Eso es lo primero que debe entenderse: no se aprobó la gran reforma electoral de la que tanto se habló.
La reforma electoral de Claudia Sheinbaum llegó al Senado mucho más pequeña de lo que fue anunciada. La propuesta ya había sido frenada el 11 de marzo en la Cámara de Diputados por falta de mayoría calificada, y este 26 de marzo el Senado aprobó sólo una versión recortada. Lo más delicado, el mover la revocación de mandato para acercarla a 2027, quedó fuera.
Lo que sí pasó, fue la aprobación de tres medidas concretas: 1. Reducir regidurías en ayuntamientos, 2. Limitar el gasto de los congresos estatales y 3. Poner tope salarial a funcionarios electorales. El resto de la reforma simplemente o se cayó o fue retirado en la negociación política.
¿Y al ciudadano en qué le ayuda? Por ahora, muy poco de manera directa. No cambia la forma en que se vota, no se abaratan las campañas, no se mejora la calidad de los candidatos (ojalá se pudiera) y tampoco resuelve el problema de fondo: la desconfianza en los partidos y en las instituciones. Posiblemente se logren recortes y austeridad, pero como sabemos, las cajas chicas logran siempre emparejar el presupuesto. Entonces, la noticia no es una transformación del sistema, sino un simple ajuste menor, ya que lo que realmente se buscaba no se logró.
Lo que se buscaba realmente era la revocación de mandato. La Constitución hoy dice que ese mecanismo debe solicitarse una sola vez, después del tercer año del mandato, y que la votación debe celebrarse en una fecha no coincidente con la jornada electoral. Es decir, el diseño vigente busca precisamente separar la revocación de mandato de las elecciones ordinarias para evitar que se convierta en una campaña del Presidente en turno, ya que, como consecuencia de este ejercicio, la Presidenta podía hacer campaña electoral, lo cual abonaba al gobierno y su partido.
Por eso el intento de mover la revocación hacia 2027 encendió las alarmas de todos los partidos. La presidenta respondió este jueves que el rechazo obedeció al “temor” de sus adversarios, e incluso de sus aliados a que su presencia beneficiara a ciertos partidos. El dato políticamente más duro es que no sólo la oposición frenó ese punto, sino que también el PT, aliado de Morena, ayudó a tirarlo.
Entonces, ¿de quién era el miedo? ¡De ambos lados, pero por razones distintas? El oficialismo quería conservar una herramienta de enorme peso político rumbo a 2027. La oposición y parte de los aliados querían impedir que un mecanismo pensado para quitar el poder terminara funcionando como instrumento para reforzarlo. Esta fue realmente la pelea de fondo, la revocación con la que históricamente tanto en Venezuela como en México, cuando se efectuaron, los presidentes que estaban en su punto más bajo de popularidad salieron triunfantes y renovados en su aceptación como consecuencia de la revocación.
La conclusión es más simple. La reforma electoral no cambió el sistema como se prometió. Lo que se aprobó fue una versión mutilada, con medidas administrativas y de supuesta austeridad, mientras el punto verdaderamente explosivo —la revocación de mandato— fue derrotado. La noticia finalmente es que Sheinbaum no consiguió su reforma y el Senado se vio forzado a aprobar un plan B.