
Cuando el futuro dejó de esperar
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que la modernidad se buscaba.Se la perseguía con entusiasmo, con fe casi religiosa. Era promesa, horizonte, posibilidad. El futuro estaba adelante y había que ir hacia él, aunque costara trabajo.
Hoy ocurre algo distinto.La modernidad ya no espera.Viene hacia nosotros.
No avanza con intenciones claras ni con promesas explícitas. Avanza como exigencia, como actualización constante, como recordatorio de que siempre vamos un paso atrás. Ya no corremos para alcanzar algo mejor, sino para no quedar fuera.
La sensación no es de avance, sino de persecución.
Y el cuerpo lo sabe antes que el discurso.
EL CUERPO QUE CORRE A LA DEFENSIVA
En este nuevo paisaje, correr ya no es metáfora de progreso. Es reflejo defensivo. No se corre por placer ni por conquista, sino para no ser alcanzado por la obsolescencia. No quedarse atrás. No perder ritmo. No desaparecer del radar.
La modernidad se volvió un predador elegante: no muerde, mide. Clasifica, compara, ordena. Todo tiene ritmo, ranking, estándar. Y el cuerpo, que antes era promesa de futuro, ahora es variable de ajuste.
Corremos para estar en forma.Para producir.Para responder.Para no desentonar.
Pero rara vez nos preguntamos: ¿de qué estamos huyendo exactamente?
El cuerpo entra en estado de alerta permanente. No por peligro inmediato, sino por presión difusa. La exigencia no tiene rostro, pero tiene calendario. No tiene voz, pero tiene métricas. No amenaza, pero no perdona pausas.
En ese contexto, el deporte se transforma. Deja de ser espacio de juego o exploración y se vuelve entrenamiento para resistir el mundo. No para disfrutarlo, sino para soportarlo mejor. El cuerpo se prepara no para vivir más, sino para aguantar más.
LA VELOCIDAD COMO FORMA DE OBEDIENCIA
La modernidad no obliga a correr.Eso sería tosco.Invita.
Sugiere.Inspira.Motiva.
Y sin darnos cuenta, obedecemos. Ajustamos ritmos, intensidades, agendas. Llenamos los huecos. Eliminamos las pausas sospechosas. El descanso empieza a parecer irresponsable. La lentitud, una falla moral.
Pero correr sin saber hacia dónde no es avanzar. Es reaccionar.
El cuerpo, sometido a esta lógica, aprende una lección peligrosa: detenerse es perder. Y entonces corre incluso cuando no hace falta. Incluso cuando no quiere. Incluso cuando ya no puede.
No se trata de nostalgia por un mundo más lento. Se trata de advertir que la aceleración permanente no es neutral. Tiene consecuencias físicas, emocionales, sociales. El cuerpo se vuelve un lugar de paso, no de estancia. Un medio, no un hogar.
Y sin embargo, el cuerpo sigue ahí. Haciendo lo que puede. Adaptándose. Compensando. Negociando.
Hasta que no puede más.
EL GESTO MÍNIMO DE NO HUIR
Tal vez entender el deporte hoy consista en algo menos heroico y más preciso: distinguir cuándo correr y cuándo no. Recuperar el gesto mínimo de decidir el ritmo propio, aunque sea por momentos. No para escapar del mundo, sino para no vivir siempre perseguidos por él.
El problema no es la modernidad.El problema es correr siempre en su dirección, aunque no sepamos cuál es.
El cuerpo no está hecho para huir indefinidamente. Está hecho para moverse con sentido. Para alternar impulso y pausa. Para correr… y también para quedarse.
Quizá el verdadero acto subversivo ya no sea ir más rápido, sino no acelerar cuando nadie lo pidió de verdad. Escuchar al cuerpo cuando baja el ritmo. Entender que no todo retraso es fracaso, ni toda velocidad es avance.
Correr puede ser una elección gozosa.Huir, no.
Cuando la modernidad deja de ser promesa y se vuelve persecución, el deporte tiene dos opciones: convertirse en entrenamiento para sobrevivir al acoso o recuperar su función más antigua y más olvidada: devolverle al cuerpo la posibilidad de marcar su propio paso.
Tal vez ahí empiece algo distinto.No un futuro mejor.Pero sí un presente menos perseguido.
Y para un cuerpo cansado de correr sin saber por qué, eso ya es bastante.