Escenario

Entre tacos, viento del Pacífico y pantallas encendidas, Tijuana vivió su primer Festival de Cine. Cuatro días de historias, conversaciones y miradas que demostraron que el norte también sabe filmar —y soñar— con su propia voz

El cine llegó a la frontera: fuimos al primer Festival de Cine de Tijuana… y así fue

Festival de Cine de Tijuana (Especial)

La tarde del 6 de noviembre de 2025 olía a mar y a estreno. En Playas de Tijuana, el aire cargado de sal y expectativa recibía a decenas de jóvenes con cámaras colgando del cuello, mochilas repletas de ideas y una consigna clara: “la frontera también filma”. Así empezó el primer Festival de Cine de Tijuana (FCTJ), cuatro días de proyecciones, talleres y conversaciones que convirtieron a la ciudad en una especie de set cinematográfico al aire libre.

Lo que podría haber sido un evento pequeño terminó siendo una irrupción cultural. Más de cinco mil personas llenaron salas, cafés, y hasta pasillos de la Casa de la Cultura de Playas, donde se inauguró oficialmente el encuentro. La emoción se respiraba. No era solo cine: era identidad, era pertenencia. Y en una ciudad acostumbrada a mirar hacia el norte, este festival decidió mirarse a sí misma.

El FCTJ nació con un objetivo ambicioso: ser la plataforma del cine hecho desde la frontera, ese que habla con acento mezclado, que cruza idiomas y géneros, y que entiende la vida como una especie de frontera perpetua. Entre sus tres convocatorias —Cortometraje Universitario, Cine Talents y Plataforma Norte— el festival ofreció desde vitrinas para estudiantes hasta apoyos de hasta 250 mil pesos para largometrajes en desarrollo, demostrando que el cine independiente puede tener músculo, incluso lejos de la Ciudad de México.

Esa primera noche hubo discursos, risas, y una frase que se quedó rebotando entre las paredes del recinto: “Contar desde Tijuana también es contar México.”

Proyecciones en el FCTJ (Especial)

Voces, premios y personajes de película

El segundo día, entre una proyección y otra, me encontré tomando café con una estudiante de la UABC que me confesó que había editado su corto “en un celular de segunda mano”. En su rostro brillaba la mezcla de nervios y orgullo de quien está mostrando su historia por primera vez en una pantalla grande. Esa es, quizá, la esencia del festival: la posibilidad de que lo cotidiano se vuelva cine.

En las salas se escuchaban murmullos, acentos diversos, inglés y español entremezclados como siempre en esta frontera que no pide permiso para ser bilingüe. Y en medio de esa mezcla, los nombres de los ganadores empezaron a circular entre los asistentes para despues confirmarse en la premiación que fueron:

  • Domingo familiar, de Gerardo del Razo, se llevó el premio al Mejor Cortometraje Universitario, una historia pequeña pero entrañable sobre la rutina y la ausencia.
  • Casa Chica, dirigida por Lau Charles, se llevó el galardón a Mejor Dirección, con una propuesta visual que recordaba al cine íntimo de los noventa, pero con una sensibilidad contemporánea.
  • En Plataforma Norte, los proyectos Rancheros de Rodrigo Álvarez Flores y Como muere un hombre de María Fernanda Carrillo Solís recibieron apoyo económico de 125 mil pesos cada uno, una bocanada de oxígeno para cineastas que filman con más pasión que presupuesto.

Y claro, los invitados: el director David Pablos, tijuanense de nacimiento y ya figura consolidada, regresó a su ciudad para hablar de cómo empezó todo “con una cámara prestada y sin permisos”. También apareció Jaime Jasso, artista de efectos visuales que ha trabajado en producciones de Hollywood. Su mensaje fue simple pero contundente: “No hay razón para pensar que el talento de frontera es menor. Aquí hay historias que el mundo necesita ver.”

Uno de los momentos más emotivos fue el homenaje al cineasta Héctor Villanueva, quien recibió el Premio a la Trayectoria. Los aplausos fueron largos y sentidos; muchos de los jóvenes presentes habían sido sus alumnos. “Si estamos aquí, es porque él nos enseñó que se podía hacer cine desde la esquina más lejana del mapa”, dijo alguien entre lágrimas.

David Pablos en Q&A (Especial)

Lo que queda después de las luces

El último día, Tijuana parecía una ciudad distinta. En cada café se hablaba de cine, de guiones, de planos, de futuros rodajes. Las conversaciones se extendían hasta la madrugada, entre cerveza artesanal y la bruma del Pacífico. Y aunque el festival acababa, la sensación era que algo apenas comenzaba.

El FCTJ no fue solo una agenda de proyecciones: fue un acto político, emocional y creativo. En una región donde muchas veces los artistas deben migrar para ser escuchados, este festival propuso lo contrario: quedarse, filmar aquí, narrar desde la frontera. Fue también una apuesta por la comunidad, por esa red invisible que une a los que hacen cine con los que lo aman.

Las convocatorias gratuitas o de bajo costo, el acceso abierto y el enfoque formativo marcaron la diferencia. No se trató de exclusividad, sino de inclusión: estudiantes, productores, técnicos, fotógrafos y público general compartieron el mismo espacio sin jerarquías. En las charlas, nadie se presentaba con títulos rimbombantes; todos hablaban desde el entusiasmo.

Y en esa mezcla de voces, la idea de Tijuana como un nuevo epicentro cinematográfico ya no sonaba descabellada. La ciudad tiene los paisajes, las historias y la energía para hacerlo. El reto —como se repitió varias veces— será mantener el impulso, fortalecer la infraestructura, atraer inversión y seguir abriendo puertas.

Para 2026, los organizadores ya prometen una segunda edición más grande, con alianzas internacionales, nuevas secciones y un enfoque aún más abierto hacia el cine documental y experimental. “No queremos ser un festival más —decían—, queremos ser el festival que cambió la conversación sobre el cine en el norte.”

Salí de aquella premiación con la sensación de que algo se había movido en la frontera. No solo en la pantalla, sino en la forma en que los tijuanenses se miraban entre sí, reconociéndose por fin como parte de una narrativa compartida.

Porque cuando cae la noche y el viento del Pacífico se mezcla con la luz del proyector, Tijuana deja de ser frontera y se convierte en pantalla.

Y tal vez ahí, entre sombras y fotogramas, comienza el verdadero cine del norte.

Ganadores del FCTJ (Christian Aracely Vargas Esparza)

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