Cultura

Cuento

Violines en llamas

Como último recurso, invité a salir a Dania.

—¿A dónde vamos a ir?

Supongo que esperaba que le dijera “a donde tú quieras”. Pero yo me había pasado la tarde diseñando un plan.

—Ya verás. Tú solo ven conmigo.

Comenzamos yendo al cine. Era una tarde perfecta. Estaba nublado y hacía un poco de frío. Ella iba vestida de negro, como de costumbre. Pero se había puesto una camiseta negra con el estampado de mi disco favorito.

—Señorita Nirvana.

—¿Perdón? —me preguntó extrañada mientras esperábamos a que la chica de la dulcería nos entregara la bolsa de palomitas.

—Hoy serás la Señorita Nirvana —repetí, convencido de que había metido la pata.

Me devolvió una sonrisa que iluminó nuestro camino hasta los asientos. Estaba feliz, lo que indicaba que todo estaba saliendo mal.

Tampoco elegí bien la película. Le estaba gustando. Era la historia de un guerrero de un mundo fantástico que se veía obligado a atravesar un pantano de tristeza mientras arrastraba a su caballo, su compañero de una vida entera. A cada paso que daban, el protagonista se obligaba a sonreír o de lo contrario el fango los arrastraría hasta el fondo. El momento en que el animal era incapaz de dar un paso y se rendía, mientras el guerrero gritaba desesperado, era desgarrador. Todavía el protagonista tuvo que forzarse a sonreír hasta alcanzar el otro lado del pantano. Algunas personas en la sala comenzaron a gimotear.

Pero la Señorita Nirvana no. Ella solo se recargó cariñosamente en mi hombro y dijo:

—Me fascina esta película.

Cuando salimos, había dejado de llover. La luna parecía una moneda encima del cielo. Le propuse atravesar la Alameda a pie para llegar a un sitio donde pudiéramos tomar algo y me respondió que estaba bien.

Durante el camino, le presté toda la atención a su plática. Intervine solo para sembrar algunas preguntas que me brindaran la información que necesitaba: si ella había asistido a muchos funerales durante su vida, si acaso le había tocado despedir a alguno de sus gatos como el protagonista de la película lo hizo con su caballo, o si temía a la vejez. Porque era evidente que hasta esas mejillas de tulipán, como las de la Señorita Nirvana, se secarían con el tiempo.

Pero nada de eso consiguió afectarla. Así que decidí jugar sucio. Tomé a Dania de la mano y la conduje hasta una banca. La vi estremecerse. La temperatura de la ciudad descendía a medida que se hacía más tarde. Un perro delante de nosotros devoraba una salchicha embadurnada de catsup que estaba tirada en el suelo. Saqué un libro de mi mochila. Lo abrí en donde había colocado un separador con la imagen impresa de un arcano del Tarot.

Carraspeó mientras la Señorita Nirvana me miraba directo a los ojos. Su aliento era un fantasma que escapaba de su boca.

—¿Me vas a leer poesía?

Intenté imprimir la mayor teatralidad posible. Pero lo único que conseguí es que Dania me diera un beso en la mejilla. Frustrado, le propuse que termináramos la noche en un bar. Me sentí como un vampiro inútil al que el sol convertiría en cenizas. No iba a lograr morder a mi presa. Había alguien esperándome muy enfadada en mi casa.

El dedo de la Señorita Nirvana jugaba con la orilla de la copa. Sus mejillas pálidas habían recuperado el color. Yo no tuve de otra que remojar mi resignación en el vino. Pronto se iría y yo volvería a mi casa con las manos vacías. Alguien ahí reclamaría mi presencia y preguntaría por mí antes de que amaneciera. Pero también el Diablo es capaz de hacer milagros.

Dania se quedó petrificada. Pude ver cómo se le erizaba la piel. Le costó tragar saliva.

—¿Pasa algo? —le pregunté.

No me explicó. Empezó a mover los labios para cantar. Lo hacía bajito, casi susurrando la letra.

La voz de Leonard Cohen salía de las bocinas del bar. Se sentía como una plegaria infernal: hazme bailar con tu belleza mientras suena un violín en llamas.

La Señorita Nirvana abrió los ojos. Estaban llenos de agua. Empezó a buscar una servilleta para limpiarse, pero antes le acerqué mi dedo para recoger una de sus lágrimas. Sin querer le acaricié la mejilla.

—No… perdóname. No estoy lista. No he superado a mi ex. Era nuestra canción.

Nos despedimos en la puerta. No quiso que la acompañara a su casa. Se veía rota, inundada de melancolía. Su piel exhibía el azulado de las noches de invierno.

Cuando llegué a mi casa, la encontré sentada en la sala. Estaba furiosa. Así se ponía cuando tenía hambre. Le iba a contar a dónde había ido y con quién, pero mejor metí la mano en mi bolsillo. Le extendí la servilleta con la que la Señorita Nirvana se había secado el llanto.

Se la llevó a la boca y comenzó a beber con desesperación. A medida que las lágrimas de Dania hacían su magia, la vi rejuvenecer delante de mí. Lucía bellísima, igual que la Señorita Nirvana.

Alimentada, me dejaría en paz durante un tiempo.

Tendencias