
¿Quién no ha querido deshacerse del dolor que causa el duelo?
Qué maravilla poder convertir ese peso en arte.
El ser humano siempre ha contado historias por un sinfín de razones. Y aunque comprender las emociones puede parecer sencillo si se busca su definición, al final, la eclosión de todas las reacciones termina siendo confusa. Sin embargo, en el arte, no importa qué tan ambiguas sean las respuestas: existe la posibilidad de encontrar una explicación.
La escritora Maggie O’Farrell creó un libro que lleva el nombre del hijo de William Shakespeare, quien falleció siendo niño: Hamnet. Posteriormente, la directora Chloé Zhao, le dio nueva vida al texto a través de su película más reciente, que lleva el mismo título que la novela.
Según recuentos históricos, Hamnet murió en 1595 por una causa desconocida, y se especula que este hecho inspiró la creación de la obra teatral Hamlet. A partir de ello, O’Farrell emplea su libertad creativa para sugerir que el fallecimiento fue causado por la peste bubónica. Con ello, abre una ventana para explorar el duelo, el amor, los procesos creativos y la vida misma con todos sus defectos.
Aunque uno de los subtemas principales es la muerte, Hamnet es una película viva, que no necesita mencionar el apellido del reconocido dramaturgo para captar la atención del público. De hecho, su nombre aparece solo una vez, casi al final de la cinta.
Tampoco hace falta ser artista para vivir el duelo de manera profunda. Agnes, la esposa de Will, lo demuestra con sensibilidad. Su narrativa intenta ser definida una y otra vez por los insaciables susurros de los habitantes del pueblo, quienes la llaman bruja debido a sus habilidades en la cetrería (caza con aves rapaces entrenadas) y las leyendas que atribuyen poderes especiales a su figura.
Hamnet no tiene un desenlace ni un final precisamente motivador; se mueve entre el luto, esa condición humana que conlleva una de las respuestas emocionales más complejas. La película no busca ser inspiradora. No hay música que guíe al espectador. El diseño sonoro está compuesto por el casi siempre presente viento que pasa entre las hojas y las ramas. Los diálogos, las risas y los sollozos son detalles clave que convierten el proyecto en un fragmento del inevitable ciclo vital.
Con películas anteriores como Songs My Brothers Taught Me y Nomadland, Chloé Zhao, ya se había mostrado observadora, cuidadosa y detallista. En esta ocasión, demuestra por qué esas cualidades son esenciales para que las imágenes de una producción cinematográfica permanezcan. Durante diversos momentos de Hamnet, Agnes pasea por el bosque y se recuesta en el suelo mientras interactúa con su águila. Son escenas lentas y sencillas, pero cautivadoras, que no buscan acelerar el ritmo.
La fotografía también trabaja en esa misma sintonía: el lente se posa en el sol, en las hojas, en el cielo, en los rostros. Todos estos elementos cargan un valor simbólico para los distintos personajes.
La dinámica entre la directora y Agnes (interpretada por Jessie Buckley), sumada al extraordinario trabajo actoral de la intérprete, logra presentar a una protagonista sincera, una mujer que duda, que teme y que es fiel a sus sentimientos. Es ella quien sostiene la historia desde el inicio, mientras Will permanece la mayor parte del tiempo en Londres, lejos de los conflictos centrales.
En Hamnet, el tiempo es otro elemento que carga un gran peso. Sin necesidad de mostrar explícitamente su paso, antes de que el hijo enferme, los personajes dejan que los días y los años transcurran sin intentar alterar su ritmo. Y de pronto, como una mala sorpresa, el tiempo se convierte en un enemigo, en pensamientos dolorosos y en la representación tangible del desprecio al pasado.
Hamnet es una obra que logra unir cuidadosamente los lazos entre la ficción y la realidad. La película más reciente de Chloé Zhao, tendrá su estreno en México a mediados de enero.