
Asistí a tres de las cinco funciones de Werther ofrecidas en el Palacio de Bellas Artes la semana pasada, y abandoné la sala con una impresión agridulce: la producción resultaba, en efecto, agradable a la vista. Pero aquello, me temo, no era Werther.
Permítaseme señalar una flagrante doble moral que impera en el mundo operístico. En el ámbito musical, la partitura es ley inviolable. Al intérprete no se le concede licencia alguna: ni la alteración de una nota, ni la modificación de un tempo, ni la inserción de una cadencia no escrita, ni el desplazamiento de una ligadura, ni siquiera un aliento extemporáneo. La perfección es el único parámetro admisible. El rigor, absoluto.Pero no ocurre lo mismo en el terreno de la dirección escénica. Allí, la permisividad raya en el libertinaje. Al régisseur parece autorizársele cualquier ocurrencia, por arbitraria o insensata que sea.
Y, con lamentable frecuencia, se abusa de dicha prerrogativa.Conviene recordarlo con claridad: se le contrata para dirigir una obra, no para reescribirla. No para anteponerle prólogos apócrifos, ni para sepultarla bajo ensoñaciones oníricas de dudoso gusto. Su cometido es, sencillamente, dirigirla. Nada más. Y nada menos.
Quien se acercara por vez primera a Werther bien podría afirmar: “es una producción hermosa”. Y no le faltaría razón.Mas quienes conocemos Werther, (una obra con más de un siglo de historia, consagrada por el tiempo, asentada en el repertorio universal por sus méritos intrínsecos) quienes la conocemos, digo, hemos de concluir: esta versión de Juliana Vanscoit es hermosa, sí, correcta también… pero eso no es Werther.Las auténticas triunfadoras de la velada fueron, sin ambages, Frida Portillo y Cassandra Zoé Velasco.
Ambas, en el papel de Charlotte, ofrecieron interpretaciones memorables. Vaya para ellas mi más sincera enhorabuena.Distinto fue el caso de los dos tenores que encarnaron al protagonista. De ninguno de ellos podría decirse que estuviera a la altura del personaje. Ramón Vargas, poseedor de una trayectoria que en su día fue brillante, prolonga ya en demasía su presencia escénica. Contemplar a un tenor sexagenario dando vida a un joven de veintidós años resulta, cuando menos, inverosímil.
La escena adquiría tintes casi edípicos: más que el enamorado de Charlotte, parecía el padre de su propio suegro.Mario Rojas, el _Werther_ del segundo elenco a quien inexplicablemente solo le otorgaron una función de las cinco programadas, exhibió una cierta inmadurez vocal y escénica. A una edad en la que debiera ya mostrar la solidez de un tenor en plenitud, incurrió en lapsus imperdonables (el olvido de una frase completa entre ellos) y su emisión resultaba precaria, apenas audible en ciertos pasajes. Resulta estar lejos de ser el intérprete idóneo.
De la suma de ambos no se lograba, por desgracia, un _Werther_ cabal. Y es inevitable sospechar que el entorno del señor Vargas procuró cuidadosamente que el tenor del elenco alternante no representara una amenaza para su ya menguado brillo. Contraten a quien no pueda opacarlo.Son prácticas que no debieran tener cabida. Si el colega del segundo reparto supera mis prestaciones, celébrolo.
Ello no ha de mermar mi autoestima artística. Pero así están las cosas. Ricardo López y Josué Cerón interpretaron muy correctamente el personaje de Albert. El Magistrado fue interpretado con notable corrección por Arturo López, quien cantó su papel con inteligencia y actuó de maravilla. Una presencia escénica sólida y mesurada.La orquesta se desempeñó con solvencia, por momentos brillante.
El coro infantil cumplió con corrección, si bien pecó de exceso. Sabido es que se trata de los hijos del Magistrado, hermanos de Charlotte. Pues bien: sobre el escenario se congregaban no menos de catorce o quince infantes. Cabe preguntarse, con cierta sorna, cuánta fue la prole de la señora madre de Charlotte. No es de extrañar, entonces, su prematuro deceso.La batuta estuvo a cargo del joven Rodrigo Sámano.
Su labor fue, en términos generales, encomiable. Y aquí surge la inevitable interrogante: según se comenta, se trataba de su debut operístico. ¿Es acaso el Palacio de Bellas Artes el foro idóneo para que un director realice sus primeros pasos? ¿No debiera acceder al podio un maestro con trayectoria consolidada, con horas de vuelo, con la experiencia que otorgan las décadas?Resulta, cuando menos, arriesgado encomendar a un debutante la dirección de una ópera de este calado. No obstante, felicito al joven Sámano: salió airoso del lance.
Pero la pregunta persiste: ¿por qué se procede de este modo? Y claro que existe un porqué. Adivínelo el lector.El veredicto final es, en suma, de enhorabuena: lo hicieron y salieron avantes, airosamente. Pero nos quedaron a deber. No hubo un héroe protagónico a la altura de la partitura.
Y en el apartado escénico, pese a sus indudables aciertos plásticos, la premisa resulta insostenible: porque _Werther_, con perdón de los escenógrafos, no se desarrolla en el interior de un museo.Gracias a la magia del internet, hemos podido volver a echar un vistazo al _Werther_ de Bellas Artes de mil novecientos noventa y tres y mil novecientos noventa y siete.
Y, tristemente, aquel resultó superior en todos los aspectos al _Werther_ de dos mil veintiséis. Cuando, en teoría, la evolución debiera ser ascendente, aquí parece que avanzamos en reversa. Como el cangrejo.Aquel del noventa y tres y del noventa y siete, ese sí era _Werther_ escénicamente hablando. Y sus dos intérpretes protagónicos estuvieron de maravilla.