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Una reforma laboral en tiempos de máquinas inteligentes

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La reducción de la jornada laboral a 40 horas semanales ha sido presentada como una conquista histórica. El argumento dominante es sencillo: más descanso implica mejor calidad de vida y, al mismo tiempo, mayor productividad. Una fórmula aparentemente equilibrada que promete beneficios para trabajadores y empresas. Pero esta narrativa binaria: descanso versus productividad simplifica un problema que es, en realidad, estructural.

La discusión pública suele girar en torno al cansancio y el rendimiento. Sin embargo, el debate de fondo es más ambicioso: ¿qué lugar ocupa el trabajo en nuestras sociedades contemporáneas? Y, sobre todo, ¿por qué seguimos organizando la vida económica alrededor de jornadas extensas en un momento de enorme desarrollo tecnológico?

En 2015, Los teóricos políticos Nick Srnicek y Alex Williams publicaron Inventing the Future, una obra que cuestiona el modo en que pensamos el trabajo en el siglo XXI. Su propuesta no se limita a mejorar condiciones laborales, sino a replantear la centralidad misma del empleo asalariado.

Uno de sus diagnósticos más provocadores es que la izquierda contemporánea ha quedado atrapada en reformas defensivas y de corto plazo, sin disputar el horizonte general del sistema. En lugar de imaginar transformaciones estructurales, se limita a ajustes parciales. Desde esa perspectiva, la reducción a 40 horas puede verse como un avance, pero también como un cambio que no altera el paradigma empleo-céntrico.

Vivimos en una economía donde la automatización y la digitalización han incrementado la productividad como nunca antes. Sin embargo, ese aumento no se traduce automáticamente en más tiempo libre colectivo. Por el contrario, coexiste con precarización, intensificación del trabajo y disponibilidad constante. El problema no es solo cuánto trabajamos, sino cómo la tecnología se integra en estructuras económicas que siguen dependiendo del salario como puerta de acceso a derechos e ingresos.

Aquí aparece un concepto clave: la necesidad de desacoplar ingreso y empleo. Mientras el salario siga siendo la condición principal de supervivencia, la presión por mantener largas jornadas persistirá, aunque la tecnología permita producir lo mismo en menos tiempo. Reducir de 48 a 40 horas es relevante, pero no cuestiona ese vínculo fundamental.

Además, la tecnología no debe ser vista únicamente como amenaza ni como promesa automática de liberación. Es una fuerza productiva ambivalente. Puede reducir trabajo repetitivo y ampliar tiempo disponible, pero también puede intensificar la vigilancia y el rendimiento. Todo depende de la dirección política que se le dé.

En el debate actual, el discurso del equilibrio entre descanso y productividad tranquiliza porque sugiere armonía. Pero esa armonía es frágil. Si la estructura económica exige mantener niveles de producción crecientes, la reducción formal de horas puede acompañarse de nuevas formas de intensificación o de expansión de horas extraordinarias. El conflicto no desaparece; se reconfigura.

La pregunta, entonces, va más allá del número 40. ¿Estamos ante una transformación del modelo laboral o ante una recalibración que preserva su lógica central? ¿La reforma inaugura una conversación sobre el papel del trabajo en la vida buena o se limita a administrar tensiones?

Pensar el trabajo en la era digital exige abandonar simplificaciones. No se trata solo de descansar más para producir mejor. Se trata de decidir qué queremos hacer con las capacidades tecnológicas que ya existen y cómo distribuir el tiempo que generan. El reloj marca horas; la política decide qué significan.

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