
A cierta edad, ya no nos interesa tanto saber qué tan rápido podemos correr detrás del autobús, sino qué ocurre dentro de la maquinaria cuando dejamos de correr.Nos interesa la resiliencia, no la velocidad.
Para dialogar con esa verdad biológica existe una herramienta antigua, sencilla y honesta hasta la incomodidad: la prueba de Ruffier-Dickson.
No se alarme. No pretendo convertir su sala en un consultorio ni invitarlo a la hipocondría. Lo que propongo es un ejercicio de pedagogía corporal: una forma de hacerse una pregunta bien planteada y tener la decencia de escuchar la respuesta del corazón, sin intermediarios y sin tecnología de por medio. Solo usted, un reloj y una silla.
LA PRUDENCIA DE LAS RODILLAS
La prueba original fue pensada para atletas y sentadillas al aire. Pero como aquí respetamos la historia y las rodillas prudentes, esa categoría silenciosa de quienes ya hemos caminado bastante, vamos a usar una versión adaptada con silla. No para facilitar las cosas, sino para hacerlas sensatas. El esfuerzo sigue ahí; el castigo articular, no es obligatorio.
El ritual consta de tres tiempos. Conviene tomárselo en serio, como quien firma un tratado de paz con su propio organismo.
EL SILENCIO (P1).
Siéntese y espere a que el mundo deje de girar. Cuando esté en calma, tómese el pulso durante 15 segundos y multiplíquelo por cuatro (o use el minuto completo si prefiere la exactitud). Ese número es su P1: el punto desde donde parte todo.
LA TORMENTA (P2).
Levántese y siéntese de la silla 30 veces en 45 segundos. Hágalo a ritmo constante, sin heroicidades ni competencias imaginarias contra su versión de hace veinte años. Al terminar la última repetición, mida el pulso de inmediato. Ese es su P2: el corazón cumpliendo con su trabajo.
EL RETORNO (P3).
Siéntese otra vez. Respire. Deje pasar exactamente un minuto y vuelva a medir los latidos. Ese es su P3: la capacidad del cuerpo para volver a casa.
LA ARITMÉTICA DE LA CALMA
Ahora viene la parte numérica, que no es un examen de matemáticas sino una forma de ponerle orden a la experiencia. La prueba de Ruffier-Dickson utiliza una fórmula sencilla que observa dos cosas: cuánto se alteró el corazón y qué tan bien deshizo esa alteración.
La fórmula es esta:
Índice = [(P2 – 70) + 2(P3 – P1)] / 10
Pongamos un ejemplo concreto. Supongamos que alguien, llamémosle Héctor. empezó con 70 latidos en reposo (P1). Tras el esfuerzo de la silla, su pulso subió a 110 (P2). Y después de un minuto de descanso, bajó a 85 (P3).
La operación se hace en dos movimientos.
Primero, se mide la intensidad del esfuerzo: al pulso agitado (110) se le resta la base estándar de 70. El resultado es 40.
Luego se mide la deuda de recuperación: al pulso final (85) se le resta el inicial (70). Eso da 15. Esa diferencia se multiplica por dos, porque aquí la recuperación pesa más que el sobresalto. El resultado es 30.
Se suman ambos valores (40 + 30 = 70) y el total se divide entre diez. El resultado de Héctor es 7.
LEER EL NÚMERO SIN DRAMATISMOS
Ese número final es una pista, no una sentencia.
Entre 0 y 6, el corazón se altera y vuelve al orden con disciplina: buena adaptación. Entre 6 y 9, el cuerpo tolera el esfuerzo, pero negocia con más lentitud el regreso a la calma: no es alarma, es aviso. Por encima de 9, el organismo no pide quietud, la quietud es óxido, pide estrategia: moverse con suavidad, constancia y respeto. Y, si hace falta, conversar con el médico sin urgencias teatrales.
Esta prueba no sirve para ganar medallas olímpicas. Sirve para entender algo que a menudo olvidamos: que la salud, a cierta altura del partido, no se mide por cuánto se acelera uno, sino por qué tan bien aprende a volver a la calma.
Y esa, conviene decirlo, es una forma bastante decente de estar en el mundo.