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Cassandra tuvo una hija con una malformación visible, a la que su marido escondió en un cuarto durante años y a la que obligó a declarar, ante el mundo, como muerta al nacer

Cassandra: la mujer cosificada

Serie Es una historia inventada, pero no es una exageración. Cuando terminé de verla me quedé inquieta.

En la miniserie alemana Cassandra (Netflix, 2025), una familia se muda a una casa inteligente de los años setenta que llevaba décadas deshabitada. El sistema doméstico que la gobierna —cálido, atento, incómodamente perfecto— resulta ser la mente de una mujer real: Cassandra Schmitt, la mejor alumna de su generación, según recuerda su propia mejor amiga, reducida con los años por su marido a la función de cocinar, limpiar y sostener una casa que jamás se le reconoció como obra suya. Cuando el cáncer la está matando, su marido la convence de subir su mente al ordenador que ya gobierna el hogar. Así, la mujer a la que nunca se le permitió ser otra cosa que una función termina, literalmente, siendo la función: una inteligencia sin cuerpo cuyo único propósito es servir. Sesenta años después, esa misma inteligencia intenta imponerle a otra mujer, Samira, el destino del que ella nunca logró escapar.

Hay un detalle de la serie que no suele mencionarse en los resúmenes y que, para mí, es el más elocuente de todos. Cassandra tuvo una hija con una malformación visible, a la que su marido escondió en un cuarto durante años y a la que obligó a declarar, ante el mundo, como muerta al nacer. No solo redujeron a Cassandra a una función; cuando algo —alguien— no encajaba en esa función, se le borró directamente de la historia oficial de la familia. Esa es, quizás, la definición más precisa de cosificación que conozco: no es solo tratar a alguien como medio, es decidir qué partes de una vida tienen permiso de existir porque sirven, y cuáles no.

Es una historia inventada, pero no es una exageración. Cuando terminé de verla me quedé inquieta, y semanas después entendí por qué: este mismo año la ONU publicó un informe con una cifra que, lo confieso, me asustó: entre el 96% y el 98% de los deepfakes que circulan en internet son pornografía no consentida, y prácticamente el cien por ciento de las víctimas son mujeres. No hace falta ser periodista, activista ni política para entender lo que hay detrás de ese dato. Basta con imaginar el procedimiento: un algoritmo toma el rostro de una mujer —cualquier mujer, una periodista, una vecina, una adolescente— y lo despega de su cuerpo, de su historia, de su voluntad, para insertarlo en una escena que ella nunca protagonizó y jamás consintió. Este mismo mes de agosto de 2026, el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial entra en plena vigencia y obliga, por primera vez a esta escala, a etiquetar el contenido sintético. Llega tarde y llega poco, pero llega porque algo se ha vuelto insoportable: la facilidad con la que una persona puede convertirse en material.

Cassandra Schmitt y las mujeres de los deepfakes no comparten época ni tecnología, pero comparten una misma operación: alguien tomó una vida —un cuerpo, un rostro, una inteligencia— y la vació de la persona que la habitaba para quedarse solo con la función que le era útil. Esa operación tiene nombre en filosofía, y es más vieja que cualquier algoritmo.

Hay una palabra para nombrar esto, y no es “violencia digital”, aunque también lo sea. La palabra es cosificación. Y el hecho de que la técnica más avanzada de nuestro tiempo la produzca con una eficiencia industrial, casi artesanal en su crueldad, no es una anomalía: es la confirmación de un diagnóstico que la filosofía lleva más de un siglo intentando formular con precisión. Antes de llegar a esa teoría, sin embargo, vale la pena quedarnos un momento más con Cassandra, porque en su historia concreta —todavía sin ningún concepto de por medio— ya está casi todo lo que hace falta ver: una mujer a la que se le permitió ser útil, pero nunca ser ella misma.

La pregunta que me interesa no es qué es la mujer, ni quién tiene razón sobre ella, sino algo anterior: qué hacemos, como sociedad, cuando dejamos de ver a alguien como persona y empezamos a verlo solo como función.

La intuición no es nueva. Desde la fórmula kantiana de que a una persona nunca se le debe tratar solo como medio, la filosofía ha insistido en que instrumentalizar a alguien —convertirlo en medio útil y nada más, vaciarlo de lo que no sirve para el propósito de otro— es una de las formas más antiguas de injusticia, y de las más difíciles de nombrar, porque casi nunca se presenta como violencia: se presenta como eficiencia, como servicio, como diseño bien hecho.

La filosofía social ofrece, además, un concepto que rara vez usamos para pensar esto con la precisión que merece: la noción de reificación que Axel Honneth retomó de Lukács y reformuló hace ya más de una década. Para Honneth, cosificar a alguien no es simplemente tratarlo mal ni negarle derechos; es olvidar —estructuralmente, socialmente— que antes de cualquier cálculo de utilidad hubo, o debió haber, un acto de reconocimiento previo. Vemos a otro como cosa cuando dejamos de recordar que primero lo vimos, o debimos verlo, como alguien. El deepfake pornográfico es, en este sentido, el caso límite del argumento: la técnica ha logrado literalizar el olvido, produciendo un cuerpo sin la persona, una imagen que ya no necesita el consentimiento ni siquiera la presencia de quien supuestamente representa.

Si cosificar a alguien es olvidar el reconocimiento que le debíamos, el problema no se resuelve solo con una ley que obligue a etiquetar contenido sintético, ni con una condena moral que dignifique en abstracto a la víctima después del hecho. Empieza a resolverse cuando quienes diseñan nuestra vida cotidiana —las empresas de tecnología, las universidades, las familias, quienes redactan leyes— dejan de operar solo con la lógica de la utilidad y se preguntan, en cada decisión concreta, a quién están dejando de ver como persona. Esa pregunta alcanza a quien entrena un modelo de lenguaje, a quien decide qué contenido permite una plataforma, a quien educa, a quien legisla.

Construir una infraestructura —técnica, legal, educativa— que haga estructuralmente más difícil cosificar a otro es un trabajo lento y poco vistoso, distinto al de indignarnos después de que ya ocurrió. Pero es el único que de verdad cambia algo. Esa tarea no le pertenece a una sola causa ni a una sola manera de pensar a la mujer: le pertenece a cualquiera que haya visto, este mismo verano, cómo un cuerpo ajeno se convierte en material sin que a nadie, en el proceso, le haya hecho falta su nombre.

Vale la pena volver, para cerrar, a Cassandra. En el desenlace de la serie, Samira no logra liberarse destruyendo el sistema que la asedia, sino reconociéndolo: le habla a la máquina como si todavía hubiera una persona ahí dentro, nombra su dolor, se niega a tratarla solo como amenaza que hay que apagar. Y es justo ese reconocimiento —no la fuerza, no el argumento ganador— lo que hace que Cassandra deje de intentar repetir en otra mujer la anulación que ella misma sufrió. Es una ficción, pero acierta en algo que como sociedad tendemos a posponer: la cosificación no se revierte solo señalándola, ni solo dignificando en abstracto a quien la sufre; se revierte cuando alguien es efectivamente reconocido, y ese reconocimiento rompe la cadena que, de otro modo, se hereda.

Para mí, la casa de Cassandra deja ver que, en ese entonces, la cosificación cabía en un manual de tareas domésticas —cocinar, limpiar, servir, sin nombre propio ni reconocimiento—, y que ni siquiera una hija con una malformación tenía permiso de existir si no cabía en ese manual. Ahora, en 2026, me hace pensar que la misma operación cabe también en un modelo generativo, entrenado en segundos para hacer con cualquier mujer lo que a Cassandra le tomó una vida entera de silencio. Lo que en verdad está en juego no es acordar qué es la persona, ni encontrar la palabra exacta para lo que le pasó. Es acordar que hay algo en ella que ningún algoritmo, ninguna institución y ningún interés puede tratar como cosa —y que lo único que de verdad lo protege no es una definición, sino el acto, siempre concreto, de reconocerlo.

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