Escenario

Bruno Bichir reflexiona sobre El beso de la mujer araña, una película que revisita la represión política latinoamericana desde el musical, el arte como resistencia y la vigencia de un discurso que, décadas después, sigue interpelando al presente

Bruno Bichir: El beso de la mujer araña como advertencia frente al regreso del autoritarismo en América Latina

Bruno Bichir en "El Beso de la Mujer Araña" (Jeannie Margalef/Jeannie Margalef)

Para Bruno Bichir, formar parte de El beso de la mujer araña no fue únicamente aceptar un personaje, sino asumir una postura ética frente a la memoria histórica. La obra de Manuel Puig —novela, teatro, cine y ahora musical cinematográfico— vuelve a cobrar fuerza en un contexto donde los discursos autoritarios resurgen con preocupante familiaridad.

Pareciera que el ser humano está condenado a tropezar con la misma piedra”, reflexiona el actor. Desde su mirada, la película no funciona como una evocación nostálgica del pasado, sino como una advertencia vigente. “La Latinoamérica de entonces sigue doliendo, y pareciera que, como castigo divino, volvemos a girar hacia la derecha oscura”.

Bichir considera que trabajos como este cumplen una función indispensable: no permitir que el olvido se normalice. “No hay que dejar de hablar de estas cosas para que no vuelvan a suceder. Las voces disidentes tienen que tener cabida”, afirma. En ese sentido, la película se convierte en un espacio de resistencia simbólica, donde el arte no suaviza la violencia del pasado, sino que la confronta desde la belleza, el dolor y la reflexión.

El actor destaca que su vínculo con la obra no es reciente. Desde hace años, El beso de la mujer araña rondaba su escritorio como lector, espectador y creador. “Manuel Puig escribe la novela, luego la adapta al teatro, después viene la película dramática, el musical teatral y ahora el musical cinematográfico. Es un material que insiste porque tiene algo que decirnos”, explica.

A ello se suma una coincidencia que Bichir considera casi poética: el musical fue escrito por los mismos creadores de Cabaret, obra con la que él ha estado profundamente vinculado durante décadas. “Son ciclos que se cierran y se reabren porque los temas siguen siendo urgentes”, señala, comparándolo con los libros que uno nunca desecha porque siempre hay algo nuevo que releer.

Bruno Bichir en "El Beso de la Mujer Araña"

El villano como sistema y la ambigüedad del poder

En la película, Bruno Bichir interpreta al director de la prisión, una figura que encarna el rostro cotidiano del autoritarismo. Lejos del villano caricaturesco, su personaje se construye desde la ambigüedad, uno de los elementos que el actor considera fundamentales en el arte.

El villano nunca se muestra como villano”, explica. “Se muestra carismático, seductor, cercano. Como Ricardo III, (de Shakespeare): te dice quién es y luego te envuelve”. Para Bichir, ese es el verdadero terror del poder: su capacidad de normalizar la violencia, de convertirla en trámite, en oficina, en rutina.

Su personaje funciona como un ancla brutal dentro de una película que dialoga constantemente entre la fantasía y la opresión. Mientras Molina —interpretado por Tonatiuh Elizarraraz — evade el encierro a través del cine y la imaginación, el director de la prisión recuerda que el sistema siempre está ahí, frío, gris y metódico.

Bichir subraya una diferencia clave entre esta versión y la película de los años ochenta protagonizada por Raúl Juliá y William Hurt. “Aquella era durísima, pero estaba iluminada. Aquí la celda parece un búnker, el interior de un barco, un espacio sin aire”, describe. Esa decisión estética intensifica el contraste con los números musicales, llenos de luz, color y fantasía, creando una tensión que atraviesa toda la película.

Desde su perspectiva, El beso de la mujer araña contiene “tres películas”: la celda opresiva, el universo cinematográfico que imagina Molina y el trasfondo político que las atraviesa. Para construir su personaje, Bichir se remitió al cine político latinoamericano de los años setenta: Casals, Ripstein, el cine argentino y chileno que hablaba del horror sin nombrarlo directamente, porque no se podía.

“Esas películas nacieron a codazos”, recuerda. “Creadores que arriesgaron todo para hablar del dolor que dejaba la bota militar”. Esa herencia, afirma, está presente en esta nueva adaptación, incluso cuando el lenguaje es musical y aparentemente ligero.

El Beso de la Mujer Araña (Ana Carballosa/Ana Carballosa )

Cine político hoy y el debate sobre el fomento cinematográfico

Al abordar las resonancias contemporáneas de la película, la conversación inevitablemente se dirige al presente político y al lugar de las artes. Bichir matiza su postura frente a los recortes y transformaciones en el fomento cinematográfico en México, alejándose de una visión catastrofista.

No creo que el caso de México sea comparable con Chile o Argentina”, señala. Reconoce las dificultades y el descontento de muchos colegas, pero considera que el contexto nacional es distinto. “Aquí hay herramientas para desarrollar las artes, por más aceite que pasemos”, afirma, subrayando que el país enfrenta problemáticas estructurales profundas que requieren procesos largos de reconstrucción.

Para el actor, el verdadero peligro está en los virajes autoritarios explícitos, como los que vivieron otras naciones latinoamericanas. “Ahí sí te la encargo. Ahí está Manuel Puig hablando desde su propia experiencia, como Ariel Dorfman con La muerte y la doncella, o los miles de exiliados que todavía hoy cargan con ese trauma”.

Desde esa perspectiva, El beso de la mujer araña funciona como un espejo incómodo. “La película apenas da un pincelazo de lo que fue esa opresión”, dice Bichir. “Pero basta para recordarnos de dónde venimos y lo fácil que es que estos sistemas se cuelen de nuevo”.

De cara al estreno en salas mexicanas, el actor espera que el público viva una experiencia cinematográfica plena, pero no evasiva. “No hacemos películas para que la gente se olvide de su vida, sino para que profundice en ella”, afirma. Para Bichir, ese es el verdadero sentido del arte: confrontar, incomodar y acompañar.

Sobre su personaje, insiste en que no busca provocar rechazo inmediato. “No quiero que digan ‘qué villano’, sino que piensen: puede ser mi papá, mi primo, o yo mismo”, advierte. Ese es el verdadero horror: la banalidad del mal, el funcionario que cumple órdenes, toma café y sigue con su vida mientras destruye otras.

“Estos personajes no gritan, no golpean la mesa. Te arrebatan todo sin que te des cuenta”, reflexiona. Por eso, considera fundamental que el espectador salga del cine con preguntas: dónde estamos, hacia dónde vamos, qué estamos dispuestos a tolerar.

El beso de la mujer araña propone esas reflexiones desde la belleza, la música y la emoción. Para Bruno Bichir, ahí radica su potencia: “Es una película dura, pero profundamente amorosa. Y en estos tiempos, eso también es un acto político”.

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