
Nunca antes la humanidad había tenido acceso a una capacidad tecnológica tan poderosa como la que hoy promete la inteligencia artificial. Los mercados lo reflejan con claridad: se estima que el mercado global de inteligencia artificial crecerá en más de 1.3 billones de dólares entre 2026 y 2031, un incremento superior al 382%, alcanzando un valor cercano a los 1.7 billones de dólares al final de la década. Las inversiones fluyen hacia modelos generativos, automatización, robótica y procesamiento masivo de datos a una velocidad que pocas tecnologías habían experimentado.
En medio de este entusiasmo tecnológico, surge la siguiente pregunta: ¿estamos invirtiendo con la misma intensidad en aquello que da sentido al desarrollo tecnológico?
Existe una tendencia creciente a medir el progreso bajo la obsesión de reducir costos y maximizar beneficios de inmediato. La economía actual promueve con frecuencia un avance tecnológico orientado específicamente a reducir fricciones en los procesos industriales y de negocios, en el que la prioridad es la eficiencia. Esto asume equivocadamente que todo avance tecnológico es intrínsecamente progreso, dejando al ser humano expuesto a sus propios avances sin las herramientas éticas necesarias para controlarlos.
Esta subordinación no es nueva, sino la evolución de una trayectoria histórica:
En los inicios de la Revolución Industrial, el desarrollo de la maquinaria y la división del trabajo despojaron a la labor humana de su carácter autónomo e iniciativa libre. Desde la perspectiva marxista, el trabajador se asumía como un engranaje más de la máquina, para el cual solo se exigía una operación mecánica, monótona y de fácil aprendizaje; con ello, dejó atrás su condición de artesano creador para transformarse en un instrumento de producción.
En el ámbito de la vida cotidiana y del consumo, el sociólogo Jean Baudrillard señala que la automatización técnica ha provocado la eliminación del esfuerzo muscular y del gesto humano tradicional. El ser humano ya no utiliza su cuerpo entero para interactuar con las herramientas, sino que su intervención se reduce a un “gestual de control” abstracto: apretar un botón, usar un pedal o simplemente mirar.
El progreso técnico no equivale automáticamente al progreso humano. La tecnología puede aumentar la capacidad de producir, comunicar o automatizar procesos, pero no resuelve por sí sola los dilemas fundamentales relacionados con la dignidad, la justicia, la inclusión o el propósito.
En el funcionamiento de los sistemas de innovación, las grandes transformaciones no surgen únicamente de la tecnología, sino también de la capacidad humana para darles dirección, propósito y significado. De lo contrario, se cae en lo que podría llamarse la “soledad del gadget”. La innovación se ha acostumbrado a producir dispositivos, aplicaciones y herramientas cada vez más sofisticados, pero con frecuencia desconectados de las necesidades reales de las personas y de los sistemas sociales en los que deberían generar valor. Se crean tecnologías técnicamente brillantes que fracasan porque nunca fueron diseñadas para integrarse a los contextos en los que debían resolver problemas concretos.
La evidencia es contundente. Miles de desarrollos tecnológicos nacidos en universidades y centros de investigación nunca llegan al mercado. No fracasan por falta de originalidad ni porque carezcan de mérito científico. Fracasan porque fueron concebidos como objetos aislados, sin comprender las trayectorias industriales, regulatorias, económicas y sociales en las que debían insertarse.
La fascinación ciega por el automatismo nos ha llevado a rodearnos de objetos que “marchan solos”. Esto genera una extraña paradoja que Baudrillard ilustra con la historia de un ilusionista del siglo XVIII que fabricó un autómata tan perfecto que el público no podía distinguir quién era el hombre y quién la máquina. Para devolverle el sentido al espectáculo, el propio ilusionista tuvo que mecanizar sus gestos e imitar a la máquina. Esta anécdota refleja cómo, frente a la perfección de los aparatos técnicos modernos, el comportamiento humano a menudo se vuelve discontinuo, pobre en gestos y se rinde a la incoherencia frente a la extrema racionalidad de sus creaciones
Cuando la innovación se orienta exclusivamente al consumo, corre el riesgo de convertirse en una carrera interminable de novedades sin propósito.
Como se plantea en Magnifica Humanitas, la reciente encíclica de León XIV, el gran desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en desarrollar sistemas más inteligentes, sino en custodiar aquello que nos hace profundamente humanos: la libertad, la verdad, el trabajo digno y la responsabilidad moral.
Las personas construyen los puentes que permiten que el conocimiento se convierta en bienestar. La verdadera creación de valor ocurre cuando el conocimiento se pone al servicio del bien común. En los países en desarrollo, por ejemplo, el impacto más profundo no siempre proviene de las tecnologías más complejas. Con frecuencia surge de soluciones suficientemente buenas, accesibles y escalables que permiten ampliar el acceso a servicios esenciales.
Por ello, la discusión sobre inteligencia artificial no debe centrarse únicamente en lo que las máquinas pueden hacer, sino en lo que las personas deben seguir haciendo. La creatividad, la empatía, el juicio moral, la capacidad de colaborar, el liderazgo, la confianza y la construcción de propósito continúan siendo competencias exclusivamente humanas. Ningún algoritmo puede asumir la responsabilidad ética de una decisión. Ninguna máquina puede reemplazar la experiencia humana de la compasión, la solidaridad o el compromiso con los demás.
Ese avance es inevitable. La verdadera decisión es determinar qué tipo de humanidad se debe construir con esas herramientas. Podemos utilizar la inteligencia artificial para profundizar las desigualdades, concentrar el poder y acelerar el consumo, o emplearla para ampliar las oportunidades, democratizar el conocimiento y fortalecer la dignidad humana.
La pregunta central ya no es cuánto crecerá el mercado de inteligencia artificial en los próximos años. La pregunta verdaderamente importante es si también crecerá nuestra capacidad para utilizarla con sabiduría. Porque, al final, la tecnología más sofisticada jamás creada sigue siendo la misma: el ser humano.
Director Corporativa de Innovación y Transferencia
Universidad Panamericana