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Hoy es martes y el cuerpo lo sabe

Lo que el deporte revela cuando nadie mira

SALTO DE FE. Un nadador se coloca en el borde. No prueba el agua, no negocia con la temperatura. Solo se lanza. Ese segundo, ese vuelo suspendido, es una declaración silenciosa de fe.

El salto que no consulta

Un nadador se coloca en el borde. No prueba el agua, no negocia con la temperatura. Solo se lanza. Ese segundo, ese vuelo suspendido, es una declaración silenciosa de fe. Aceptar un entorno sin certidumbre y confiar en que el cuerpo sabrá recibirlo. La caída dura instantes, pero en esa brevedad ocurre un tipo de lucidez física que rara vez se menciona. Lo notable no es la valentía, sino la entrega a un medio que aún no se conoce.

Pero no hace falta nadar para entenderlo. Todos tenemos un borde desde el cual saltar, un proyecto que da vértigo, una decisión sin garantías, un inicio que no avisa si dolerá.

La fe corporal es eso: actuar antes de tener todas las respuestas, aceptar que el movimiento a veces piensa más rápido que el juicio.

LA FATIGA QUE EXAGERA

En el kilómetro treinta y siete, la corredora acelera cuando su cuerpo parece estar negociando la rendición. La confianza aparece como una fuerza sin idioma, un empuje que viene del futuro más que del presente. Es una decisión improbable que contradice toda lógica, pero que revela la distancia entre lo que se siente y lo que en verdad queda disponible en el organismo.

El que no corre también lo conoce.

Es ese momento en el día, en la vida, en un duelo, donde algo en ti dice “no puedo más”, pero haces un milímetro más. La fatiga miente; la confianza es descubrirlo.

Y una vez que lo descubres, rara vez vuelves a creerle del todo a tu cansancio.

LA CAÍDA QUE NO TERMINA EN CAÍDA

El boxeador cae, el árbitro cuenta, y antes de que aparezca la voluntad, la rodilla ya se mueve. El cuerpo se levanta primero, el pensamiento llega después. Hay una especie de instinto antiguo que decide por él, un impulso que no nace del ánimo sino de la memoria muscular acumulada.

Todos hemos estado ahí, en el piso metafórico, sin ánimos ni claridad, pero con un gesto, pequeño y automático, que nos vuelve a poner de pie. La esperanza no es un sentimiento, es un movimiento anticipado, uno que ocurre sin pedir permiso, como si el cuerpo aún se negara a concluir su historia.

EL MÚSCULO IMAGINADO

La joven atleta entrena una fuerza que todavía no tiene. Su repetición torpe es una conversación con un cuerpo que apenas está por nacer. La técnica llegará después, igual que la potencia, pero lo decisivo ocurre ahora, cuando el cuerpo empieza a registrar la posibilidad.

Esto también es universal. Todos trabajamos alguna vez para un futuro que no podemos ver, para una versión de nosotros que aún no existe. La visión no es adivinar lo que viene, es prepararse para recibirlo, incluso si la forma exacta de ese porvenir todavía es desconocida.

EL AMOR QUE PERMANECE

El veterano entrena sin expectativa. No aspira a titulares ni medallas, solo busca quedarse cerca del deporte que le ordena la vida. No corre más rápido, no reacciona primero, pero continúa. Y en esa continuidad hay una lealtad que ya no necesita demostraciones.

Así ocurre fuera del campo. Seguir en un lugar, en una relación, en un oficio, no por lo que promete, sino por lo que te acomoda el alma. El amor, cuando es verdadero, ya no exige victoria: exige presencia, una forma de estar incluso cuando las luces ya no apuntan hacia uno.

LA PAUSA QUE REVELA

La ciclista frena en pleno descenso, solo un segundo.

No es miedo ni cansancio, es diagnóstico. Escucha su respiración para recuperar el centro. Revisa la tensión en las manos, el pulso en el pecho, la alineación de la mirada.

Cualquiera puede nombrar esa sensación: el impulso que te arrastra, el vértigo que te acelera, el momento en que necesitas frenar para volver a ser tú. La actitud no es ir más rápido, es decidir cuándo detenerse, incluso si el mundo entero parece insistir en lo contrario.

LO QUE EL DEPORTE REVELA CUANDO NADIE MIRA

Uno entrena para saltar, correr, levantar, resistir, pero el deporte enseña otras cosas que nadie promete: la fe sin garantías, la confianza sin evidencia, la esperanza sin cálculo, la visión sin forma, el amor sin recompensa y la actitud sin testigos.

Las técnicas cambian, los tiempos pasan, los músculos se cansan. Lo que queda es esto: un conjunto de secretos corporales que siguen funcionando, aunque ya no compitas.

Y quizá por eso el deporte dura más que la victoria, porque lo que el cuerpo aprende en silencio, cuando nadie mira, suele ser lo único que realmente permanece.

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