
Los uruguayos se molestaron porque muchos mexicanos apoyaron a España.
¿Por qué debía México apoyar a Uruguay? La respuesta llegó vestida de evidencia: porque somos latinoamericanos. Ah, la geografía convertida en suegra. Apenas uno se descuida, ya está diciéndonos a quién debemos querer, a quién saludar, a quién prestarle la silla y por quién gritar cuando el partido se pone feo.
“Somos hermanos”, dice el reclamo. Pero los hermanos, como todo mundo sabe, suelen acordarse del parentesco con mayor entusiasmo cuando necesitan mudanza, dinero o tribuna.
La hermandad latinoamericana tiene momentos bellísimos. También tiene horario de oficina. Abre cuando conviene, cierra cuando incomoda y deja un recado en recepción: “vuelva usted cuando nos estén eliminando”.
El problema no es Uruguay. Uruguay es un país admirable, pequeño en territorio y desmesurado en relato. Ha sabido hacer de la garra una manera de respirar. De la escasez, una escuela. De la camiseta, una especie de documento nacional escrito con dientes apretados. Pero quizá por eso mismo le cuesta aceptar que el cariño ajeno no se hereda por títulos ni por mapas. La simpatía no tiene obligación de reconocer copas antiguas. Es una ingrata: se sienta donde quiere.
EL MAPA NO SABE APLAUDIR
Hay una confusión de fondo: creer que el mapa debe organizar los afectos. Pero el mapa es un señor muy serio que no ha estado en suficientes estadios. Sabe dividir territorios, pintar fronteras, poner nombres, fingir precisión. Pero no sabe por qué un niño mexicano prefiere a España por un jugador del Barcelona, ni por qué un abuelo se emociona con una camiseta roja, ni por qué una tribuna neutral decide querer al que no debía.
La grada, en cambio, no señala: inventa. Inventa parientes, enemigos, deudas, simpatías, traiciones y amores de noventa minutos. A veces adopta a Corea porque Corea, en otra vida mundialista, le prestó futuro a México. A veces abraza a Japón porque un japonés lloró y México tiene debilidad por quien llora con decencia. A veces apoya a España porque España no es sólo España: es lengua, herida, exilio, abuelo, bar, culpa, novela, apellido, club de fútbol y una discusión de quinientos años que todavía no termina de pagar la cuenta.
España, para México, no es un país visitante. Es un pariente incómodo que se quedó demasiado tiempo en la conversación familiar. Se le puede reclamar, querer, odiar, imitar, negar y apoyar en el mismo partido sin que la contradicción pida licencia. México no tiene con España una relación limpia. Tiene algo mejor para la literatura: una relación imposible.
Uruguay pedía una solidaridad más ordenada, más continental, más de atlas escolar. Pero la emoción mexicana no suele obedecer programas de civismo. México reparte afecto como reparte salsa: con exceso, arbitrariedad y consecuencias.
Por eso el reclamo uruguayo es tan interesante. No porque sea escandaloso, sino porque revela una tristeza menor: nadie quiere descubrir que su parentesco no garantiza aplauso. Uno puede ser hermano de continente y, sin embargo, perder la preferencia emocional frente a un equipo europeo. Duele, claro. Pero también educa. La familia no siempre nos quiere en público.
EL ABRAZO OBLIGATORIO NO ABRAZA
El Mundial funciona como una pequeña fábrica de parentescos falsos que, durante un rato, son más verdaderos que los auténticos. Nos hace coreanos por gratitud, japoneses por ternura, españoles por memoria, africanos por justicia poética, caribeños por simpatía, y de pronto nos devuelve mexicanos cuando el marcador nos llama por nuestro nombre.
Eso molesta a quienes quieren afectos estables. Pero el fútbol no produce estabilidad. Produce una forma intensa y barata de locura colectiva. Nadie entra a un Mundial para comportarse como notario. Uno entra para olvidar, durante dos horas, que la vida ya está demasiado reglamentada.
El error está en exigir amor por decreto. El amor decretado nace viejo. Se parece a esos himnos que todos cantan con respeto y nadie recuerda por gusto. El abrazo obligatorio no abraza: cumple.
LA EMOCIÓN FUTBOLERA NO PIDE GENEALOGÍA
Uruguay se sintió desairado porque esperaba una solidaridad automática. Pero en el Mundial no hay afectos automáticos. Hay afectos repentinos, que son menos confiables y mucho más humanos. La emoción futbolera no pide genealogía: pide motivo. Y a veces el motivo es noble; otras veces es caprichoso; casi siempre es inexplicable, que es la manera elegante que tiene el corazón de no rendir cuentas.
Al final, el partido entre España y Uruguay dejó un resultado en la cancha y otro en la tribuna. El de la cancha lo entendieron los estadísticos. El otro, más pequeño y más venenoso, lo entendió la familia continental: ser latinoamericano no obliga a gritar por cualquiera que llegue con el mismo apellido geográfico.
Y quizá esté bien. Porque si la afición obedeciera al mapa, sería una oficina. En cambio, por fortuna y por desgracia, se parece más a una familia en domingo: quiere a quien quiere, discute por tonterías, exagera sus heridas y, cuando alguien reclama parentesco, responde con una crueldad doméstica y exacta: ser familia no garantiza que te echen porras.