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‘Para entender el deporte’

Habitar el cuerpo cuando duele

LA VULNERABILIDAD COMO VERDAD ATLÉTICA, Lo extraordinario no es que el cuerpo se lesione. Lo extraordinario es que, pese a ello, insista en funcionar. Que reorganice su equilibrio. Que redistribuya la carga. Que aprenda a moverse distinto. El organismo no se ofende cuando algo falla. Se adapta.

El cuerpo no es escenario, es casa

En el deporte solemos hablar del cuerpo como herramienta. Se entrena, se afina, se optimiza. Lo tratamos como instrumento de rendimiento, como si fuera un objeto que usamos para conseguir otra cosa. Sin embargo, el cuerpo no es escenario. Es casa.

Y no siempre una casa cómoda.

Mientras todo funciona, casi no lo notamos. Subimos escaleras, corremos, cargamos, respiramos sin pensar en ello. El cuerpo se vuelve transparente, como si fuera un trámite biológico. Pero basta una lesión, una cirugía o una fatiga persistente para que esa transparencia desaparezca. De pronto sentimos cada movimiento. Cada articulación. Cada límite.

El dolor tiene esa virtud incómoda, nos obliga a habitar el cuerpo con atención. Nos recuerda que no vivimos dentro de ideas, sino dentro de tejidos.

LA VULNERABILIDAD COMO VERDAD ATLÉTICA

El deporte vende fortaleza, disciplina, superación. Nos seduce con la imagen de potencia. Pero detrás de cada atleta hay una biología frágil. Tendones que pueden inflamarse. Músculos que pueden romperse. Sistemas nerviosos que pueden saturarse.

La vulnerabilidad no es un error del cuerpo, es su condición estructural.

Lo extraordinario no es que el cuerpo se lesione. Lo extraordinario es que, pese a ello, insista en funcionar. Que reorganice su equilibrio. Que redistribuya la carga. Que aprenda a moverse distinto. El organismo no se ofende cuando algo falla. Se adapta.

Cuando algo duele, el cuerpo no dramatiza. Ajusta. Compensa. Protege. A veces nos obliga a reducir el ritmo, no para castigarnos, sino para preservarnos. El problema no es la fragilidad, sino la ilusión de invulnerabilidad con la que solemos entrenar y vivir.

Habitar el cuerpo cuando duele implica aceptar que no somos invencibles, pero tampoco estamos indefensos. Entre la omnipotencia y la rendición existe una zona intermedia, la adaptación inteligente.

Y el deporte, cuando se entiende con madurez, no enseña a negar la vulnerabilidad. Enseña a convivir con ella sin resentimiento.

NO HUIR DEL LÍMITE

Hay una tentación moderna, anestesiar cualquier señal incómoda. Si algo duele, se silencia. Si algo limita, se sustituye. Si el cuerpo protesta, se ignora, como si escuchar fuera perder.

Pero ignorar el límite no lo elimina. Solo lo posterga y, casi siempre, lo agrava.

El verdadero aprendizaje corporal no consiste en empujar siempre un poco más, sino en distinguir cuándo el límite es desafío y cuándo es advertencia. No todo dolor es crecimiento. A veces es exceso. Y reconocerlo no es debilidad, es una forma de lucidez.

Habitar el cuerpo implica escuchar sus variaciones sin dramatizarlas. Entender que la fuerza no está en no sentir, sino en sentir sin huir. Aceptar que el rendimiento no es una línea ascendente infinita, sino una curva con pausas, retrocesos y recomposiciones.

El cuerpo no nos pertenece como propiedad. Nos pertenece como experiencia. Y esa experiencia no siempre es cómoda, pero siempre es real.

SEGUIMOS SIENDO HUMANOS

Quizá ahí esté la lección más silenciosa del deporte. No entrenamos solo para mejorar marcas. Entrenamos para aprender a vivir dentro de un organismo que cambia, que envejece, que se adapta y que, en ciertos momentos, se detiene para protegerse aunque nuestra ambición proteste.

Porque cuando el cuerpo duele, no nos está traicionando. Nos está informando que seguimos siendo humanos.

Habitar el cuerpo no es dominarlo. Es permanecer en él incluso cuando deja de ser confortable.

Y esa permanencia, sin épica y sin negación, es tal vez la forma más honesta de fortaleza.

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