La autora será invitada a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) y ya ha conquistado a miles de lectoras y lectores, especialmente entre quienes forman parte de clubes de lectura. La novela se convirtió en número uno en España y actualmente se posiciona entre los libros más vendidos en México.
¿De qué trata la novela?
Comerás flores es una novela que explora los espejismos de las relaciones desiguales y la amistad como refugio.
Meses después de la muerte de su padre y recién graduada, Marina conoce a Jaime, un hombre veinte años mayor que ella que irrumpe en su vida colmándola de atenciones, promesas y planes. En poco tiempo, su rutina cambia por completo: pasa de compartir piso con su mejor amiga Diana, ir a conciertos y salir de fiesta, a instalarse en el cómodo apartamento de Jaime y cenar cada fin de semana en los mejores restaurantes.
Deslumbrada por el encanto de Jaime y por una vida adulta aparentemente sofisticada —que incluso conquista a su familia—, Marina se sumerge poco a poco en el mundo de él, mientras comienza a perder de vista aquello que la definía.
Con una prosa que oscila entre la delicadeza lírica y la crudeza visceral, Comerás flores, la novela debut de Lucía Solla Sobral, explora qué significa ser joven, madurar y construir una identidad propia. Una historia sobre las distintas caras del amor, los silencios de las relaciones desiguales, las dificultades del duelo y la amistad entendida como refugio.
Fragmento
El corazón se me quedó sin aire y así estaba bien, dormitando, asfixiado. Callado.
Durante los primeros días se me cayó el lenguaje y se me pusieron ojos de mar. No encontraba mi idioma ni lo quería buscar para que no me entendieran. Mis piernas eran lentas, estaban nubladas y ásperas. Tres años después la vida fuera había seguido sin mí. Quería hablar con Diana y contarle alguna verdad, pero seguía sin saber cuál elegir. La verdad era eso que siempre andaba buscando yo entre los silencios y las mentiras de Jaime.
Me parezco mucho a tu padre, me decía él cuando yo me removía un poco. Y esa era una mentira que a mí me clavaba a ese suelo viejo de madera y que a él le hacía gigante, tan gigante que todo tintineaba a su paso.
Esconderme era mucho más fácil que decir la verdad. Si tuviese que decir la verdad, nada más que la verdad, a lo mejor me habría quedado muda para siempre. No por no mentir, solo por no saber cuál elegir. Qué verdad escoger de entre tantas flores creciendo pegaditas al muro de piedra que Jaime levantó rápido rápido para que los vecinos no vieran lo que crecía al otro lado de sus buenos días.
Una. Que una casa no siempre es un refugio.
Dos. Que en el ojo del huracán no llueve ni hace frío ni anochece antes, nadie se para, nadie se alerta, nadie te advierte, lo limpian todo y aquí no ha pasado nada.
Tres. Que el silencio en una casa es como dejarse el gas abierto.
Cuatro. Que Jaime me llenó la boca con tantos animales que los tuve que vomitar.
Cinco.
Me fui y supe que la violencia no siempre es evidente ni da pasos como truenos, pero todavía sentía una cuenta atrás pegada al pecho. Creía que al lograr huir de Jaime volvería a mi vida de siempre. Pero no volvió. No volví a ser tierna ni graciosa ni a tener las manos calientes. No me estaban esperando mis amigas ni los chicos con los que había coqueteado antes de Jaime. No dejé de vomitar. El contador me siguió marcando el ritmo, tic tac tic tac tic tac, me siguió oprimiendo. Estaba un poco más vacía cada vez. Solo sabía trabajar y ni siquiera quería hacerlo.
Tres semanas después, dejé de llorar. Intentaba sujetarme a mi familia y seguirle el ritmo. Mi madre y mis hermanos actuaban como si no hubiese vuelto a casa o como si nunca me hubiera ido, como si no hubiese aparecido con mi ropa y mis discos en veinte bolsas de basura, como si no se me marcasen todos los huesos, como si Frida no se estuviese meando constantemente en la alfombra por el estrés, como si yo no tardase mucho en salir del baño después de cada comida. Como si no hubiese muerto papá.
No lloré más hasta que me llegó un mail de cinco páginas de Jaime desde una cuenta nueva.
Me prometí y te prometí pasar el resto de mi vida contigo. Siento haberte defraudado. No sé ni cómo lo hice. Nunca he sentido el amor tal y como lo he construido contigo. No sé cómo hemos llegado a este punto. Dime algo, Marina. ¿No me quieres? ¿Era todo mentira? Me enamoré de ti un día a través de una mirada y nunca pensé que decidirías soltarme. Lo siento. Nunca he amado a nadie como a ti.
No lloré más hasta que Jaime llamó a mi madre y mi madre me enseñó la pantalla de su teléfono. Por una vez, mamá no sonrió.
No le cojas.
Y no le cogió.
No lloré más hasta que mi hermano me contó que cada día recibía ocho, nueve, diez mensajes de Jaime preguntándole por mí, diciéndole que me había dejado cosas en su casa, que o iba a por ellas o las tiraba.
No lloré más hasta que me decidí a ir a un concierto para retomar algo parecido a mi vida y mi hermana me pidió que no fuese, que era muy pronto todavía.
—¿Pronto para qué?
—Pronto para irte por ahí tú sola.
Yo pensaba que el contador en el pecho solo lo tenía yo.
A la mañana siguiente, cuando ya había pasado el concierto y yo no había ido, Bea me lo contó:
—Jaime me pidió que te vigilemos porque te quieres suicidar.
No tuvo que ponerme un dedo encima. No necesitó meterme los dedos en la garganta. Su violencia era transparente.
Editorial Libros del Asteroide.