofía pega su frente a la de Daniela. Sonríe mientras una lágrima se resbala por la punta de su nariz.

Tendencias