
La primera visita de To Athena a México no fue solo un paso más en su agenda internacional. Fue, en sus propias palabras, una experiencia “surrealista” que todavía intenta asimilar. Llegó con la ilusión de tocar por primera vez ante público mexicano, pero sin imaginar la dimensión emocional que encontraría.
“Siempre quise venir a México, pero nunca pensé que la gente iba a aparecer”, confiesa. La sorpresa inicial pronto dio paso a una sensación más profunda: pertenencia. Desde el escenario, lo que percibió no fue distancia ni curiosidad pasajera, sino conexión genuina.
En Xalapa, dentro del espacio íntimo de Cauz Foro Cultural, la relación con el público se construyó desde la cercanía. No había barreras simbólicas entre artista y audiencia. “No estaban ahí para verme, estaban ahí conmigo”, explica. Esa diferencia marcó el tono de toda su estancia.
El nerviosismo fue inevitable. No solo era su debut en el país, sino que se había preparado para hablar un poco en español durante el concierto. “Fue una doble cantidad de nervios”, recuerda entre risas. Sin embargo, la calidez del público disipó rápidamente cualquier tensión.
Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando parte de la audiencia comenzó a cantar “Angscht”, una canción escrita en suizo-alemán. Para Athena, esa pieza representa un hito personal: fue la primera que compuso en su lengua materna y durante años dudó en compartirla. Escucharla coreada en México fue una confirmación inesperada de que la música puede trascender cualquier idioma.
En ese entorno íntimo incluso se permitió interpretar fragmentos sin micrófono, solo con voces y cuerdas. La experiencia se sintió casi doméstica, como si el concierto se transformara en un ritual compartido. “Me sentí en casa”, dice con sencillez.

El público mexicano como espejo creativo
Más allá del escenario, la visita tuvo un impacto directo en su proceso creativo. Durante su estancia realizó una sesión especial donde compartió canciones inéditas de su próximo álbum, algunas aún sin mezcla final. Ni siquiera todo su equipo en Europa había escuchado el material completo.
El gesto implicaba vulnerabilidad. “Cuando haces un álbum eres muy frágil”, admite. Surgen dudas constantes: si las canciones funcionan, si el mensaje se entiende, si el riesgo vale la pena. Presentarlas en México, ante personas que no necesariamente comprenden el suizo-alemán, fue una prueba definitiva.
La reacción la conmovió profundamente. Hubo lágrimas, silencios atentos, miradas concentradas. La emoción fue tangible incluso sin traducción literal de las palabras. Ese momento cambió su percepción del álbum. Escucharlo junto al público le permitió oírlo desde otra perspectiva.
“Sentí que mis oídos cambiaron”, explica. Canciones que antes le generaban inseguridad comenzaron a revelarse con nueva fuerza. México no solo fue un escenario, sino un espejo donde pudo observar su propio trabajo con mayor claridad.
También fue clave el intercambio con músicos locales, impulsado por la organización Arte para Compartir. En lugar de mantenerse en una dinámica cerrada, Athena compartió proceso y sensibilidad con artistas mexicanos. “El arte es gasolina, y esa gasolina son las conexiones”, afirma. La experiencia dejó de ser individual para convertirse en un diálogo cultural.

Cantar desde el corazón, incluso en su propio idioma
Uno de los debates más constantes en la carrera de To Athena ha sido el idioma. Cantar en suizo-alemán, lejos de las fórmulas comerciales, ha sido una decisión cuestionada por algunos. Le advirtieron que limitaría su alcance, que nadie fuera de Suiza conectaría con esas letras.
Su visita a México desmontó ese temor. “Se siente como si alguien me estuviera diciendo: esta es la dirección correcta”, reflexiona. La respuesta del público reafirmó su intuición: la honestidad artística puede cruzar fronteras más fácilmente que cualquier estrategia de mercado.
Un ejemplo es “Dänke”, canción escrita tras una ruptura amorosa. Originalmente, nació como una pieza íntima sobre despedida y transformación personal. Sin embargo, al interpretarla en México, adquirió una resonancia distinta. En un contexto global marcado por incertidumbre, la canción comenzó a sentirse como un llamado a tomar control de la propia narrativa.
“No es una declaración política”, aclara, “pero sí es sobre decidir cómo quieres actuar ante lo que pasa en el mundo”. Esa resignificación ocurrió en tiempo real, frente al público mexicano.
La artista reconoce que la visita marcó un antes y un después en su mapa emocional. México dejó de ser un punto lejano para convertirse en un espacio simbólico de validación. “Cuando haces música desde el corazón, la gente que siente lo mismo la encontrará”, concluye.
Al despedirse, lo hizo con una certeza que va más allá de cualquier cifra o logística: no fue la última vez. La experiencia no solo fortaleció su vínculo con el público mexicano, sino que consolidó su confianza en el camino elegido.
Y aunque todavía describe la visita como “el mes más loco” de su vida, lo que permanece no es el vértigo, sino la gratitud. Una sensación clara de que, incluso cantando en suizo-alemán, encontró eco al otro lado del mundo.