
La muerte tiene algo que nos obliga a mirar. Una fotografía de un accidente, un cuerpo tendido en la calle o una multitud reunida alrededor de una tragedia pueden detener por unos segundos el ritmo de una ciudad. ¿Qué buscamos en esas imágenes? ¿Información, respuestas, una explicación de lo ocurrido o, simplemente, satisfacer la curiosidad por aquello que nos resulta tan cercano como incomprensible?
Esas preguntas y otros dilemas se ven reflejados en Ciudad de muertos, la película dirigida por José Manuel Cravioto que toma como inspiración la obra de Enrique Metinides, uno de los grandes exponentes del fotoperiodismo de nota roja en México, para construir una historia de ficción ambientada en la Ciudad de México de los años cincuenta.
No es solo otra Biopic
Aunque últimamente el auge de las películas (y series) biográficas ha sido notorio, lejos de ser una biografía, el filme utiliza algunas de las fotografías y episodios históricos asociados con Metinides como punto de partida para crear un thriller que mezcla investigación criminal, terror y elementos sobrenaturales.
El protagonista, interpretado por Jero Medina, es un fotógrafo que ha hecho de la tragedia su oficio y que comienza a perder la frontera entre lo que registra con su cámara y aquello que ocurre en su propia mente.
La película recupera sucesos como el terremoto de 1957 y la caída del Ángel de la Independencia, pero se permite numerosas libertades narrativas para construir su relato.
Cravioto anteriormente ya ha explorado y llevado a la pantalla grande episodios como el movimiento estudiantil de 1968 en Olimpia, y el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro de 1971 (considerado como el Woodstock mexicano) con Autos, mota y rocanrol.

Una ciudad que se revela en rojo
Uno de los mayores atractivos del filme está en su composición visual. La fotografía de Diego Sebastián Tenorio, realizada principalmente en blanco y negro, cuida los encuadres, los planos y los detalles con una precisión que obliga al espectador a detenerse a observar.
En las únicas escenas en color, el rojo profundo aparece en el cuarto de revelado, donde la imagen adquiere una dimensión casi ritual: la tragedia deja de ser únicamente un acontecimiento y se convierte
en una fotografía que será vista, reproducida y consumida.
La propuesta visual evoca la textura analógica de una época, pero también recuerda que las imágenes de Metinides trascendieron la prensa. Su trabajo, que comenzó cuando era apenas un niño y se extendió durante décadas, terminó por ocupar espacios artísticos y museísticos sin perder el vínculo con la muerte real que documentaba.
¿Quién mira a quién?
El morbo es otro de los protagonistas. A través de diálogos y escenas, la cinta cuestiona tanto al fotógrafo que se acerca a una tragedia como a quienes se reúnen para observarla. La cámara no sólo registra el acontecimiento: también plantea una pregunta sobre la responsabilidad de quien decide mirar y de quien convierte ese momento en una imagen pública.
En una de sus reflexiones, la película se pregunta por qué de manera individual nos cuesta trabajo enfrentarnos a escenas violentas o incluso observar a la muerte misma, sin embargo, estando en una multitud nos envalentonamos.
La psicología social ha estudiado fenómenos como la difusión de responsabilidad y el efecto espectador, por los cuales la presencia de otras personas puede modificar la disposición individual a intervenir. Sin embargo, estos mecanismos no explican por sí solos el comportamiento de quienes observan una tragedia pues también intervienen el contexto, el miedo, la curiosidad y la percepción de peligro.
La pregunta se vuelve todavía más incómoda si la analizamos desde el contexto de una época en la que las imágenes violentas circulan sin pausa o censura mediante redes sociales y sitios web.

El costo de mirar demasiado
Hilado a lo anterior, otra pregunta que surge más allá del espectador habla sobre la persona que documenta estos sucesos. ¿Puede un oficio dedicado a documentar el dolor alterar la manera de entender el mundo? Investigaciones sobre salud mental de periodistas indican que la exposición repetida a acontecimientos traumáticos puede asociarse con síntomas de estrés postraumático y malestar psicológico. Un ejemplo fue un estudio con periodistas que cubrieron reiteradamente la pandemia encontró mayores niveles de malestar y síntomas de estrés postraumático entre quienes reportaban sobre COVID-19 que entre quienes cubrían otros temas.
El impacto tampoco se limita a quien presencia directamente una tragedia. Estudios experimentales sobre exposición repetida a violencia mediática han encontrado que, en determinadas condiciones, puede disminuir la respuesta emocional y la simpatía hacia las víctimas. Esto no significa que toda imagen produzca insensibilidad, pero sí que la repetición puede modificar nuestra reacción ante el sufrimiento.
Ciudad de muertos no ofrece respuestas definitivas. Su apuesta consiste en convertir la mirada en un asunto inquietante: ¿cuánto de la tragedia necesitamos ver para comprenderla y en qué momento dejamos de mirar a las personas para observar únicamente la muerte?
En ese límite, entre el registro y el espectáculo, la película encuentra su tema más potente. Porque la cámara puede congelar un instante, pero no puede resolver la pregunta ética que permanece detrás de él: ¿qué hacemos con aquello que decidimos mirar?
En términos generales, Ciudad de muertos construye una historia sólida que juega constantemente con los límites entre lo que ocurrió, lo que imaginamos y aquello que elegimos creer. Más allá del thriller, la película abre distintas interrogantes sobre el morbo, la memoria y nuestra relación con la tragedia. Es una cinta que invita a volver sobre sus pasos, a mirar por segunda vez sus encuadres y a reparar en esos pequeños detalles que adquieren otro significado cuando la historia llega a su desenlace. Una propuesta del cine mexicano ampliamente recomendable, especialmente para quienes disfrutan de las historias que no terminan cuando aparecen los créditos, sino que dejan preguntas dando vueltas.