La primera novela de Liliana Muñoz es una oportunidad perfecta para hacer una profunda introspección en temas que se mantienen en los anaqueles pero que, rara vez, volteamos a ver con atención: la memoria y sus aristas, la vejez y el cuidado de los adultos mayores.
Tránsito Editorial es el hogar de “Los Umbrales”, la obra de la escritora yucateca que recorre la vida de su tía abuela Yoli, a quien describe como una mujer de 90 años que aprendió el “buen vivir”.
Los capítulos son cortos, tiernos, divertidos y reveladores. En entrevista con La Crónica de Hoy dio a conocer más detalles sobre su proceso:
Más que una novela en sentido estricto, Muñoz define “Los Umbrales” como una obra cercana al mémoire, la crónica y el ensayo, construida a partir de hechos reales. Para la autora, el libro es una especie de “reseña de una vida”, pues los mecanismos que utilizó para escribirlo son similares a los de su trabajo como crítica literaria.
“Está basada en hechos reales. Todos son hechos reales. Están mucho más cerca de la vida que de la literatura en sentido estricto”, explicó.
La escritora considera que la diferencia entre este tipo de literatura y la autoficción está en la relación con la verdad. Mientras en la autoficción existe una sospecha sobre aquello que se cuenta y un juego con el lector, en las memorias el juego ocurre en la manera de construir las escenas, los personajes y la distancia narrativa.
“Para mí, uno de los grandes temas de Los Umbrales [...] es justamente las trampas de la memoria. Los artilugios, las trampas, los alcances y los límites de la memoria”, señaló.
En ese sentido, la memoria se convierte en uno de los ejes de la obra. Muñoz sostiene que la realidad es inasible y que, al recordar, inevitablemente se agregan, eliminan o modifican detalles. Por ello, el pasado nunca puede recuperarse de manera idéntica: primero pasa por la memoria y después por la literatura.
“La realidad en realidad la vivimos siempre dos veces. Una cuando la estamos habitando y otra cuando la recordamos”, reflexionó.
Yoli como centro de un universo familiar
Aunque la historia parte de la vida de Yoli, alrededor de ella aparecen otros integrantes de la familia que permiten construir el personaje desde distintas perspectivas. La autora explicó que durante el proceso de escritura tuvo que decidir hasta dónde desarrollar esas historias para no quitarle protagonismo a su tía abuela.
Uno de los referentes que recibió durante la revisión del manuscrito fue el escritor Fabio Morábito, quien le recomendó acercarse a Natalia Ginzburg y, particularmente, a “Léxico familiar”. A partir de esa lectura, Muñoz identificó la posibilidad de desarrollar algunas de las subtramas familiares que estaban presentes en el manuscrito.
Sin embargo, decidió renunciar a profundizar en algunos de esos personajes para mantener a Yoli como el eje de la obra.
“Quería que Yoli habitara como un universo, que se viera que Yoli es solo como una pequeña parte, quizá la más luminosa y la más divertida [...] de todo un universo literario lleno de gente ordinaria”, explicó.
La narradora, la propia autora y otros personajes funcionan así como diferentes puntos de observación sobre la protagonista. En las primeras versiones, Muñoz incluso había planteado el libro como un ensayo sobre la enfermedad, la vejez y el buen humor, pero durante el proceso descubrió que no quería abordar esos asuntos como conceptos aislados.
“Quiero verlos como encarnados en una persona”, dijo.
La vejez, la muerte y el preduelo
La muerte fue uno de los detonantes iniciales de la escritura. Cuando comenzó a trabajar en el libro, Yoli tenía 90 años y Muñoz empezó a preguntarse cuánto tiempo más podría tenerla consigo y cómo sería el final de su vida.
La tía abuela murió el 13 de febrero de este año, justo el día en que el libro entró a imprenta.
Para la autora, la experiencia terminó reforzando uno de los temas centrales de la obra: el paso del tiempo y la manera en que las personas enfrentan la vejez.
“Ya no es una cosa abstracta, que no sabemos cuándo va a llegar, sino que más bien ya no podemos postergarla más”, comentó.
Sin embargo, Muñoz aclara que no buscaba escribir directamente sobre la muerte, sino sobre ese periodo que la antecede: el preduelo, la enfermedad, el deterioro y las transformaciones que ocurren cuando una persona se acerca al final de su vida.
Por ello, “Los Umbrales” observa la vejez desde distintos lugares: cómo la vive una persona mayor, cómo la perciben quienes la rodean y cómo una persona joven observa la transformación de alguien que atraviesa las diferentes etapas de la vida.
La autora recuerda incluso una conversación que sostuvo en Salamanca, España, con un hombre de 80 años que le preguntó por qué no había escrito directamente sobre la muerte. Cuando ella respondió que todavía no había tenido “el placer de morirme”, él le contestó que le faltaba experiencia.
El intercambio, contado con humor, terminó reforzando la intención del libro: hablar de aquello que sí podemos observar y nombrar antes de la muerte.
“Nadie vuelve de la muerte a contarte, oye, esto se siente así”, señaló.
Un libro entre la alegría y el dolor
Después de terminar un primer borrador, Muñoz dejó reposar el manuscrito durante varios meses. Posteriormente comenzó a buscar una editorial que pudiera encontrar el tono de la obra.
Envió el manuscrito a Tránsito, cuya editora, Sol, encontró en el texto una combinación poco habitual: una historia sobre la memoria, el duelo y la vejez, pero atravesada también por el humor y la alegría.
Para Muñoz, esa mezcla era fundamental.
“No quería que fuera un tema plano”, explicó. El título “Los Umbrales” responde precisamente a esa idea de tránsito entre estados: pasar de una sensación a otra, de una etapa de la vida a otra y de la tristeza a la alegría.
La escritora reconoce que una de las características que más le interesaban era mostrar que esas emociones pueden coexistir. La vida familiar que retrata no está construida únicamente alrededor de la enfermedad o la muerte, sino también de momentos cotidianos, situaciones cómicas y vínculos afectivos.