
Durante los últimos años, el cine de horror ha encontrado en la nostalgia una fórmula recurrente para reconectar con públicos que crecieron entre VHS, asesinos enmascarados y bosques perdidos donde la lógica desaparecía. Dentro de esa tendencia aparece Dolly, la nueva cinta de Rod Blackhurst, una producción que abraza por completo el espíritu áspero del slasher de los años setenta, pero que también evidencia las limitaciones de depender demasiado del homenaje.
La película coloca al espectador dentro de una experiencia incómoda, sucia y visualmente agresiva desde sus primeros minutos. Macy, interpretada por Fabianne Therese, viaja junto a su pareja hacia una zona rural aparentemente aislada. Lo que inicia como una escapada de pareja pronto se convierte en una pesadilla marcada por una figura perturbadora: una mujer gigantesca con máscara de porcelana obsesionada con transformar a la protagonista en una especie de “muñeca humana”.
La premisa funciona como excusa para construir un relato cargado de violencia física, tensión enfermiza y escenarios decadentes donde la brutalidad ocupa prácticamente todo el espacio narrativo. Sin embargo, detrás de esa crudeza visual, la película rara vez encuentra algo verdaderamente nuevo que decir.

Un homenaje obsesionado con el terror de los setenta
Desde el apartado visual, “Dolly” deja claro cuáles son sus influencias. Filmada en 16 mm, la película apuesta por una textura granulada y deteriorada que remite directamente al cine exploitation estadounidense. La fotografía de Justin Derry convierte los bosques, las casas abandonadas y los interiores húmedos en espacios sofocantes donde la suciedad parece formar parte de cada encuadre.
La referencia más evidente es La masacre de Texas. No solo por el entorno rural o la violencia grotesca, sino por la sensación constante de desorientación y desgaste físico que atraviesa a los personajes. También existen rastros de Halloween y Viernes 13 en la construcción de la asesina: una figura silenciosa, físicamente imponente y presentada casi como una fuerza irracional más cercana al mito que a un ser humano.
Y es precisamente ahí donde la película encuentra sus momentos más efectivos. Cuando Blackhurst deja de intentar explicar y simplemente se dedica a construir atmósfera, el filme logra incomodar genuinamente. La máscara de porcelana agrietada, las muñecas colgando entre árboles y el sonido áspero del entorno rural producen imágenes inquietantes que permanecen en la memoria más allá de la historia misma.
El problema aparece cuando la película intenta avanzar narrativamente. Después de un inicio prometedor, el relato comienza a girar sobre sí mismo sin desarrollar verdaderamente a sus personajes ni construir una progresión dramática sólida. Lo que podría convertirse en una exploración psicológica sobre maternidad, identidad o trauma termina reducido a una sucesión de secuestros, persecuciones y actos violentos que rara vez evolucionan emocionalmente.
La sensación constante es que Dolly está mucho más interesada en parecer una película setentista que en convertirse en una obra con identidad propia.

Violencia, incomodidad y decisiones narrativas que debilitan el horror
Uno de los aspectos más contradictorios del filme es su relación con la violencia. Por momentos, la brutalidad funciona como herramienta efectiva para generar tensión física y emocional, especialmente gracias al trabajo corporal de la antagonista y a la vulnerabilidad que transmite Macy dentro de la casa donde permanece cautiva.
Sin embargo, conforme avanza la historia, el impacto comienza a diluirse. La película insiste tanto en el morbo y el sufrimiento que termina sacrificando ritmo y coherencia narrativa. Muchas secuencias parecen diseñadas únicamente para extender el estado de incomodidad del espectador sin aportar información nueva o crecimiento dramático.
También existen decisiones de guion difíciles de justificar. Algunos personajes reaccionan de manera absurdamente ilógica incluso dentro de la lógica extrema del slasher. Hay escenas donde el filme parece rozar involuntariamente el humor negro, no porque esa sea la intención, sino porque ciertas situaciones resultan demasiado exageradas para sostenerse desde la tensión seria.
Eso afecta especialmente al personaje de Chase, cuya construcción dramática se vuelve errática conforme avanza la película. Mientras tanto, Macy oscila constantemente entre víctima vulnerable y personaje incapaz de reaccionar coherentemente frente al peligro. El resultado es un relato donde el espectador termina observando más la mecánica del homenaje que el conflicto humano detrás del horror.
Aun así, sería injusto negar que Blackhurst posee sensibilidad visual. Hay una clara intención artesanal en cada encuadre, particularmente en el uso de la cámara en mano y la iluminación tenue. La película sabe cómo verse incómoda. El problema es que rara vez consigue transformar esa incomodidad en algo emocionalmente significativo.
Un slasher atrapado entre la nostalgia y la falta de identidad
Más allá de sus errores, Dolly resulta interesante como síntoma de una tendencia actual dentro del horror contemporáneo. Muchas películas recientes parecen obsesionadas con recuperar la estética del terror clásico, especialmente aquella asociada al cine exploitation y al slasher primitivo.
La diferencia es que obras fundamentales del género utilizaban la violencia para reflejar ansiedades sociales específicas: miedo al aislamiento, paranoia generacional, ruptura familiar o crisis culturales. Aquí, en cambio, gran parte de esos elementos quedan reducidos a superficie estética.
Eso provoca que la película funcione mejor como experiencia visual que como relato completo. Blackhurst entiende perfectamente cómo recrear la suciedad emocional del horror setentista, pero nunca encuentra una idea capaz de justificar realmente esa reconstrucción nostálgica.
A pesar de ello, la cinta conserva cierta capacidad para perturbar gracias a su insistencia visual y a la presencia física de su antagonista. Hay imágenes genuinamente desagradables y momentos donde la atmósfera alcanza niveles de tensión bastante efectivos. Pero una vez terminado el recorrido, queda la sensación de haber visto un ejercicio de estilo más preocupado por reverenciar al pasado que por construir algo nuevo.
Dolly termina siendo entonces un slasher visualmente sólido, incómodo por momentos y técnicamente competente, aunque incapaz de trascender el terreno del homenaje. Una película que logra capturar la textura del viejo horror estadounidense, pero que se pierde intentando revivirlo sin añadirle una verdadera personalidad propia.