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Para entender el deporte mundialista

La calle que ganó después del partido

. La multitud es una persona mal repartida. (Tomás Pérez/EFE)

Aún con la euforia mundialista. Cuando ganó México, no salieron setecientas mil personas a la calle. Salió una sola persona, pero mal repartida en setecientas mil. Conviene decirlo así porque una multitud no es una suma; es una aparición. La aritmética sirve para contar cuerpos, no para entenderlos. Si la aritmética entendiera algo, no habría estadios: habría únicamente boletos vendidos.

El partido había terminado, pero la ciudad no. O mejor dicho: el partido terminó para los jugadores, que tienen esa ventaja contractual de poder irse al vestidor. Para la calle, en cambio, el encuentro apenas comenzaba.

LA CIUDAD GRITÓ AL UNÍSONO

Entonces Reforma, el Ángel, las glorietas, las banquetas y las esquinas dejaron de ser lugares para convertirse en una sola garganta. La ciudad gritó como si hubiera recordado, de pronto, que tenía pulmones. Camisetas verdes, máscaras de lucha libre, banderas mojadas, vuvuzelas, vendedores, cerveza, niños sobre hombros y desconocidos abrazándose con esa hermosa irresponsabilidad de los parientes recién inventados.

El estadio tiene puertas. La calle no. Esa es su ventaja y también su delito.

Una ciudad normal administra tránsito. Una ciudad mundialista administra emoción, que es mucho más peligroso. El tránsito obedece semáforos; la emoción cruza en diagonal.

Por eso una celebración así inquieta tanto. No sólo por el desorden. Inquieta porque revela algo que la vida diaria oculta con notable eficacia: debajo de la ciudad funcional existe una ciudad deseante, una ciudad que no quiere llegar a tiempo, sino llegar junta.

LA PATRIA SE ESCAPÓ DE LA OFICINA

Esa patria callejera no sabe comportarse. Canta mal. Invade carriles. Derrama cerveza. Confunde la libertad con la banqueta completa. Pero posee una virtud que rara vez tiene la patria oficial: parece viva.

Ahí ocurre la verdadera diplomacia sentimental del Mundial. No la de las cancillerías, que firman acuerdos, acomodan banderas y sonríen con los dientes entrenados. La otra. La diplomacia sin permiso.

La que ocurre cuando un coreano se vuelve hermano porque alguna vez Corea le prestó futuro a México; cuando un japonés llora porque una multitud mexicana grita “Nippon” con más ternura que pronunciación; cuando un visitante descubre que aquí puede recibir una nacionalidad provisional sin trámite alguno, siempre que acepte el abrazo y sobreviva al mariachi emocional.

México no nacionaliza con pasaporte. Nacionaliza con tacos.

El Mundial no produce solamente resultados. Produce familiares de ocasión, compadres de tres horas, hermanos por marcador ajeno, naciones adoptivas y pequeñas ciudadanías emocionales que no duran mucho, pero duran lo suficiente para desmentir la soledad.

LA BASURA ERA LA FIRMA DEL JÚBILO

Al día siguiente llegó la realidad con escoba. Siempre llega. La realidad es una señora puntual, poco poética, vestida de servicio urbano. Reforma amaneció con latas, vasos, bolsas, flores maltratadas, manchas, restos de comida, objetos huérfanos y funcionarios preocupados. La felicidad popular tiene esa mala costumbre: de noche parece epopeya; de mañana parece problema de limpieza.

La autoridad pensó en restringir el alcohol. Es comprensible, aunque ligeramente ingenuo. Como si la euforia hubiera venido embotellada. Como si setecientas mil personas hubieran salido a la calle por culpa de una cerveza y no por algo mucho más difícil de regular: la necesidad humana de sentirse parte de un grito común.

Una ciudad salió a decir que todavía podía sentirse junta. Y eso, en estos tiempos de individuos enjaulados en pantallas, no es poca cosa. Cada quien vive encerrado en su contraseña, su deuda, su tráfico, su cansancio y su miedo privado. De pronto, un gol, una victoria, una noche o una avenida les recuerdan a esas personas dispersas que todavía pueden convertirse en multitud.

EL SECRETO DE LA MULTITUD

Una multitud es un escándalo filosófico: demuestra que el individuo no estaba completo.

Por eso asusta. No sólo porque bloquee calles o deje basura. Asusta porque prueba que la ciudad no estaba dormida; estaba esperando un pretexto. El futbol dio ese pretexto. La calle hizo el resto.

El marcador dijo que ganó México. El marcador, como siempre, creyó haber terminado su trabajo. Pero no entiende la calle. No entiende que una victoria puede sacar a un país de su casa. No entiende que una avenida puede convertirse en biografía común. No entiende que una multitud no celebra únicamente un resultado, sino la breve sospecha de que la vida dejó de estar administrada por la tristeza.

Después se limpió Reforma. Volvieron los coches, los semáforos, la prisa, los cláxones y la ciudad con su rostro de trámite. Pero algo había ocurrido. La calle volvió a ser calle, sí, pero ya conocía su secreto: podía ser estadio cuando quisiera.

Y eso no se barre tan fácil.

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