
EL MOVIMIENTO COMO MEMORIA ANTICIPADA
Hay ejercicios que evocan el pasado, pero hay otros, más discretos, que evocan aquello que todavía no somos. El deporte pertenece a esta segunda familia. No se alimenta de la historia, sino de la posibilidad. Corre hacia adelante incluso cuando el cuerpo mira hacia atrás.
Cuando alguien corre, no recuerda su infancia, recuerda la versión de sí mismo que aún no llega. Cuando alguien entrena, no recupera lo perdido, intenta aproximarse a un horizonte que todavía no tiene forma.
El deporte es una máquina de futuro, una herramienta que actúa como si ya conociéramos el camino de regreso hacia lo que podríamos llegar a ser.
Por eso el deporte produce nostalgia, pero no nostalgia del pasado. Produce nostalgia del futuro. Una añoranza extraña por un cuerpo que aún no existe, una emoción por habilidades que todavía no tenemos, un deseo por la persona que podríamos habitar si el tiempo fuera un espacio negociable.
El cuerpo, cuando se mueve, ensaya versiones mejores de sí mismo. En cada zancada hay una promesa, en cada caída hay un prototipo, en cada recuperación hay un ensayo general del mañana. Moviéndose, el cuerpo piensa: quizá pueda ser más de lo que soy hoy.
Esa es la nostalgia más subversiva de todas.
EL ENTRENAMIENTO COMO ACTO DE FICCIÓN
Entrenar es participar en una ficción. Uno repite movimientos que anticipan un escenario que aún no existe.
La repetición no es pasado reiterado, sino futuro practicado. Cada gesto del entrenamiento es una carta enviada a un yo que no ha llegado todavía.
El deporte fabrica futuros posibles sin solemnidad teórica. El salto entrena la suspensión, pero también la fe; la carrera entrena el avance, pero también la paciencia; la fuerza entrena la tensión, pero también la voluntad.
El deporte, en su forma más profunda, es un laboratorio de temporalidad donde el cuerpo pone a prueba hipótesis sobre sí mismo.
Incluso el aficionado, el que corre en un parque sin meta oficial, se permite esta ficción íntima. Corre para conocer los bordes de su incertidumbre. Corre porque su cuerpo, de algún modo inexplicable, sabe que el futuro necesita ser practicado.
El mundo moderno, saturado de urgencias, delegó al deporte una función filosófica que pocas disciplinas conservan: mantener viva la idea de que el futuro todavía es negociable. Cada entrenamiento es la afirmación silenciosa de que la vida no se agota en la versión que ya somos.
Hay quien dice que el deporte es disciplina. Quizá lo sea, pero antes es imaginación encarnada.
LA NOSTALGIA DE UN PAÍS QUE AÚN NO LLEGA
Cuando una nación practica deporte a gran escala, no solo fortalece cuerpos, fortalece expectativas. El deporte colectivo no recuerda glorias antiguas, sino glorias hipotéticas. Es un diálogo con lo que aún no existe.
Por eso un país que se mueve es un país que todavía cree.Y un país que no se mueve es un país que ya renunció.
El deporte funciona como una metáfora de avance en un país que, en lo político y lo social, suele caminar en círculos. El atleta que progresa encarna, aunque sea por un instante, el país que podríamos ser si la voluntad coincidiera con las estructuras.
El deporte no es consuelo, es advertencia.Nos recuerda que el futuro no es una línea temporal, sino una actitud física. Que los cuerpos, cuando avanzan, arrastran consigo una idea colectiva. Que un país detenido no deja de moverse por falta de piernas, sino por falta de destino.
LO MEJOR AÚN PODRÍA OCURRIR
El deporte revela algo que preferiríamos no admitir:la nación entera vive una nostalgia por un futuro que todavía no ha podido merecer.
Esa nostalgia es dolorosa, pero también es promesa.Porque mientras exista el impulso de moverse, existirá la sospecha de que lo mejor aún podría ocurrir.Quizá por eso el deporte emociona tanto: porque ilumina, aunque sea un segundo, la versión de país que todavía no somos, pero que, en los mejores días, sentimos que podríamos llegar a ser.