El lenguaje, la soledad y las formas en que los seres humanos se relacionan atraviesan Lo que hace falta, el libro de cuentos del escritor español Munir Hachimi, quien encuentra en este género literario la posibilidad de experimentar con las estructuras narrativas, cuestionar aquello que parece cotidiano y explorar preguntas que, en ocasiones, ni siquiera el propio autor sabe a dónde lo conducirán.

Publicado en España en 2025 y con llegada a México en 2026, el volumen reúne historias escritas en diferentes momentos, pero unidas por una misma búsqueda: descubrir qué sucede cuando se alteran las reglas de lo conocido y se cuestiona aquello que entendemos por humano.
“Yo pienso que el cuento es un género hecho para la relectura. Si alguien agarra un libro de cuentos y lo lee una sola vez, como que de alguna manera se ha perdido algo”, afirma Hachimi en entrevista con La Crónica de Hoy.
Para el escritor, el cuento funciona como un mecanismo de precisión, en el que cada elemento cumple una función y puede adquirir un significado distinto cuando el lector regresa a la historia. A diferencia de la novela, explica, este género permite desarrollar una idea, explorar sus posibilidades y cerrarla sin renunciar a la experimentación.
“Yo lo pienso como un mecanismo del tamaño perfecto”, señala. En ese espacio, la narración puede jugar con diferentes voces, estructuras y temporalidades sin perder su unidad, mientras que la poesía ofrece una libertad que, en ocasiones, puede resultar abrumadora.
El lenguaje como frontera de lo humano
Uno de los relatos del libro, Los restos, parte de una pregunta: ¿qué sucedería con el lenguaje si solamente quedara una persona en el mundo?
Hachimi explica que la idea surgió de pensar en el lenguaje como una herramienta esencialmente relacional, que existe y funciona gracias a la comunicación entre sujetos. Si esa red desapareciera, también cambiaría la manera en que una persona se relaciona con las palabras y con su entorno.
“Si el lenguaje es una red, no podemos tener una red de un solo punto. Pero podemos tener una red que solo tiene un punto y luego tiene restos o residuos o ecos de otros puntos”, explica.
En el relato, esos vestigios podrían permanecer en internet, la radio y otros sistemas capaces de seguir funcionando sin intervención humana. La pregunta adquiere una nueva dimensión al leerse en el presente: algunos lectores han interpretado la historia como una reflexión sobre la inteligencia artificial, aunque el autor aclara que la escribió antes de la aparición de los modelos de lenguaje como los actuales.
Para Hachimi, esa posibilidad de que una obra produzca sentidos que su autor no anticipó es parte fundamental del trabajo literario.
“Yo siempre espero que mis textos sean más inteligentes que yo”, afirma. Escribir, añade, implica poner en marcha una idea mediante recursos literarios y permitir que el propio relato conduzca a lugares inesperados.
Al releer Lo que hace falta, el escritor también ha identificado una preocupación que no reconoció con tanta claridad durante el proceso de creación: la soledad y el aislamiento. En sus páginas aparecen sujetos separados de los demás, relaciones que se rompen y formas de comunicación que desaparecen.
El fenómeno puede observarse tanto en las lenguas minoritarias que dejan de hablarse como en los códigos compartidos por una pareja o un grupo de amigos: los chistes internos, las expresiones y las referencias que pierden su significado cuando quienes las compartían dejan de estar juntos.
“Creo que no nos damos cuenta, pero no sé si se nos están muriendo cosas del lenguaje, que, bueno, nacerán otras”, reflexiona.
Una cucaracha como narradora
La experimentación formal también se encuentra en Exterminio, otro de los cuentos del volumen, cuyo origen fue una experiencia doméstica del escritor: una infestación de cucarachas en su casa de Granada.
Hachimi recuerda que el exterminador encargado de resolver el problema le explicó, con entusiasmo, cómo utilizaría un cebo para que los insectos se envenenaran entre sí. La imagen le resultó aterradora y, al mismo tiempo, le abrió una posibilidad narrativa: contar aquella estrategia desde la perspectiva de una cucaracha, sin revelar de inmediato la identidad del narrador.
“¿Cómo puedo jugar con un narrador para contar este esquema del horror sin decir que esto es un exterminio de cucarachas?”, recuerda que fue la pregunta que dio origen al relato.
La anécdota ilustra su manera de escribir cuentos: partir de una situación concreta y encontrar la forma narrativa capaz de transformarla en literatura. Para Hachimi, cada historia exige un lenguaje propio y obliga al autor a preguntarse quién habla, desde dónde lo hace y qué información decide compartir con el lector.
Esta búsqueda también explica la estructura fragmentada de varios relatos, divididos en secciones que permiten introducir cambios de perspectiva y saltos temporales. No se trata solamente de un recurso estético, sino de una manera de acompañar al lector sin resolverle todo de antemano.
“La única religión que profeso es la de la inteligencia del lector”, sostiene.
La literatura no siempre tiene que enseñar algo
Aunque Hachimi también escribe poesía y novelas, encuentra en el cuento una forma particular de condensación. En pocas páginas, una palabra, una imagen o una elección aparentemente insignificante puede transformar la lectura completa de una historia.
Como ejemplo, menciona Las ruinas circulares, de Jorge Luis Borges, donde un detalle cobra sentido a partir de lo que el lector descubre al final. Esa posibilidad de encontrar nuevas claves en una segunda o tercera lectura es, para él, una de las mayores virtudes del género.
También defiende que la literatura no tiene la obligación de transmitir una enseñanza concreta ni de justificar el tiempo que se le dedica mediante una explicación sobre el mundo.
“Yo personalmente estoy muy a favor de perder el tiempo y creo que el cuento es un género perfecto para ir a perder un rato”, dice.
La aparente contradicción es parte de su argumento: una historia quizá no enseñe algo de manera explícita, pero puede modificar las estructuras narrativas con las que una persona comprende la realidad y se relaciona con el lenguaje.
En ese sentido, el escritor considera que el cuento atraviesa un momento difícil en España, donde, desde su perspectiva, existe una mayor inclinación por las novelas extensas. Sin embargo, las respuestas positivas que ha recibido de otros escritores le han permitido encontrar lectores interesados en sus experimentos narrativos.
Con la llegada de Lo que hace falta a México, Hachimi espera ampliar esa conversación. Aunque todavía no ha recibido suficientes comentarios de lectores mexicanos, considera especialmente significativo que sus cuentos circulen en Latinoamérica, una región cuya literatura lee con frecuencia.
Más allá de anticipar cómo serán recibidas sus historias en otros contextos, el autor confía en las posibilidades de una literatura que no entrega todas sus respuestas de inmediato. Para él, el cuento conserva su fuerza precisamente porque puede comenzar con una pregunta, construir un mecanismo narrativo y terminar cuando todas sus piezas encuentran su lugar.