La aclamada cinta del director mexicano Ernesto Martínez Bucio, producida por Mandarina Cine, llegará a las salas de todo el país el próximo 23 de abril. Como antesala a su estreno comercial, se realizará una proyección especial al aire libre el 18 de abril en el Monumento a la Revolución, en el marco de la inauguración de C.A.C.A.R.O.

El filme, escrito en colaboración por el propio Martínez Bucio y Karen Plata, se adentra en el universo emocional de la infancia a través de la historia de cinco hermanos —de entre 7 y 14 años— que enfrentan el abandono de sus padres. Situada en la Ciudad de México durante los años noventa, la película retrata cómo los niños intentan salir adelante bajo el cuidado de su abuela, una figura afectuosa pero rebasada por la responsabilidad.
La historia de El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) no comenzó con un guion tradicional, ni siquiera con una trama clara. Comenzó, como muchas cosas esenciales, con una intuición: un poema encontrado, una imagen, una memoria.

“Leí ese poema de Karen y pensé: este podría ser el título”, recuerda el director y guionista Ernesto Martínez Bucio. “Y una vez que lo pusimos… el diablo entró a la película. Antes no estaba”.
Esa incorporación no fue anecdótica. El diablo —figura cargada de simbolismo cultural y religioso— terminó por redondear una historia que, en su origen, giraba en torno al abandono y la vida de cinco niños obligados a reorganizar su mundo. Pero aquí, el diablo no es necesariamente el villano.
“Es un personaje que también puede entenderse como otro amigo imaginario”, explica Karen Plata, co-guionista. “Es una forma de cuestionar esas verdades absolutas con las que crecimos”.
Ambos coinciden en que la película dialoga con los miedos de la infancia, particularmente aquellos alimentados por una educación religiosa estricta. Sin embargo, lejos de reforzar esos temores, la cinta los resignifica desde la curiosidad y la imaginación infantil.
Escribir desde la memoria (y el caos)
El proceso de escritura fue, como la propia película, poco convencional. Martínez Bucio y Plata trabajaron de manera simultánea, interviniendo constantemente el texto del otro.
“No escribimos de forma lineal”, explican. “Era más bien un ir y venir: escribíamos encima del otro, borrábamos, reescribíamos”.
Lejos de partir de una estructura clásica, el guion se construyó a partir de “postales” o fragmentos poéticos. Escenas sueltas, imágenes cargadas de emoción que, poco a poco, fueron encontrando cohesión gracias a un proceso de múltiples versiones y al acompañamiento del tutor Michel Gastambide, en la Elías Querejeta Zine Eskola, en San Sebastián.
La dupla creativa también reconoce que sus diferencias fueron clave: mientras Karen Plata proviene de la poesía, Martínez Bucio tiende hacia una narrativa más estructural. El resultado es un equilibrio entre lo lírico y lo narrativo, visible incluso en los diálogos.
Infancias que hablan como infancias
Uno de los grandes aciertos de la película es la naturalidad con la que hablan sus personajes infantiles. Lejos de sonar artificiales, los diálogos capturan la lógica, crudeza y espontaneidad de la niñez.
Esto no fue casualidad. El proceso implicó un ejercicio de memoria —recordar cómo hablaban ellos mismos de niños—, pero también un trabajo cercano con el elenco.
“Los niños son esponjas”, dicen. “Aprenden rápido, pero también había que darles herramientas”.
Tras un casting de dos meses, el equipo diseñó un taller de actuación enfocado en construir confianza y relaciones entre los actores. A partir de ahí, se permitió que sus propias personalidades influyeran en los personajes.
Aunque hay espacio para la improvisación, entre el 70% y el 80% del guion se mantiene fiel al texto original. La clave estuvo en crear un entorno donde los niños no actuaran para la cámara, sino que la cámara reaccionara a ellos.
Un rodaje al servicio de los actores
El mayor reto para Martínez Bucio era dirigir a los niños. Sin embargo, el resultado fue más orgánico de lo esperado, en gran parte gracias al equipo técnico.
La producción tomó decisiones poco convencionales: eliminar marcas en el set, ocultar equipos, trabajar con luz exterior y cámara en mano. Todo con un objetivo claro: dar libertad a los actores.
“El set estaba pensado para ellos, no al revés”.
Incluso el sonido mantiene esta lógica. La película está construida casi en su totalidad con sonido directo, sin doblajes posteriores, lo que refuerza su autenticidad.
Los silencios también cuentan
Aunque es una película con diálogos memorables, el silencio juega un papel fundamental.
“El silencio da lugar a las acciones y a las miradas”, explican. “Necesitábamos ese contrapeso”.
Estos espacios permiten explorar la intimidad de cada personaje: qué hacen cuando están solos, cómo procesan lo que viven. En ese sentido, la película se convierte en una observación delicada de la infancia, donde lo no dicho pesa tanto como las palabras.
La hermandad más allá del linaje
Más allá del abandono, el eje central de la historia es la hermandad. Pero no entendida como un vínculo de sangre, sino como una construcción.
“Queríamos mostrar la hermandad como una unión de voluntades, no como un linaje”, afirma Martínez Bucio.
La película sigue a estos niños en su proceso de transformación: de la confrontación a la solidaridad, de la fragmentación a la unidad. Pequeños cambios —una burla que se convierte en cuidado, una distancia que se vuelve cercanía— construyen un arco emocional sutil pero poderoso.
De los noventa al mundo
Aunque ambientada en los años noventa, la película no busca la nostalgia fácil. Más bien, utiliza ese contexto para contrastar los discursos de unidad y progreso de la época con la realidad de los personajes.
“El recuerdo de que ‘todo se iba a arreglar’… y no se arregla”.
Esa honestidad narrativa fue clave para su éxito en festivales internacionales. La película tuvo su estreno en la Berlinale, donde fue reconocida, y posteriormente continuó su recorrido por distintos certámenes en Europa y América Latina.
“Pensábamos que conectaría más con Europa, pero la sorpresa fue ver que, cuando algo está contado desde la honestidad, conecta en cualquier lugar”.
El regreso a casa
Tras su paso por festivales, la película llega finalmente a México, donde sus creadores esperan una recepción igualmente cálida.
“Es una película hecha desde nuestras infancias, nuestros miedos, nuestras historias”, dicen. “Es profundamente mexicana”.
Su estreno en espacios como la Cineteca Nacional representa, para el director, un momento especialmente emotivo. Pero también subrayan la importancia de que el público apoye el cine nacional, especialmente en sus primeras semanas en cartelera, donde se define su permanencia.
Un cine que nos representa
En un panorama donde las producciones extranjeras dominan las salas, Martínez Bucio y Plata hacen un llamado claro: mirar hacia el cine mexicano.
“Cuenta quiénes somos, nos representa mucho más”, afirman. “Necesitamos hacer contrapeso”.
Lejos de ser una excepción, su película forma parte de una ola de cineastas mexicanos que están encontrando nuevas formas de narrar, explorar y emocionar.
Y mientras ya trabajan en su próximo proyecto, El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) queda como testimonio de que, a veces, las historias más potentes nacen de lo fragmentario: de un poema, de un recuerdo… o de nombrar aquello que, sin saberlo, ya habitaba la historia.