La noción de autoría ha transitado un largo camino desde las civilizaciones clásicas —los griegos, los romanos— hasta la era digital. En la Poética (335~323 a.C.), Aristóteles sostuvo que las artes, para ser consideras bellas, deben imitar a la realidad. Es decir: la tragedia, la danza o la música utilizan ritmos existentes para dar forma a lo que la mente concibe y que es aquello que vemos en la Naturaleza. En este sentido, el arte surge como una mímesis de la experiencia, un espejo casi fiel —aunque siempre deformante— de lo que percibimos los humanos. Y, durante siglos, la imitación fue una señal inequívoca de un raciocinio sobre el mundo, cargándolo de significados nuevos. Sin embargo, en nuestra contemporaneidad, han surgido máquinas generadoras de textos, imágenes o melodías que imitan lo que ya hemos imitado los humanos. ¿Pueden este tipo de entidades no humanas convertirse en autores?
La tradición retórica romana ya concebía la inventio como el acto de descubrir los argumentos latentes en la mente; Cicerón, en De inventione (84 a.C.), insistía en que el orador debía hallar ideas mediante la razón, no mediante el azar. Así, pues, la creatividad deviene en un ejercicio de combinaciones; pero, ¿los algoritmos no hacen esto también? Cuando una inteligencia artificial produce un poema o una imagen, no “descubre” ni “elige”: calcula. Pero, lo hace siguiendo indicaciones de un humano, alguien que está planeando todo. Es como si esa inventio ciceroneana fuera ejecutada por una herramienta artificiosa para reajustar su dispositio. Es complicado, ¿no? Desde muchas lógicas, alguien está disponiendo e inventando; pero, claro, sería anacrónico pensar la retórica clásica en función de una máquina que ni el Dédalo más sagaz habría concebido.
San Agustín de Hipona, en De doctrina christiana (397~426 d.C.), replantea la retórica como una herramienta para descubrir verdades latentes en el alma; su método inauguró un orden de pensamiento para equilibrar la claridad interior con la persuasión exterior. Avanzando en el tiempo, durante la Edad Media y el Renacimiento el concepto de inventio, trascendió a la visión escolástica: Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, utilizaban métodos de organización del pensamiento muy específicos en su Summa Theologiae (1265~1274): quaestio, determinatio y la solutio objectionum. Del mismo modo, Erasmo de Rotterdam también desarrolla algo similar en De Copia (1512) donde retoma la idea de la inventio y la aplica a la elocuencia humanista. Aunque con otro nombre, la inventio y la dispositio son esenciales para ordenar el caos y crear un discurso propio de la alta reflexión; pero me atrevo a decir que es esta misma lógica discursiva la utilizada por las IA generativas para sus elaborados párrafos con las conclusiones casi al modelo de Toulmin.
Acercándonos aún más a nuestro tiempo, durante el movimiento alemán Sturm und Drang [Tormenta e ímpetu], Goethe y Schiller defendieron la idea del genio como una fuerza interior que se desborda muy por encima de las reglas; el arte auténtico brota del pathos, de la voluntad individual. Siguiendo esta concepción romántica del genio sobre las reglas, una IA no podría sufrir ni desbordarse en absoluto: carece del aspecto volitivo del artista. Utilizar una herramienta así no manifiesta ninguna expresión, es sólo procesamiento: algo rechazado uniformemente por los decimonónicos.
Ahora, yendo en contra de lo mencionado aquí, la IA puede actuar como catalizador. Y sirve esto como argumento a favor de su uso en la creación estética. Los vanguardistas experimentaron con sustancias para atravesar las puertas de la percepción —buscando en la alteración química de sus cerebros para detonar su impulso creativo—. Mucha gente veía este artificio como algo mal visto por la comunidad artística. Así de sintéticas eran esas drogas, así de artificiales estas inteligencias que nos ayudan a confeccionar nuestros resultados de ChatGPT, Gemini o Meta. Estas prótesis cognitivas nos amplían el horizonte de lo posible: nos muestran una percepción que no hubiéramos logrado por nuestros propios medios y limitaciones.
Ahora pensemos en nuestra cotidianeidad: la pandemia de COVID-19 transformó completamente el modo en que nos desenvolvíamos en todos los ámbitos, incluyendo la forma en que se producía y distribuía la cultura. Y aunque ya eran famosas plataformas como Wattpad y Kindle, tuvieron un estallido de popularidad: la gente por fin tenía tiempo de crear aquello que siempre habían deseado. Pensemos: los derechos de autor se fundan en la noción de una mente creadora individual; por su parte, estas plataformas diluyen la individualidad para volver a los autores en uno más del montón. Nos deshumanizan, incluso.
En esta sintonía, el 31 de agosto del 2025, la Suprema Corte de Justicia de la Nación dictaminó que las obras generadas exclusivamente por inteligencia artificial carecen de protección autoral y pertenecen al dominio público. Con esta resolución, México se alineó con tendencias internacionales como las de la Oficina de Copyright de Estados Unidos o la Unión Europea donde expresan que la creatividad requiere de la intervención humana directa. La Corte mexicana señaló que la originalidad es inseparable de la conciencia, por lo que ninguna máquina puede ostentar la condición de sujeto-creativo al no ser un sujeto-humano. Y, recordemos también: la Ley Federal del Derecho de Autor mexicana sólo reconozca al ser humano como titular de derechos morales y patrimoniales; sin embargo, la realidad digital opera bajo lógicas distintas.
El quid del asunto es que esto no es una problemática filosófica y humanística; es un desafío jurídico donde las leyes deben intervenir. Si todo texto generado por una IA pertenece al dominio público, se corre el riesgo de precarizar a quienes la utilizan como herramienta de coautoría. De este modo, estaríamos perpetuando o dañando los derechos de los humanos que configuran los parámetros bajo los cuales se creará algo; porque la máquina no nos podría reclamar, al menos no todavía. Otorgar derechos sobre los resultados arrojados por un algoritmo automatizado, desvirtuaría el principio de originalidad.
Aceptar el uso de las inteligencias artificiales sería comprender la autoría como un proceso híbrido: donde una red de decisiones cobre sentido al momento de textualizarse en una pantalla; pero volvemos a lo mismo, porque alguien debió promptear esa idea. Las leyes de Derecho de Autor requieren una reforma que refuerce la parte moral del creador humano y que a su vez regule las colaboraciones, intercesiones, empleamientos o intervenciones de sistemas artificiales. Lo importante siempre será no equiparar ambas naturalezas. A esto debemos aunar que las artes —llámense literarias, plásticas o musicales— son estudiadas por las humanidades… habríamos de permitir que sigan siendo humanas en la medida de lo que una máquina aún no lo es.
