
La negociación más difícil
A veces tengo que negociar cosas importantes conmigo mismo.No con los demás.No con el mundo.Conmigo.
Con mi cuerpo, que no siempre quiere lo mismo que mi cabeza.Con mi cansancio, que no pide permiso para aparecer.Con mis límites del día, que no respetan agendas ni convicciones.
No es una negociación elegante. No hay contratos ni firmas. Es más bien un acuerdo precario, revisable, que se rehace cada mañana. Un trato interno que nunca queda del todo cerrado. Porque el cuerpo cambia de opinión. Y con razón.
Nos han enseñado a pensar la voluntad como una fuerza que se impone. Algo recto, firme, casi militar. Pero en la vida real —y en el deporte todavía más— la voluntad funciona mejor como capacidad de negociación. No todo se gana. No todo se empuja. A veces, insistir no es fortaleza: es torpeza.
El cuerpo no es un adversario al que haya que doblegar. Es un socio incómodo, sí, pero imprescindible. Cuando no se le escucha, no se rinde: se cobra.
DISCIPLINA NO ES IMPOSICIÓN
En el deporte se habla mucho de disciplina y poco de acuerdos. Se celebra la constancia, la repetición, la capacidad de hacer “lo que toca” incluso cuando no hay ganas. Todo eso tiene valor, sin duda. Pero se vuelve peligroso cuando se olvida algo elemental: la disciplina que dura no se impone, se negocia.
Cada entrenamiento es una conversación.A veces breve.A veces tensa.A veces silenciosa.
El cuerpo responde, pero también propone. Sugiere ritmos, advierte señales, marca límites que no siempre queremos escuchar. Negociar no significa ceder a la primera molestia ni abandonar al menor síntoma. Significa interpretar. Distinguir entre resistencia adaptativa y advertencia legítima.
Aquí aparece una confusión frecuente: creer que negociar con el cuerpo es debilidad. Como si escuchar fuera sinónimo de rendirse. En realidad, es lo contrario. La negociación es una forma sofisticada de disciplina. Mucho más exigente que la obediencia ciega, porque obliga a estar presente.
La obediencia automática puede sostenerse un tiempo.La negociación consciente, mucho más.
Por eso hay cuerpos que duran y otros que se rompen rápido, aun entrenando “bien”. No es solo genética ni suerte. Es la calidad del diálogo interno. Saber cuándo empujar y cuándo reformular el acuerdo. Saber que el cuerpo no firma contratos eternos.
CUANDO NO SE NEGOCIA, SE ROMPE ALGO
El problema no es entrenar duro. El problema es entrenar sin renegociar. Creer que un acuerdo firmado ayer vale hoy, cuando el cuerpo ya cambió. Dormimos distinto. Comimos distinto. Vivimos distinto. El cuerpo lo sabe. Nosotros no siempre.
Cuando no se negocia, algo se quiebra. A veces es pequeño: una molestia persistente, una fatiga que no se va, una irritabilidad sin causa clara. Otras veces es más evidente: una lesión, una caída del rendimiento, una apatía que antes no estaba.
No son traiciones del cuerpo. Son rescisión unilateral del contrato.
La voluntad sin negociación termina en huelga. El cuerpo no se rebela de golpe. Primero reduce. Luego avisa. Finalmente, impone el límite por su cuenta. No por maldad, sino por supervivencia.
Negociar con uno mismo es aceptar que no somos una línea recta. Que la vida corporal es oscilación, ajuste, corrección constante. Que el rendimiento sostenido no se construye a base de órdenes, sino de pactos revisables.
Tal vez por eso las trayectorias largas —en el deporte y fuera de él— no se explican por heroicidad, sino por una habilidad más discreta: saber conversar con el propio cuerpo sin mentirse demasiado.
A veces el trato es claro: hoy sí.Otras veces es incómodo: hoy no, u hoy menos.Y algunas veces el acuerdo es mínimo: hoy solo estar.
Pero incluso ese acuerdo pequeño sostiene algo grande: la posibilidad de seguir.
Porque al final, entrenar, vivir, insistir… todo eso es secundario si no hay cuerpo que lo acompañe. Y el cuerpo no responde a órdenes perpetuas. Responde a relaciones.
Negociar con uno mismo no es rendirse.Es seguir jugando la partida sin romper el tablero.
Y en tiempos que empujan siempre hacia adelante, esa capacidad —tan poco épica— puede ser la forma más inteligente de disciplina que tenemos.