
Durante años, internet dejó de ser únicamente una plataforma de entretenimiento para convertirse también en una fábrica de mitologías modernas. Foros, creepypastas, videos encontrados y teorías digitales comenzaron a construir nuevos imaginarios colectivos donde el miedo ya no provenía de castillos embrujados o criaturas ancestrales, sino de imágenes aparentemente ordinarias capaces de producir una incomodidad inexplicable. Dentro de ese universo nació Backrooms, uno de los fenómenos más inquietantes de la cultura digital reciente, y ahora Kane Parsons —el creador detrás de Kane Pixels— lleva esa pesadilla al cine bajo el respaldo de A24.
El resultado es una película extraña, absorbente y profundamente incómoda que utiliza el horror no para provocar sobresaltos fáciles, sino para explorar el vacío emocional de una generación hiperconectada. Más que monstruos o violencia explícita, Backrooms construye terror desde la arquitectura, el aislamiento y la sensación constante de existir en un espacio donde toda lógica humana parece haberse roto.
La historia sigue a Mary, una terapeuta que comienza a investigar la desaparición de uno de sus pacientes dentro de una dimensión conocida como “The Backrooms”, un laberinto infinito de oficinas amarillas, luces fluorescentes y pasillos interminables donde el tiempo, la identidad y la percepción comienzan a deformarse.
Sin embargo, reducir la película a una simple trama de horror sobrenatural sería simplificar demasiado su propuesta. Lo verdaderamente aterrador de Backrooms no son las entidades que habitan el lugar, sino el propio espacio y lo que representa emocionalmente.

El terror del vacío y la ansiedad contemporánea
Uno de los mayores aciertos de la película es entender perfectamente por qué el concepto original se volvió viral en internet. El miedo de Backrooms nunca dependió de criaturas visibles o amenazas tradicionales; nació de algo mucho más abstracto y psicológico: la sensación de quedar atrapado dentro de un lugar diseñado para seres humanos… pero completamente desprovisto de humanidad.
Kane Parsons traduce esa angustia digital al lenguaje cinematográfico sin traicionar la esencia experimental de sus videos originales. Y justamente ahí reside gran parte de la fuerza del filme. La película se siente menos como una producción tradicional de Hollywood y más como una pesadilla extraída directamente de internet.
Los interminables corredores amarillos, el zumbido constante de las luces fluorescentes y la repetición obsesiva de espacios idénticos generan una sensación de agotamiento emocional pocas veces vista en el cine reciente. Hay secuencias enteras donde aparentemente no ocurre nada relevante desde el punto de vista narrativo, pero la tensión sigue creciendo únicamente gracias al diseño sonoro, la iluminación y la arquitectura.
En lo personal, la película alcanza sus mejores momentos cuando simplemente se dedica a existir dentro de esos espacios liminales. Cada recorrido por oficinas vacías produce una incomodidad difícil de explicar racionalmente. El espectador nunca sabe exactamente qué puede aparecer detrás de una esquina, pero tampoco necesita verlo. La amenaza real parece provenir del propio entorno.
Eso convierte a Backrooms en una experiencia profundamente distinta al horror comercial contemporáneo. Kane Parsons no está interesado en construir una montaña rusa de jumpscares. Lo que busca es provocar desgaste psicológico.
El problema aparece cuando la película intenta explicar demasiado su universo. Parte de la fuerza del creepypasta original radicaba precisamente en su ambigüedad absoluta. Mientras menos se entendía sobre los Backrooms, más inquietantes resultaban. Cuando el filme introduce explicaciones narrativas más concretas o intenta desarrollar ciertas reglas internas, parte del misterio pierde impacto.
Aun así, Parsons demuestra una sorprendente madurez visual considerando que se trata de su primer largometraje. La manera en que utiliza el espacio, el silencio y el ritmo deja claro que entiende perfectamente cómo funciona el horror atmosférico. No busca entretenimiento inmediato; busca incomodidad persistente.

Los Backrooms como símbolo del colapso emocional moderno
Los Backrooms funcionan como una representación extrema de la alienación contemporánea. Todo dentro de la película está diseñado para reforzar la idea de un mundo hiperfuncional que perdió completamente su dimensión humana.
Los espacios liminales son fundamentales dentro de esa construcción simbólica. Oficinas, pasillos y salas comerciales existen normalmente como lugares de tránsito cotidiano, pero aquí aparecen completamente vacíos, suspendidos fuera de cualquier actividad humana real. Esa contradicción genera el núcleo emocional del terror.
Los Backrooms representan el miedo a desaparecer dentro de sistemas impersonales demasiado grandes para comprenderse completamente.
La arquitectura infinita funciona entonces como una exageración surrealista de la vida contemporánea: corporativos gigantescos, centros comerciales repetitivos, oficinas idénticas y espacios digitales donde millones de personas interactúan constantemente sin lograr una verdadera conexión emocional.
El color amarillo juega un papel especialmente importante. Tradicionalmente asociado con energía o calidez, aquí aparece enfermizo, desaturado y agotador. Las paredes amarillas no transmiten tranquilidad; generan desgaste mental. Cada habitación parece diseñada para erosionar lentamente la estabilidad psicológica de los personajes.
La iluminación fluorescente constante también posee una fuerte carga simbólica. Nunca cambia, nunca descansa y nunca permite distinguir el paso real del tiempo. Eso convierte a los Backrooms en un espacio suspendido fuera de la temporalidad humana.
Otro elemento clave es el sonido. El zumbido eléctrico permanente funciona como una presencia invisible observando constantemente a los personajes. Incluso cuando no hay entidades visibles, el diseño sonoro crea la sensación de vigilancia continua.
La película conecta directamente con ansiedades relacionadas con la automatización, el trabajo alienado y la desconexión emocional provocada por la cultura digital. El verdadero monstruo de Backrooms es la soledad contemporánea.
Y quizá por eso la película resulta tan inquietante. Porque debajo de toda su estética surrealista existe algo profundamente reconocible: el miedo a sentirse atrapado dentro de una realidad repetitiva donde toda identidad comienza a desaparecer.
La generación de cineastas nacidos en internet
Más allá de la película misma, Backrooms también representa un momento importante para el cine contemporáneo. Kane Parsons pasó de crear videos experimentales en YouTube a dirigir una producción de A24 antes de cumplir los 21 años. Ese recorrido explica perfectamente por qué la película se siente tan distinta al horror tradicional.
Su lenguaje visual, su ritmo narrativo y su manera de construir tensión nacen más del ecosistema digital que del cine clásico. Existe una influencia evidente de creepypastas, found footage, videojuegos y cultura de internet que termina moldeando toda la experiencia cinematográfica.
Eso provoca que la película sea profundamente divisiva. Su ritmo lento, su narrativa fragmentada y su obsesión estética pueden resultar frustrantes para espectadores acostumbrados a estructuras más convencionales. Pero precisamente ahí encuentra su identidad.
Backrooms no intenta ser accesible para todos los públicos. Su objetivo parece mucho más cercano a reproducir sensaciones específicas de ansiedad, aislamiento y agotamiento emocional.
Visualmente, además, la decisión de construir físicamente gran parte de los escenarios termina beneficiando enormemente la experiencia. Más de 30 mil pies cuadrados de sets fueron diseñados específicamente para recrear los Backrooms, y esa textura tangible vuelve el horror mucho más efectivo que cualquier exceso digital.
Cada pared, cada alfombra y cada pasillo producen una sensación de realidad incómoda. Los espacios se sienten físicos, opresivos y agotadores.
Y quizá ahí radica el mayor logro de la película: en convertir un fenómeno nacido en foros y videos virales en una experiencia cinematográfica legítimamente perturbadora.
Porque al final, Backrooms no habla realmente sobre monstruos interdimensionales. Habla sobre algo mucho más cercano y contemporáneo: la sensación de perderse emocionalmente dentro de un mundo hiperconectado que, paradójicamente, produce individuos cada vez más aislados.
Con una dirección visual hipnótica, una construcción simbólica poderosa y una apuesta total por el horror atmosférico, Kane Parsons entrega una película imperfecta pero profundamente fascinante.
Puede resultar agotadora, abstracta o excesivamente contemplativa para algunos espectadores, pero justamente en esa incomodidad encuentra su mayor fuerza. Backrooms no quiere ser únicamente una película de terror; quiere convertirse en una representación del miedo moderno nacido directamente desde internet.
Y pocas veces el vacío se había sentido tan aterrador.